Por: Jonathan A. García Nieves
El COVID-19 nos ha obligado a ‘parar el mundo’ en
estos meses iniciales de 2020; más precisamente: nos ha forzado a detener
nuestro propio obrar en el mundo, al haberse impuesto el confinamiento humano
como medida de supervivencia colectiva. Una medida que, como efecto
insospechado, nos ha brindado la oportunidad de sumergirnos en nuestra vida
interior; ello como nunca antes de esta manera tan masiva.
Este enrarecido tiempo ha sido una ocasión excepcional
para tomar conciencia de la fragilidad y fugacidad de nuestra vida biológica; y
ha servido para que, en muchísimas personas, se produjera un despertar del
sentido de trascendencia, tan adormecido con los arrullos del materialismo pragmático
y mecanicista. Sin duda, esta dura experiencia nos ha hecho valorar, en mayor
medida, lo verdaderamente esencial de la vida, que -como bien dijera el
Principito en la homónima obra de Saint-Exupéry- es aquello “invisible a los
ojos”.
En este escenario, estamos siendo testigos y
partícipes de un estallido global, que no solamente nos ha invitado a
revisarnos como personas (ámbito del ‘yo’), haciendo que muchos hayan debido
replantearse sus proyectos de vida personal; sino que también ha hecho lo propio
en el ámbito del ‘nosotros’, constituido por todas las manifestaciones de
nuestra socialización (pareja, familia, nación, etc.); llevándonos, incluso, a
cuestionar y replantearnos ciertos aspectos de la civilización, tal como la
hemos concebido hasta hoy.
De manera tan sorpresiva como aleccionadora, el virus
de COVID-19 ha instado a la humanidad a bajarse de la cumbre de la soberbia, en
la que se había entronizado de la mano de los avances científicos, la
revolución tecnológica y las corrientes de pensamiento posmoderno y
relativista. Hemos tenido que bajar la cabeza con humildad, y elevar el
espíritu con recogimiento; y ello nos ha permitido contemplar la verdad en
aspectos fundamentales de la vida, tanto en la dimensión personal como en la
social, cuya máxima expresión es la civilización.
En el ámbito del ‘nosotros’, hemos tenido oportunidad
para observar cómo nuestros sistemas políticos y económicos, así como nuestras
estructuras de seguridad y cooperación internacional, no eran tan formidables
como creíamos. Las falencias de emblemáticos gobiernos y de la mismísima
Organización Mundial de la Salud (OMS), así como la vulnerabilidad de
superpotencias como China y los Estados Unidos, lo han dejado en evidencia.
Una sólida estructura de poder supranacional, como lo
es la Unión Europea, tan admirada –sino adorada cual ídolo de la megapólitica-,
por estar dotada de cabeza de platino en lo político-institucional, tronco de
oro en lo económico y monetario, y extremidades de plata en sus políticas de
cooperación para con el tercer mundo; ha acusado tener pies de barro en la
gestión de su propia solidaridad intramuros; esa solidaridad que tanto han
echado de menos Italia y España al encarar la pandemia en sus territorios.
La respuesta europea ante la crisis ha sido pésima;
partiendo de una errónea interpretación del Principio de Subsidiariedad que
rige su funcionamiento, ha habido una nula gestión comunitaria de los riesgos;
y con ello se ha dejado sobrepasar las capacidades de algunos países. Asimismo,
la solidaridad intra-europea sin dudas que ha brillado, pero por su ausencia.
La pandemia en tierras del viejo continente, si bien se ensañó con Italia y
España, siempre fue –y sigue siendo- una crisis desafiante de la Unión Europea
como un todo; pero la miopía de las partes y de los propios órganos de poder
comunitario, impidió advertir y contener a tiempo la afectación de ese todo. Y
de esta manera, el sueño de la Unión Europea ha quedado expuesto en su
debilidad más estructural, que es la concepción de sí misma como verdadera
unión; como entidad geopolítica supranacional, cuyas fronteras externas, de ser
sobrepasadas por alguna amenaza común, ameritan una respuesta solidaria -sino
conjunta-, en procura del Bien Común europeo, y sin importar por cuál de los
estados miembros hubiere penetrado tal amenaza.
En este orden de ideas, observamos que, como lo
hiciera el niño del famoso cuento de Hans Christian Andersen (“El traje nuevo
del emperador”); un microscópico virus ha revelado a la humanidad en su
(nuestra) absoluta desnudez, ante amenazas comunes a todo el género. Hasta
ahora hemos sido una civilización más preparada para la autoaniquilación que
para la autopreservación.
Recientemente, el cardenal guineano Albert Sarah ha
señalado: “Este
virus actuó como una advertencia. En cuestión de semanas, la gran ilusión de un
mundo material que se creía todopoderoso parece haberse derrumbado. (…) un virus
microscópico ha puesto de rodillas a este mundo, un mundo que se mira a sí
mismo, que se complace, ebrio de satisfacción porque creía que era
invulnerable. La crisis actual es una parábola. Ha revelado cómo todo lo que
hacemos y estamos invitados a creer fue inconsistente, frágil y vacío.”
Así las cosas, advertidos ya de
nuestra desnudez y fragilidad, nos encontramos ante una encrucijada histórica
en la que no podemos perder el camino. En este momento, cada uno de nosotros
debe asumir el reto de ser parte de la generación que, con gran
responsabilidad, madurez y desprendimiento; ha de iniciar -en nombre de toda la
humanidad- un camino de evolución mental y espiritual que, partiendo de la
restauración integral del hombre y del ciudadano, y abarcando toda nuestra
dimensión social (desde el mismísimo ámbito familiar hasta el internacional);
logre el gran salto cuántico de nuestra civilización.
Quizás seamos nosotros la generación
que pondrá la primera piedra, para la construcción de una auténtica
“Civilización del Amor” como la que tanto nos refirió Juan Pablo II.
Madrid, 14 de mayo de 2020.
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