domingo, 17 de mayo de 2020

LOS ESTADISTAS DEL MAL


Por: Jonathan A. García Nieves


En el imaginario colectivo, el término ‘estadista’ suele evocar la probidad y el talante cívico de prominentes figuras históricas, personajes de la talla de Abraham Lincoln, Winston Churchill, Nelson Mandela y Adolfo Suárez, entre otros. Y en el ámbito venezolano, inmediatamente se nos vienen a la mente destacados prohombres como Don Rómulo Betancourt y el Dr. Rafael Calera: nuestros Padres de la Democracia

El término nos lleva a pensar, ipso facto, en gobernantes que supieron sortear las dificultades de su tiempo; líderes que lucharon denodadamente por mantener y fortalecer la unidad, estabilidad y concordia de sus naciones en medio de turbulentos procesos históricos; hombres y mujeres de Estado, que cimentaron o apuntalaron las bases estructurales de sus sistemas políticos, y que fueron capaces de guiar a sus naciones por la senda del Bien Común, sin perder la mirada en las generaciones futuras.

La imagen idealizada de un estadista termina equivaliendo, entonces, a una especie de ‘Pater Familiae Nationalis’: un líder que, a pesar de las circunstancias que pudieran amenazar la estabilidad de la Polis a la que pertenece; sabrá y podrá gestionar eficientemente el Estado, promoviendo y generando condiciones necesarias para la gobernabilidad y el bienestar general; erigiéndose, por ello, en persona de la más alta confiabilidad en el manejo y representación del interés nacional, así como en paradigma de civismo, modelo a seguir por sus conciudadanos.

De tal manera, en el agreste campo de la Moral Política, y casi que de manera hagiográfica, a un estadista tendemos a concebirlo como una insigne Persona de Bien; alguien que no sólo es profundo conocedor de los asuntos de Estado, sino que, al mismo tiempo, es poseedor de una notable elevación intelectual y moral, así como de una sabiduría que le permite discernir lo que es oportuno y conveniente para su país; superando, con creces, la visión generalmente cortoplacista –y a veces necia- de los gobernantes comunes, y también las mezquindades habitualmente presentes en los sectarismos político-partidistas. Un estadista es visto, así, como una persona virtuosa, cuyo señorío de sí misma le hace capaz de dominar sus propias apetencias personales, posicionándose como eficiente y sabio ductor del Bien Común Inter-generacional.

Y es que el término ‘estadista’ viene de ‘Estado’; siendo que éste (el Estado) es precisamente un instrumento de la civilización, una institución organizada y dispuesta para la procura del Bien Común de la sociedad, de la nación; razón por la que, a priori, puede lucirnos contra-natura la existencia de un estadista que procure el mal, que llegue a planificarlo y a gestionarlo como eje transversal de su vida pública y de sus ‘servicios’ como hombre de Estado.

No obstante, el referido vocablo (“estadista”) es definido por la Real Academia de la Lengua (RAE), simplemente, como “persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado”; así –sin más- sin referencia a elemento axiológico alguno, sin que la valoración del Bien aparezca como dato característico, ni mucho menos como virtud de necesaria práctica para alcanzar la condición de tal. 

Semánticamente, queda claro, entonces, que un estadista no siempre es una persona de bien; razón por la que cabe admitir la existencia de hombres y mujeres conocedores y dedicados a los asuntos de Estado (estadistas), cuya conducta esté abiertamente reñida con el Bien; no sólo en la dimensión personal de éste –por carencia de valores y ajenidad a la práctica de virtudes humanas y ciudadanas como la justeza, la honestidad, la probidad, la empatía y el respeto por el otro- sino que también lo esté en su dimensión social, esto es, en el ámbito del Bien Común: en la procura del bien para la generalidad de sus conciudadanos.

En Venezuela, la casta política encabezada por Hugo Chávez, y cuyo liderazgo éste, en artículo mortis, legara a Nicolás Maduro; es claro ejemplo de lo planteado. El liderazgo del autodenominado Socialismo del Siglo XXI constituye un grupo de personas que, por haber ocupado ininterrumpidamente los más altos cargos de la República durante las dos últimas décadas, han llegado a alcanzar un privilegiado conocimiento de los asuntos del Estado venezolano, y una sin igual experiencia en el manejo de éste; lo que –apegándonos estrictamente a la definición de la RAE- les hace granjearse el apelativo de “estadistas”.

Prueba de ello es que a estos sujetos podemos observarlos cómodos, confiados, sobre-seguros en sus performances al frente de ministerios, embajadas y magistraturas; y hasta podemos percibirlos con particular desenvoltura en sus intervenciones ante los organismos internacionales. Estas personas se muestran hábiles en el manejo de los tecnicismos jurídico-formales requeridos para el funcionamiento de los distintos Poderes Públicos; tecnicismos éstos que, con notable agilidad, saben utilizar para sancionar leyes, emitir decretos, dictar sentencias, elaborar y ejecutar presupuestos públicos, etc. En fin: saben manejar –manipular- las formalidades del Estado, cual maleable arcilla en manos de veterano alfarero. Son auténticos estadistas, al margen de todo juicio de valor acerca de sus intenciones y de los resultados de su gestión pública.

Los estadistas del Socialismo del Siglo XXI saben lo que hacen con la República; conocen los intríngulis y vericuetos del Estado venezolano, cuyo ordenamiento jurídico ellos mismos confeccionaron como traje a la medida del difunto Dictador, a quién han heredado en sus intenciones de gobernar “hasta el 2000-siempre”.

En el manejo de la República, esta casta de estadistas no son niños –y mucho menos de pecho-. Y si en algún momento llegaran a parecerlo, es sólo de manera simulada, para generar esa subestimación con la que el liderazgo opositor les ha favorecido por tantos años; mientras que ellos aprovechan cada oportunidad para, con morbo, exhibirnos su absoluto control del aparato del Estado, con el mismo grado de destreza con la que un niño manipula su consola de video-juegos. 

Estos personajes no sólo conocen en detalle la estructura y funcionamiento del Estado venezolano, sino que también saben exhibir ese privilegiado conocimiento ante cámaras y micrófonos, cuyo inefable dominio han adquirido a lo largo de los años. No en balde son la casta que, hegemónicamente, ha ocupado el poder desde 1999.

No obstante –y sin entrar a considerar sobre sus ampliamente conocidos y documentados vicios personales (ámbito del Bien en su dimensión individual)- dicha generación de hombres y mujeres de Estado, constituyen claro ejemplo de lo que es el empleo del conocimiento y experiencia estatal para fines abyectos, diametralmente opuestos al Bien Común. Son una generación que ha logrado organizarse para alcanzar -como en efecto han alcanzando- el poder absoluto de la República, con meros fines de dominación, de placer por el poder en sí mismo y, por tanto, capaz de cometer impúdicos fraudes electorales y hasta llegar al genocidio para mantenerse en la usurpación. Son una generación de líderes políticos, caracterizada por una insaciable concupiscencia por el tener; lo que los ha llevado a incursionar en el crimen organizado nacional e internacional, dominando vastas redes de corrupción, narcotráfico y lavado de dinero; valiéndose para ello del aparato estatal venezolano.

Esta perniciosa generación de personeros del Estado que, muy acertadamente, fuera calificada como “La Peste del Siglo XXI”; es en tal grado contraria al Bien Común, que ha sido capaz de elaborar sistemáticas políticas públicas para hacer daño intencional a determinados sectores de la sociedad, sin importarles los daños colaterales hasta para sus propios adeptos. 

Su dolo y desviación de poder en el manejo de la Cosa Pública ha sido tal, que Aristóbulo Istúriz: uno de los más conocidos ministros de Chávez y Maduro –y una especie de apóstata de la Democracia- ha llegado a confesar, públicamente, que el férreo y altamente nocivo control cambiario establecido en Venezuela desde 2003, no ha tenido una finalidad económico-financiera, de estabilización monetaria por el bien del país; sino que lo que realmente ha perseguido es el golpear y perjudicar al empresariado opositor. Es decir, el quid de esta medida ha sido el deseo y la procura del mal a un sector determinado de la sociedad (mal en hipótesis de dolo); sin advertir que sus efectos deprimirían la economía del país (mal en hipótesis de impericia); y mucho menos permitiéndose detener dicha medida antes de que lograra la total devastación del aparato productivo venezolano (mal en hipótesis de omisión o negligencia). 

Héctor Rodríguez, de los más jóvenes personeros del chavismo-madurismo y, a la sazón, Ministro de Educación; en otra prueba de lo que es el diseño y ejecución de políticas públicas divorciadas del Bien, llegó a expresar que los programas educativos del 'Gobierno Bolivariano' no podían terminar haciendo que los pobres salieran de la pobreza, para que luego se hicieran de clase media y, con ello, pasaran a ser "escuálidos" (entiéndase: opositores al régimen).

Estos estadistas se han propuesto y han logrado legislar, sentenciar, así como planificar y ejecutar acciones de gobierno, con objetivos siniestros como acallar y negar la Verdad; criminalizar conductas auténticamente cívicas, apresar miles de inocentes, inducir la hambruna generalizada como instrumento para la sumisión del pueblo; arruinar la empresa privada para que sus dádivas como agentes del Sector Público, sean la única posibilidad de subsistencia de una población famélica; conformar grupos paramilitares para el control social al margen de toda Ley; así como constituir cuerpos policiales para el exterminio (el FAES), cuya indumentaria –por demás- ha incluido el uso de macabras máscaras de calavera para, con su sola presencia, generar miedo en la población. Maldad acompañada de fealdad, anti-ética ataviada de anti-estética.

El grado de maldad ha sido tal, que entre sus tropelías se encuentra el haberse atrevido a planificar, ejecutar y hasta a confesar que han apostado francotiradores en las azoteas de los edificios caraqueños, para hacer una especie de juego de ‘tiro al blanco’ con las cabezas de los manifestantes opositores al régimen. 

Para la historia universal, y esperando castigo de la Justicia Penal Internacional, quedan, entre tantas otras fechorías, las infelices palabras de Roy Chaderton: alto personero del régimen, quien fuera Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Hugo Chávez, y su representante permanente en la Organización de Estados Americanos (OEA); el cual, ante las cámaras de la televisora del Estado venezolano, se atreviera a afirmar, cínicamente, que las balas de los francotiradores del régimen atravesaban con facilidad la cabeza de los opositores, porque sus bóvedas craneanas –a diferencia de las de los chavistas- eran huecas, carentes de contenido; y que, por ello, el sonido de la balas que les impactaban era el de un mero chasquido.

Esta es la nefasta clase de estadistas que, por veinte años, han dirigido los destinos de Venezuela; una generación hombres y mujeres de Estado tan íntimamente vinculados al Mal, que –unas veces por acción y las otras por omisión- han logrado arrasar todo bienestar material, moral y espiritual en nuestro país; dejándolo en auténticas ruinas. 

Entre el odio y la ignorancia los han conducido a hacer el mal que han querido, y también a dejar de hacer el bien que han podido. Y por sus frutos hoy los conocemos: son auténticos ESTADISTAS DEL MAL.


Madrid, 16 de octubre de 2019.

SOCIALISMO DEL SIGLO XXI Y ANTROPOLOGÍA CRISTIANA


Por: Jonathan A. García Nieves


Bien es sabido que las ciencias sociales tienen por objeto de estudio la sociedad y el comportamiento del hombre dentro de ésta; y también es sabido que, dentro de este orden del conocimiento, la Ciencia Política se enfoca en el comportamiento y organización de la sociedad en su expresión más elevada, que es la Comunidad Política: sustrato personal del Estado.

Resulta indiscutible que, desde su aparición en el siglo XVIII, el conocimiento científico sobre estos objetos de estudio (sociedad y política), ha tenido un enorme desarrollo y evolución en beneficio de la humanidad. No obstante, la generación de conocimiento en el campo social y político no es monopolio exclusivo de la Ciencia. Con secular antelación, los otros dos órdenes del conocimiento, esto es, la Filosofía y la Teología, ya han estado haciendo lo propio en este sentido; cada uno conforme a su particular método y enfoque; generando nociones que hoy, junto al conocimiento científico-social, entendemos como complementarias entre sí; y permitiendo con ello una comprensión holística de las fenomenologías propias de estos campos.

La sociedad y la política -y también la economía- son fenómenos humanos de tal amplitud y complejidad, que su estudio mal puede ser dejado exclusivamente en manos de científicos sociales, sin incurrir en un abordaje reduccionista, limitado; ergo: insuficiente para su plena comprensión.

La Teología afirma que la causa eficiente de la existencia de la sociedad y, por ende, de la comunidad política, no es otra que la sociabilidad inherente al hombre: ese carácter gregario del ser humano, que genera la red de relaciones que conforman el tejido social, y que abren la mente y los corazones a la procura del Bien Común.

Para comprender a profundidad cualquier fenomenología social y/o política, se requerirá, entonces, tener siempre en cuenta el Principio Antrópico: recurrir al conocimiento del hombre como sujeto, fundamento y fin de la vida social. Sin una correcta comprensión de la persona humana en todas sus dimensiones, mal podremos llegar a determinar la causa raíz de los problemas sociales, políticos e, incluso, económicos; y mucho menos encontrar adecuadas soluciones a los mismos. Ejemplo de ello es el fenómeno chavista, el autodenominado Socialismo del Siglo XXI; por el cual muchos, dentro y fuera de Venezuela, aún hoy se preguntan cómo pudo haber llegado a calar tan hondamente en la sociedad venezolana, a pesar de sus devastadores y prontamente perceptibles efectos sobre el orden social y la economía del país.

¿Cómo es que una madre chavista pudo haber justificado, ante los medios de comunicación, el asesinato de su propio hijo por haberse atrevido a manifestar  contra el régimen? ¿Por qué la corrupción ha podido seducir a tantos miles –o cientos de miles- de venezolanos, que no han dudado en enriquecerse ilícitamente a costa de la destrucción de su propio país? ¿Qué hace que un militar venezolano subyugue a su propio pueblo, siguiendo instrucciones de la tiranía cubana? ¿Cómo es que un usurero revendedor de medicinas puede hacer riqueza con la desgracia de un enfermo crónico o terminal? ¿Qué hace que un adepto al chavismo llegue a contradecir su propio credo religioso, para mantener la defensa de una “revolución” plagada de contrariedades a los principios judeo-cristianos?

Sin duda, las respuestas están en el fuero interno de cada venezolano, en esas profundidades del ser humano, insondables para la Ciencia.

La Antropología Cristiana señala que el hombre -la persona humana- es un ser multidimensional: su existencia no se limita al mero ámbito físico, corporal, del espacio-tiempo (plano de lo visible y temporal), sino que, en simultáneo, despliega su existencia en el ámbito de lo psíquico y de lo espiritual (plano de lo invisible y trascendente).

En este sentido, afirma sabiamente el Magisterio de la Iglesia Católica, que cada ser humano tiene existencia en seis dimensiones, a saber: personal, social, corporal, espiritual, histórica y trascendente; siendo que en todas ellas el hombre ejerce su voluntad y libre albedrío: potencias del alma racional que nos distinguen de los seres con alma meramente sensitiva (los animales); y que, por lo tanto, hacen que nuestros actos estén siempre regidos por el orden moral.

La vida social y política pertenecen a las dimensiones social e histórica del hombre; pero, por Principio de Unidad de la Persona Humana, estas dimensiones están inseparablemente relacionadas con las restantes cuatro;  todas las cuales se impactan entre sí, pues una y única es la persona que se despliega en todas ellas.

Así, un venezolano con hambre inducida (debilitado en su dimensión corporal); con la autoestima seriamente resquebrajada por el drama familiar y la injusticia social (lastimado en su dimensión personal y psico-social); sometido a una sistemática prédica del odio; carente de temor de Dios y alejado del Bien (afectado en su dimensión espiritual); ha sido más proclive a dejarse seducir una ideología y una oferta política contrarias al Bien Común. Su instinto de supervivencia, su resentimiento social, su anomia moral y su debilidad espiritual; le han impulsado al egoísmo, a la expoliación, a procurar su exclusivo bien material, incluso a costa del mal general que ha estado causando su propia gente, a la sociedad a la que él mismo pertenece.

El abordaje de la fenomenología constituida por el Socialismo del Siglo XXI y sus devastadores efectos sociales, políticos y económicos; con soslayo de las implicaciones morales y espirituales presentes en todos los actos humanos, resulta incompleto y, en tal virtud, insuficiente para su comprensión plena.

El Socialismo del Siglo XXI es una ideología dañina para el hombre, que ha logrado la desfiguración de la venezolanidad; es un letal enemigo de la concordia, de la paz, de la sana convivencia; que hace resonar las palabras de Juan Pablo II en la carta encíclica Centesimus Annus: “la dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los problemas de la convivencia humana”.

Todos los ámbitos de la convivencia humana (familiar, social, político, económico, etc.) están sujetos al orden moral, y no son ajenos a la dimensión espiritual de la persona humana. 

La Teología aporta nociones necesarias para alcanzar el adecuado conocimiento del hombre, de la sociedad y de la política; y por tanto nos da luces acerca de las causas de esta insospechada involución social y política de la nación venezolana, y de esta inefable retrogradación humana y cívica de quienes aún sostienen la causa chavista.

Son muchos y valiosísimos los aportes del orden teológico en este sentido. Unos de los más importantes, en abono del desarrollo de la Teoría Social y Política, es el Sentido Moral del Hombre; tema de reflexión metafísica desde la antigua Grecia.

Al abordar este tema, la Antropología Cristiana ha aclarado que el sentido moral, gracias al cual podemos intuir el bien y el mal (lo que se debe hacer y lo que se debe evitar); si bien es innato, propio e inmanente a la naturaleza humana; tiene particular despliegue en el ámbito relacional del hombre (en las relaciones con sus congéneres).

Conforme a las enseñanzas del Magisterio Social de la Iglesia Católica, es preciso tener presente que ese sentido moral innato al hombre, no implica que la sociabilidad humana comporte, automáticamente, la Comunión de las personas entre sí; esto es, el don, la entrega amorosa de unos a otros en procura del Bien Común. Ello debido a que, como afirmaran los padres del Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes: “por la soberbia y el egoísmo, el hombre descubre en sí mismo gérmenes de insociabilidad, de cerrazón individualista y de vejación del otro.

Precisamente, el ‘hombre nuevo’ surgido del socialismo chavista y cuya incubación fuera tan cacareada por el difunto dictador; es prueba de que ese sentido moral innato no es garantía de bondad en el hombre; y mucho menos de comunión y solidaridad para con el prójimo. El hombre siempre será libre para optar entre el Bien y el mal. Y –guiado por el odio, el resentimiento y la tentación del dinero mal habido- en Venezuela un gran grupo humano llegó a optar por el mal: prefirieron la corrupción y la dádiva estatal antes que el trabajo generador de riqueza; la cerrazón ideología antes que el esplendor de la Verdad; incluso muchos optaron por el paganismo y hasta los ritos satánicos, abandonando su fe en Dios. Con sus votos en las primeras de cambio, luego apoyando sucesivos fraudes electorales, y siempre mostrando los dientes de la violencia potencial (“Esta es una revolución pacífica, pero armada”); los adeptos al chavismo han tenido la capacidad de sostener por dos décadas a un régimen realmente perverso, malvado, lacerante de la humanidad en tierra venezolana.

La extinción del la maquinaria de muerte autodenominada Socialismo del Siglo XXI, comienza en el fuero interno de cada venezolano; requiere de un cambio personal, de un indispensable proceso de conversión moral y espiritual.

Sin duda, la recuperación de la libertad, la concordia y el bienestar general en Venezuela, requiere de un sesudo plan de acciones sociales, políticas y económicas; pero primero pasa por la restauración psíquica, moral y espiritual del venezolano. Y en este sentido no hay tiempo que perder. Es tiempo de sacar lo mejor de nosotros mismos como personas, para impactar positivamente la sociedad. Es tiempo de deponer el odio, y también de dominar la concupiscencia por el poder y el tener, que nos han conducido a ser una de las sociedades más violentas y corruptas del mundo.

Por amor a nosotros mismos y al prójimo, debemos recuperar la visión del Bien Común, que no es más que nuestro propio bien en comunión con el de nuestros semejantes.

La comunión entre los venezolanos –deseable en todos los ámbitos de nuestra relacionalidad humana, incluida nuestra Comunidad Política- si bien es prescrita por nuestro sentido moral innato; para su efectiva concreción requiere de una indispensable decisión personal, signada por la apertura amorosa hacia nuestro prójimo y su bien, como si se tratara del nuestro propio (“Amarás al prójimo como a ti mismo”).

La batalla contra la perversidad intrínseca al Socialismo del Siglo XXI no es sólo en la arena política; también lo es en el campo moral, psíquico y profundamente espiritual. Queda de nosotros obviarlo o no.


Madrid, 31 de octubre de 2019.

EL DESPRECIO POR LA VIDA HUMANA EN EL PENSAMIENTO SOCIALISTA


Por: Jonathan García Nieves



Dada la influencia cristiana en la cultura occidental, tanto el respeto a la vida humana como la solidaridad, representan valores fundamentales de nuestras sociedades políticas. Estos valores, derivados de la razón humana y afianzados en la revelación bíblica, se encuentran tan profundamente arraigados en nuestra conciencia colectiva, que han alcanzado un vigor meta-religioso, esto es, un grado de coercibilidad moral que ha sobrepasado los límites de la cristiandad; incidiendo en la conducta de las grandes mayorías sociales de Occidente, sin distingo de credo alguno.

Estos dos valores se derivan del principio de Dignidad de la Persona Humana, cuyo argumento racional consiste en que el hombre, por el solo hecho de serlo, tiene un valor que le es inherente en cuanto ser dotado de racionalidad y libre albedrío. Desde el punto de vista de la fe, el Cristianismo nos ha revelado esta dignidad en su plenitud teológica, esto es: por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, por haber sido redimido por Cristo y por ser templo del Espíritu Santo; cada hombre, cada mujer, cada niño, cada anciano, sin distingo de ningún tipo; goza de una dignidad irreductible en todas las dimensiones y estadios de su vida. La persona humana es sujeto, no objeto; un alguien y no un algo; razón por la cual tiene un valor superior a todos los bienes, materiales e inmateriales. Y justo por ello es que el Cristianismo rechaza y condena que el capital sea puesto por encima del hombre.

Esta dignidad de la persona humana es  imperecedera, imprescriptible. Su duración es de extremo a extremo de nuestra existencia; en virtud de lo cual la vida humana debe ser respetada, preservada y protegida en todos sus estadios, desde la concepción hasta la muerte natural. Asimismo, la dignidad humana es causa de nuestro deber de solidaridad para con el prójimo. La solidaridad debe ser practicada para con el necesitado, ya que éste comparte con nosotros la misma dignidad humana.

Conforme a la moral cristiana, la dignidad de la persona humana nos insta a la valoración de la vida (propia y ajena) como un don divino, así como a la práctica de la solidaridad para con nuestros congéneres; siendo que estos dos valores (respeto a la vida humana y solidaridad) tienen su fundamento en el mandamiento de “Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo”. Por amor a Dios y a nosotros mismos, debemos valorar y conservar nuestra propia vida; y por amor a Dios y al prójimo, debemos valorar la vida de este último y ser solidarios con él en la procura de su preservación. Asimismo, conforme a la doctrina cristiana, la vida humana debe ser vivida y compartida en el amor (“Amaos los unos a los otros”); siendo el amor la gran fuerza motriz de la solidaridad (“Lo que hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”).

Por estas razones, en toda sociedad de base cultural cristiana, resultará difícil de rechazar a priori una oferta ideológica que superponga al hombre sobre el capital, y que también muestre cierta preocupación por los sectores más débiles, vulnerables e indefensos del cuerpo social. Sin duda que estas dos posiciones, prima facie, pueden dar la impresión de que estamos ante una ideología que valora la vida humana.

En su discurso -que no su praxis- la ideología socialista propugna estas ideas. De allí que constituya un virus capaz de sortear las primeras barreras de defensa axiológica de nuestras sociedades políticas, culturalmente abiertas a la vida y dispuestas a la solidaridad. Y justo por ello, esta corriente de pensamiento político tiene una presencia particularmente endémica en nuestra región latinoamericana, pues se trata del mayor pulmón de la Cristiandad, “el continente de la esperanza” en palabras de Juan Pablo II.

Como lluvia copiosa, el ideario socialista ha permeado el pensamiento de distintas generaciones en diversos países de cultura cristiana. Inducidos al error, víctimas de una oferta político-ideológica fraudulenta, muchos han llegado a asumir el Socialismo como una corriente beneficiosa para la vivencia de los valores in comento. Nada más lejos de la realidad. Se trata de un auténtico canto de sirenas, un timo ideológico no apto para desprevenidos.

Quién no se detenga a analizar las inconsistencias filosóficas del Socialismo, corre el riesgo de ceder ante sus seducciones, y terminar convirtiéndose, precisamente, en un instrumento ciego contra la defensa y protección de la vida humana, y contra la solidaridad en sus circunstancias de mayor vulnerabilidad.

Por el solo hecho de superponer el ser humano al capital, el socialismo no está reconociendo la plena dignidad de la persona humana; simplemente está poniendo al  capital por debajo del hombre, pero ello dentro de una escala en la que éste (el hombre) se encuentra por debajo del Estado, y este último por debajo de la Revolución; lo que, irremediablemente, conduce a un totalitarismo arbitrario y aplastante en que la persona es cosificada por el Estado, instrumentalizada por la Revolución, y tratada como mera pieza del sistema por el tiempo que sea pueda serle útil a éste.

El solo hecho de combatir la inmoral primacía del capital sobre el hombre, no hace de la ideología socialista una corriente favorable al ser humano. El socialismo es un pensamiento anti-humanista, esencialmente materialista, que niega la esencia espiritual y trascendente del hombre y que, por ende, valora únicamente el aspecto físico de la vida humana. Siendo, además, que esta valoración física es sólo por un tiempo limitado: mientras la persona sea lo suficientemente fuerte e independiente para no requerir del auxilio de sus congéneres. Por ello, la izquierda mundial aboga por el abortismo y la eutanasia.

Para los socialistas, el ser humano, en los frágiles extremos de su existencia biológica (fases intrauterina y de proximidad a la muerte natural), no es un ‘alguien’ sino un ‘algo’, una cosa de la que se puede disponer. Para ellos, la vida del ser humano en el vientre de la mujer, es concebida como un apéndice del cuerpo femenino, una especie de órgano, y casi que un tumor extirpable a voluntad de la madre filicida. Para ellos, asimismo, la vida del enfermo terminal no es más que un desecho familiar.

En el ADN del Socialismo se encuentra el gen de la contradicción más profunda a sus postulados de defensa y solidaridad para con los desvalidos y más vulnerables. Para encontrarse con la veracidad de esta afirmación, bastaría con dar sincera respuesta a las siguientes interrogantes:

¿El derecho a la vida es exclusivo de las personas sanas y que puedan valerse por sí mismas? ¿Tenemos el deber legal y moral de socorrer a una persona que desea suicidarse, pero no con respecto a una persona que, por estar impedida de suicidarse, le pide a otra que le cause la muerte por eutanasia? ¿La solidaridad y el deber de socorro que nos instan a salvar la vida de un criminal que corre el riesgo de morir en su claustro carcelario; no procede para salvar al ser humano mientras está en el claustro materno? ¿Mientras está en el vientre de su madre, el hombre no es ser humano? ¿Si una madre primeriza lo es, precisamente, por su relación con el niño que lleva en su vientre, y este niño no es una persona sino una cosa desechable, entonces la mujer embarazada tiene relación de maternidad con respecto a una cosa? ¿Puede protegerse y defenderse al desvalido -incluidos el enfermo terminal y el ser humano intrauterino- sin respetar el más sagrado de sus derechos, que es la vida?

Lo que resulta una perogrullada viene a ser el mayor signo de contradicción en la bitácora del buque socialista. Éste, una vez asumido el poder político, siempre encalla en las aguas poco profundas del irrespeto a la dignidad humana. Los más vulnerables: aquellos a quienes se ha ensalzado y seducido con promesas de protección, respeto y defensa; terminan siempre pisoteados, cosificados cual si fueran simples piezas en el juego revolucionario.

La vida, el más sagrado de los derechos humanos, es tratado por el Socialismo como si fuera un plus en la esfera jurídica del hombre: un atributo del que se puede carecer según las circunstancias previstas por el sistema.

Al concebirse la vida humana de manera reductivista (sólo en sus dimensiones material y temporal, y excluyendo sus extremos inicial y final), se incita a la cultura de la muerte y de la insolidaridad; se pretende vaciar de contenido moral el deber de no matar, así como el de hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para preservar la vida propia y ajena.

Es tal el desprecio por la vida humana en el pensamiento de izquierda, que mientras su abortismo militante les lleva a considerar al feto humano como un mero apéndice del cuerpo femenino, un ‘algo’ carente de todo derecho porque -según ellos- no es persona; por otra parte, incurren en la aberración jurídica de declarar a las semillas de las plantas como sujetos de Derecho. Sí, apreciado lector, tal cual: un sujeto de Derecho, es decir, un sujeto capaz de ser titular de derechos y vincularse mediante obligaciones personales; tal como lo sabe cualquier estudiante de primer año de Ciencias Jurídicas. En este sórdido despropósito incurrió la mayoría parlamentaria del socialismo chavista cuando, en 2005, dictó una Ley de Semillas venezolana, en cuyo artículo 4 estableció que “Se reconoce a la semilla como ser vivo y (...) y sujeto de derecho…”

Así son las cosas en el socialismo: un sistema de creencias con los valores a todas luces invertidos; donde una semilla (ad exemplum: un frijol) es reputada como sujeto, mientras que un ser humano es tratado como objeto. Para los socialistas, una semilla es un sujeto de Derecho; lo que implicaría la posibilidad de que la ésta sea titular de derechos -incluida la vida-, mientras que un ser humano en el vientre materno, carece de derecho a la vida porque no es un sujeto sino un objeto. En pocas palabras, para un socialista, el niño que una mujer lleve en su vientre no tiene madre sino ‘propietaria’.

Más que dantesco resulta el imaginarse a alguna de las ‘parlamentarias del horror’, (diputadas chavistas que aprobaron semejante aberración legislativa), arrullando tiernamente a un grano de frijol o de arroz, después de haber abortado -asesinado-  al hijo que llevaba en su vientre.

Olvidaron los socialistas chavistas que la semilla es capital, un insumo para el agro;  y que, por tanto -apegados al pensamiento del propio Karl Marx- mal puede ser privilegiada por encima del ser humano en su fase intrauterina. ¡Vaya contradicción!

Mientras redactamos estas palabras, los socialistas avanzan en sus procesos legislativos para despenalizar el aborto en México y para aprobar la eutanasia en España. Son persistentes en su misión de instaurar la cultura de la muerte y de la insolidaridad para con los seres humanos más desvalidos y vulnerables.

Oportunidad para que nuestras naciones hagan gala de ese gran acervo moral de nuestra cultura cristiana, que es el humanismo integral; y, solidariamente, plantemos cara en defensa de la vida humana, muy especialmente en ese sagrado estadio que es la gestación en el vientre materno.

Antes de haberte formado yo en el vientre de tu madre, te conocía; antes de que salieras de su seno te consagré.” (Jer. 1:5).



Madrid, 23 de febrero de 2020.



NATURALEZA HUMANA, CARIDAD Y BIEN COMÚN


Por: Jonathan A. García Nieves


La persona humana es un ser sociable por naturaleza y, por ello, entra en contacto con sus semejantes, estableciendo redes relacionales de distinta índole (afectivas, económicas, culturales, etc.). De esta manera, desarrolla un fenómeno estrechamente vinculado a su instinto de supervivencia, y al cual llamamos ‘socialización’. El hombre busca en la comunidad, esto es, en la cercanía y en la cooperación del ‘nosotros’; las fortalezas de que carece individualmente (en el ‘yo’); lo que termina representando su propio bien.

Esta inclinación natural a la socialización, no presupone en el hombre una intrínseca búsqueda de la ‘Alteridad u Otredad del Bien, esto es, la búsqueda y/o respeto del Bien relacionado con terceras personas. Ello por cuanto en el fondo de la socialización, subyace una base antropológica consistente en la procura de la subsistencia personal: una inclinación natural en la que el hombre hace patente la valoración de su propia existencia y, consecuentemente, su tendencia a procurar el bien para sí mismo. 

Una cosa es que el instinto de supervivencia impulse al hombre a la socialización, a fin de procurarse el beneficio que aportan las múltiples y variadas relaciones inter-subjetivas dentro de la comunidad a la que se pertenece; y otra muy distinta es que, al procurar esa supervivencia, el hombre -en conexión con su sentido moral- abandone su cerrazón individualista o sectarista, para abrirse a la ‘Alteridad del Bien’; cuyas especies son: a) la ‘Ajenidad del Bien’, que implica beneficiar directamente a terceras personas; y b) la ‘Comunidad del Bien’, que implica el esfuerzo por armonizar el beneficio personal con el de la comunidad a la que se pertenece.

La búsqueda del bien personal (beneficio del ‘yo’) es una realidad antropológica perteneciente al ‘ámbito del ser’; ámbito éste en el que se encuentran las características inmanentes a la naturaleza humana, como es el caso del instinto de supervivencia y la sociabilidad; mientras que el hacer el bien al prójimo, representado en el “” y el “ustedes” (Caridad), y el procurar el bien propio, pero sin afectar injustamente a las terceras personas que integran nuestra comunidad: el beneficio del “nosotros” (Bien Común); no pertenecen al ámbito del ‘ser’, sino al ‘deber-ser’.

De tal manera, para concebir, asumir y desarrollar la ‘Alteridad del Bien’, representada en la Caridad y el Bien Común, resulta indispensable conectarnos con nuestra conciencia y nuestro espíritu, para con ello elevar nuestra natural sociabilidad, desde el nivel de la mera supervivencia instintiva -en la que en poco o en nada nos diferenciamos del resto de los animales- para ubicarnos en el nivel de convivencia acorde a la dignidad humana, que es la Comunión Fraterna.

La Caridad y el Bien Común, por ser, respectivamente, un valor y un principio ordenador de la vida social (ámbito del ‘deber ser’); no se procuran ni alcanzan por instinto natural, sino por voluntad; razón por la cual, en todo acto tendente a la Caridad y/o al Bien Común, el instinto de supervivencia determinado por el cerebro reptil, se inclina reverencialmente ante las potencias del alma racional; entrando, así, en juego la voluntad; esto es, la facultad de la persona humana para decidir y ordenar su propia conducta.

En este orden de ideas, el ser humano, que por naturaleza procura el Bien para sí mismo, no por naturaleza se orientará a la Ajenidad del Bien (la Caridad) ni a la Comunidad del Bien (el Bien Común). Para estas actitudes, se requerirá, indispensablemente, de una apertura del hombre con respecto a sus dimensiones invisibles (espiritualidad y trascendencia), en las que éste es llamado a abandonar su cerrazón individualista, para encontrar su propio beneficio espiritual y trascendente en toda acción que pudiera realizar en favor de su prójimo, así como en el respeto al Bien Común.

El beneficio personal, para que sea armonioso con el Bien Común –salvo causa de justificación- debe ser inocuo al bien ajeno. Se trata de un sublime equilibrio entre el instinto de supervivencia, que nos inclina y nos legitima a procurar nuestro propio beneficio personal; y el deber moral de la comunión fraterna; el cual tiene como base racional el principio jurídico de “Alterum non laedere” (“No hacer daño a otro”), y que se transfigura -alcanzando su esplendor- en el mandamiento de “Amar al prójimo como a sí mismo”. 

Esta cosmovisión –si bien es no se circunscribe al ámbito religioso, ni mucho menos a un credo específico- para el pueblo cristiano alcanza su más hermosa exposición en la plenitud de la revelación bíblica, que nos llama a sublimar nuestro natural instinto de supervivencia, para alcanzar la sobrenatural comunión con Dios y con los hombres; de la siguiente manera: 1. En toda forma de socialización, hemos de superar nuestro natural egoísmo (“Amarás al prójimo como a ti mismo”); 2. La superación del egoísmo implica disposición a la acción benéfica para con el prójimo (“...tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y me vinisteis a verme.”); 3. La acción benéfica para con el prójimo es una manera de amar a Dios (“...cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”); y 4. Quienes hacen el Bien a sus semejantes, cuentan con la promesa divina de obtener para sí el mayor Bien posible, que no es otro que el encuentro personal, pleno y definitivo con Dios, que es el Sumo Bien (“Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.”).


Madrid, 19 de marzo de 2020.





PANDEMIA Y CIVILIZACIÓN DEL AMOR


Por: Jonathan A. García Nieves

El COVID-19 nos ha obligado a ‘parar el mundo’ en estos meses iniciales de 2020; más precisamente: nos ha forzado a detener nuestro propio obrar en el mundo, al haberse impuesto el confinamiento humano como medida de supervivencia colectiva. Una medida que, como efecto insospechado, nos ha brindado la oportunidad de sumergirnos en nuestra vida interior; ello como nunca antes de esta manera tan masiva.
Este enrarecido tiempo ha sido una ocasión excepcional para tomar conciencia de la fragilidad y fugacidad de nuestra vida biológica; y ha servido para que, en muchísimas personas, se produjera un despertar del sentido de trascendencia, tan adormecido con los arrullos del materialismo pragmático y mecanicista. Sin duda, esta dura experiencia nos ha hecho valorar, en mayor medida, lo verdaderamente esencial de la vida, que -como bien dijera el Principito en la homónima obra de Saint-Exupéry- es aquello “invisible a los ojos”.
En este escenario, estamos siendo testigos y partícipes de un estallido global, que no solamente nos ha invitado a revisarnos como personas (ámbito del ‘yo’), haciendo que muchos hayan debido replantearse sus proyectos de vida personal; sino que también ha hecho lo propio en el ámbito del ‘nosotros’, constituido por todas las manifestaciones de nuestra socialización (pareja, familia, nación, etc.); llevándonos, incluso, a cuestionar y replantearnos ciertos aspectos de la civilización, tal como la hemos concebido hasta hoy.
De manera tan sorpresiva como aleccionadora, el virus de COVID-19 ha instado a la humanidad a bajarse de la cumbre de la soberbia, en la que se había entronizado de la mano de los avances científicos, la revolución tecnológica y las corrientes de pensamiento posmoderno y relativista. Hemos tenido que bajar la cabeza con humildad, y elevar el espíritu con recogimiento; y ello nos ha permitido contemplar la verdad en aspectos fundamentales de la vida, tanto en la dimensión personal como en la social, cuya máxima expresión es la civilización.
En el ámbito del ‘nosotros’, hemos tenido oportunidad para observar cómo nuestros sistemas políticos y económicos, así como nuestras estructuras de seguridad y cooperación internacional, no eran tan formidables como creíamos. Las falencias de emblemáticos gobiernos y de la mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS), así como la vulnerabilidad de superpotencias como China y los Estados Unidos, lo han dejado en evidencia.
Una sólida estructura de poder supranacional, como lo es la Unión Europea, tan admirada –sino adorada cual ídolo de la megapólitica-, por estar dotada de cabeza de platino en lo político-institucional, tronco de oro en lo económico y monetario, y extremidades de plata en sus políticas de cooperación para con el tercer mundo; ha acusado tener pies de barro en la gestión de su propia solidaridad intramuros; esa solidaridad que tanto han echado de menos Italia y España al encarar la pandemia en sus territorios.
La respuesta europea ante la crisis ha sido pésima; partiendo de una errónea interpretación del Principio de Subsidiariedad que rige su funcionamiento, ha habido una nula gestión comunitaria de los riesgos; y con ello se ha dejado sobrepasar las capacidades de algunos países. Asimismo, la solidaridad intra-europea sin dudas que ha brillado, pero por su ausencia. La pandemia en tierras del viejo continente, si bien se ensañó con Italia y España, siempre fue –y sigue siendo- una crisis desafiante de la Unión Europea como un todo; pero la miopía de las partes y de los propios órganos de poder comunitario, impidió advertir y contener a tiempo la afectación de ese todo. Y de esta manera, el sueño de la Unión Europea ha quedado expuesto en su debilidad más estructural, que es la concepción de sí misma como verdadera unión; como entidad geopolítica supranacional, cuyas fronteras externas, de ser sobrepasadas por alguna amenaza común, ameritan una respuesta solidaria -sino conjunta-, en procura del Bien Común europeo, y sin importar por cuál de los estados miembros hubiere penetrado tal amenaza.
En este orden de ideas, observamos que, como lo hiciera el niño del famoso cuento de Hans Christian Andersen (“El traje nuevo del emperador”); un microscópico virus ha revelado a la humanidad en su (nuestra) absoluta desnudez, ante amenazas comunes a todo el género. Hasta ahora hemos sido una civilización más preparada para la autoaniquilación que para la autopreservación.
Recientemente, el cardenal guineano Albert Sarah ha señalado: “Este virus actuó como una advertencia. En cuestión de semanas, la gran ilusión de un mundo material que se creía todopoderoso parece haberse derrumbado. (…) un virus microscópico ha puesto de rodillas a este mundo, un mundo que se mira a sí mismo, que se complace, ebrio de satisfacción porque creía que era invulnerable. La crisis actual es una parábola. Ha revelado cómo todo lo que hacemos y estamos invitados a creer fue inconsistente, frágil y vacío. 
Así las cosas, advertidos ya de nuestra desnudez y fragilidad, nos encontramos ante una encrucijada histórica en la que no podemos perder el camino. En este momento, cada uno de nosotros debe asumir el reto de ser parte de la generación que, con gran responsabilidad, madurez y desprendimiento; ha de iniciar -en nombre de toda la humanidad- un camino de evolución mental y espiritual que, partiendo de la restauración integral del hombre y del ciudadano, y abarcando toda nuestra dimensión social (desde el mismísimo ámbito familiar hasta el internacional); logre el gran salto cuántico de nuestra civilización.

Quizás seamos nosotros la generación que pondrá la primera piedra, para la construcción de una auténtica “Civilización del Amor” como la que tanto nos refirió Juan Pablo II.


Madrid, 14 de mayo de 2020.




PANDEMIA Y DIMENSIÓN ESPIRITUAL


Por: Jonathan A. García Nieves

Blandiendo la espada de la muerte y el látigo de la enfermedad, la pandemia de COVID-19 continúa golpeando duramente la dimensión visible de la humanidad, constituida por nuestra vida biológica y configurada en nuestro cuerpo físico. Esta dimensión visible, física o corporal es un campo de batalla en el que, sin duda, este temible patógeno exhibe gran fortaleza.
No obstante, hay grandes razones para abrigar esperanza. La fortaleza del virus sólo es temporal; se encuentra limitada al lapso de un año y algunos meses, que es el tiempo que tomará el desarrollo de la nueva vacuna. Podemos confiar en su pronta derrota por parte de la Ciencia, ya que, si bien este virus es invisible al ojo humano, ante el microscopio queda absolutamente expuesto y observable en su desnudez.
Otra gran razón para la esperanza es que, en simultáneo, esta guerra contra el COVID-19 la estamos librando en otro campo de batalla en el que ya avizoramos una amplia victoria. Se trata, precisamente, de la dimensión en que la humanidad sí que es parte de un mundo verdaderamente invisible.
La persona humana, culmen maravilloso de la creación divina, es un ser complejo, que no limita su existencia solamente al plano físico. El hombre es cuerpo, pero también es mente, alma, espíritu; atributos con los que nuestro ser, de manera innegable, también se despliega en un plano invisible. Y justo con la integridad de este formidable ser que es el hombre; simultáneamente corporal y espiritual, habitante y potente tanto en el plano de lo visible como de lo invisible; es con el que se ha topado el COVID-19.
Es cierto que, en el primer asalto de este pugilato entre hombre y virus, el temible microorganismo ha puesto a la humanidad contra las cuerdas; soltado una seguidilla de golpes físicos representados en enfermedad y muerte en crecimiento exponencial. Y, por si fuera poco, es igualmente cierto que estos durísimos golpes en la dimensión corporal también tienen la capacidad de afectar nuestra salud psíquica y  espiritual. Para nadie es un secreto que el parte diario de los infectados y fallecidos a nivel mundial, genera angustia y tristeza entre la población.
Es cierto que entre el temor a lo desconocido, la angustia de una vida cotidiana en modo de supervivencia; así como el confinamiento y el distanciamiento social ajenos a nuestra libertad y a nuestra naturaleza gregaria; y la hasta la desconfianza hacia cualquier semejante que se nos aproxime; han bocetado un cuadro cuasi apocalíptico en el que todos, en alguna medida, nos hemos visto reflejados. Todo lo cual tiene una gran capacidad para alterar nuestra conducta psicosocial y nuestro sistema inmunitario; cerrado un círculo vicioso en que la enfermedad genera miedo, y luego ese miedo genera más enfermedad.
Pero también es cierto que, muy prontamente, el grueso de la humanidad, apelando a su potencia espiritual -sin distingo de credo alguno- ha reaccionado proactivamente; sacando lo mejor de sí misma, y asumiendo que esta es una situación de la que hemos de salir integralmente fortalecidos, tanto en cuerpo como en alma.
En medio de la crisis, una gran mayoría ha empezado a dar cabida a pensamientos elevados y a emociones positivas, que están surcando nuestra mente y nuestros corazones. Muchas más personas se están permitiendo experiencias espirituales que llenan de paz nuestra alma. Hoy somos un poco más conscientes, y valoramos lo verdaderamente esencial de la vida. El tiempo no nos apremia tanto como antes; estamos más conectados con el aquí y el ahora; y con ello mandamos el estrés al desguace del pasado. El amor y el perdón están siendo expresados más abiertamente, casi como si no hubiera un mañana. El valor del compartir en familia ha brillado con gran esplendor. La solidaridad está ganando espacio al egoísmo; la conciencia ecológica se despierta en buena parte de la humanidad; y la esperanza de un mundo mejor está sustituyendo a aquel miedo inicial por la pandemia.
Todo ello está operando como un gran escudo de defensa de nuestra especie, ya que en el hombre, más que conectadas, la vida biológica y la vida espiritual están esencialmente unidas. Cada ser humano es una unidad indivisa e indivisible de cuerpo y alma. Se trata de una hermosa realidad antropológica, expresada por la Teología mediante el principio “Corpus et anima unum”; según el cual, “el cuerpo y el alma son uno”; es decir, cuerpo y alma son, respectivamente, las dimensiones visible e invisible del ser único e irrepetible que es cada persona humana. Razón por la cual, lo que ocurre en una de estas dimensiones, tiene repercusión y manifestaciones en la otra. Y es por ello que la elevación mental y espiritual que está ocurriendo en medio de la pandemia, también está entrando en juego en nuestro enfrentamiento biológico contra el COVID-19.
La mente, que como señala la Real Academia de la Lengua, es la “potencia intelectual del alma”; tiene implicaciones clínicas sobre el cuerpo humano. Nuestros pensamientos afectan nuestras emociones y, a su vez, nuestras emociones impactan en nuestra salud física. Así lo ha demostrado la Ciencia, concretamente la Psiconeuroinmunología: una disciplina que estudia los aspectos médicos y clínicos de la interrelación que hay entre las dimensiones visible e invisible del hombre; disciplina ésta, que ha venido a aportar fundamentos racionales para la comprensión de una verdad que, dos mil años antes, ya nos había sido revelada por Jesucristo (“No sólo de pan vive el hombre”. Mt. 4:4).
En este escenario, crece la esperanza de que pronto habremos superado esta  pandemia, y de que estaremos legando un mundo mucho mejor a las futuras generaciones. Quizás con el paso de los siglos seamos conocidos y reconocidos como la generación que, ante una gran amenaza invisible por microscópica, hizo gala de su dimensión invisible por espiritual; siendo capaz de detener el mundo en procura del Bien Común, y aprovechando para repensar la civilización desde el corazón de cada persona en este insospechado retiro espiritual de la humanidad.
"...el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser: el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo." (I Ts. 5: 23).

Madrid, 29 de abril de 2020.

PANDEMIA Y ESPERANZA DE NUEVA HUMANIDAD


Por: Jonathan A. García Nieves


Entrados ya en el segundo trimestre de 2020, la pandemia de COVID-19 que tuvo su origen en China a finales del pasado año, prosigue su vertiginoso avance por el mundo. Nos acecha un formidable agente de exterminio; una peste que se expande por el orbe y que, como un tsunami, va inundando cada continente y cada país con una ola de muerte, aislamiento y miedo; un virus que ha puesto en jaque la economía global, y que amenaza, incluso, con alterar nuestra civilización tal como la hemos conocido hasta hoy.

No se trata de una amenaza extraterrestre. Quizás para ello habríamos estado un poco más preparados; o al menos eso quisiéramos creer, al pensar en nuestro ingente arsenal de bombas atómicas, misiles balísticos de largo alcance, aviones caza capaces de combatir en la estratósfera; además de los tan avanzados escudos de defensa antimisiles: una tecnología que ya desde la década de los 80 del siglo pasado, fuera concebida como el sistema de “Guerra de la Galaxias”.

Tampoco se trata de una invasión armada por parte de una gran potencia militar. Sin duda que para ello también habríamos estado un poco más prevenidos, al contar con nuestros inmensos ejércitos abundantemente apertrechados, dotados con letales armas con miras laser y visión infrarroja para que –en cualquier circunstancia- pudieran detectar y dar cacería a ese ‘feroz enemigo’ con el que nos estaríamos enfrentando, y que no es otro que nosotros mismos.

Pero no; ninguno de estos escenarios es el que hoy amenaza nuestro género. Se trata de un enemigo microscópico, invisible al ojo humano; una amenaza que no nos golpea tanto por su fortaleza, sino por nuestras profundas debilidades, entre las que se encuentran la necedad (invertir más en pertrechos para hacer la guerra, que en investigación útil a la vida y la salud), el egoísmo (reservase insumos que debieron ser enviados a tiempo, para contener la pandemia en los primeros países afectados), la insolidaridad (haber actuado inicialmente como si se tratara de un problema de países puntuales, que han debido resolverlo por sí mismos); la mentira (no revelar la verdad acerca del origen y cifras de mortalidad del virus, sólo para preservar la imagen de un determinado sistema político-ideológico), y la infravaloración de la vida humana ante lo material (insistir en que los trabajadores sigan trasladándose a los centros de trabajo, a pesar del alto riesgo para su vida, a fin de mantener pujante la economía); por sólo mencionar algunas.

Este virus –al menos hasta ahora- pareciera no afectar al resto de los seres vivos, sino exclusivamente al  género dotado de inteligencia: la humanidad. Y, quizás por ello, algunos, de manera reactiva, pretenden transferir la responsabilidad a Dios, como si se tratara de un ‘castigo divino’; mientras otros se la atribuyen a la naturaleza, como si fuera una especie de ‘rebelión natural’ por nuestros desmanes ecológicos. ¡Vaya manera de evadir nuestra propia responsabilidad!

Dios –que es amor- sólo quiere el bien para la humanidad; ello hasta el punto de haber entregado a su propio hijo unigénito para alcanzarnos la salvación. De modo que mal puede reputarse esta y cualquier otra pandemia como un castigo de la Divinidad. Y, por otra parte, a la naturaleza –que no es sujeto, ni mucho menos persona- mal podemos atribuirle cualidades personales, como lo sería la voluntad de hacer tal o cual cosa, incluido, por supuesto, el rebelarse contra nosotros. La naturaleza no nos castiga ni se rebela contra la humanidad, porque no es un ‘alguien’ dotado de voluntad, sino un maravilloso ‘algo’, un universo creado por Dios con el fin de dar asiento y sustento a su gran amor, que es el género humano, representado en cada hombre y cada mujer en particular.

A nuestro modo de ver y entender, la idea de castigo es inconcebible en este asunto; mas –en buena medida- sí lo es la de la autodestrucción, tanto por imprudencia como por torpeza humana. En hipótesis de imprudencia –si es que así terminare de comprobarse- en virtud del presunto origen del virus en algún laboratorio, a causa de no haber atendido los riesgos que fueran advertidos en su momento; y en hipótesis de torpeza, en razón del infeliz desempeño de algunos gobiernos, tanto en la prevención como en la gestión de la crisis. Más ha pesado la ideología feminista para mantener el permiso y promoción gubernamental de una gigantesca marcha el 08 de marzo en Madrid, que el riesgo patente de que en ese evento se iniciará un mega-contagio. Asimismo, algunos gobiernos han tomado con notable retraso las estrictas medidas de confinamiento, sólo porque su mirada se fija más en la economía que en la salud pública. Bien lo dijo Jesucristo: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”. (Mt. 6: 21).

Nuestra insensatez ha sido tal, que nos ha llevado a gastar ingentes recursos en pro de la extinción humana, como es el caso de la fabricación de armas de destrucción masiva; en vez de destinarlos a la investigación científica para procurar la protección de nuestro género ante este tipo de amenazas naturales a su existencia.

¿De qué sirven hoy tantos militares entrenados para la guerra, si lo que necesitamos es mayor cantidad de médicos y enfermeros? ¿De qué nos valen tantos millones de municiones para intentar matarnos unos a otros, si lo que requerimos son vacunas y medicamentos para salvarnos la vida los unos a los otros, para proteger el conjunto de la familia humana? ¿Para qué sirven hoy tantas bombas lacrimógenas con las que dictaduras –como la venezolana- asfixian a sus pueblos, si lo necesario son mascaras y equipos respiradores?

Aún estamos a tiempo. El Creador nos dotó de inteligencia y voluntad, y con ellas nos capacitó para reconocer y corregir nuestros errores. Esta pandemia no debe percibirse como signo del final de la existencia humana, sino como una oportunidad para nuestra regeneración integral. Esta pandemia debe representar una ocasión para la revisión y cambio de paradigmas en nuestros sistemas políticos, económicos y sociales; que han de ser humanizados, puestos verdaderamente al servicio del hombre. Esta pandemia puede representar una oportunidad para la esperanza, un hito con el que demos inicio a nueva era de mayor elevación mental y espiritual; una llave que abra las puertas a un mundo más solidario y menos egoísta, más respetuoso del ambiente y menos consumista y devorador de recursos; un mundo en que los ejércitos de personal médico y docente sean mucho mayores que el de militares prestos a la guerra.

El Señor es mi luz y mi salud; ¿a quién temeré? Amparo de mi vida es el Señor; ¿ante qué puedo yo temblar?”. (Sal. 27: 1).


Madrid, 04 de abril de 2020.