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domingo, 17 de mayo de 2020

EL SÍNDROME DEL PLANETA DE LOS SIMIOS


Por: Jonathan A. García Nieves


Explicar el grado de surrealismo que abruma la cotidianidad venezolana en estos tiempos, estertores ya de la “revolución bolivariana”, constituye un verdadero reto para quienes sentimos el deber de comunicar lo ocurrido en nuestro país, y dejar constancia de ello para la posteridad. Se trata de una tragedia humanitaria para cuya explanación faltan las palabras y sobreabundan las dolorosas vivencias.

Sabemos que es, sin duda, una realidad de difícil comprensión para cualquier persona ajena a nuestro país. Y justo por ello debemos insistir en la misión de aportar análisis y elementos juicio que, en alguna medida, pudieran facilitar una valoración más próxima al drama sufrido por el pueblo venezolano. Quizás algún día la humanidad reflexione y aprenda de nuestra tragedia. Y por ello todos los hijos de esta golpeada “Tierra de Gracia”, que contemos con ‘tinta y papel’, estamos llamados a ser los Ana Frank de este feroz narco-comunismo, auto-denominado Socialismo el Siglo XXI.

A este fin, me permitiré en esta oportunidad recurrir a la cultura pop, para aportar un símil que creo podría ser de utilidad para poner en situación a quienes, por estar fuera de nuestro contexto, aún hoy no logran entender la barbarie que representa el comunismo narco-chavista.

Los cinéfilos de varias generaciones hemos disfrutado de un impactante film de ciencia ficción que, basado en la einsteniana Teoría de la Relatividad del Tiempo y el Espacio, nos relata la historia de un pequeño grupo de astronautas que, al retornar de un viaje espacial a la velocidad de la luz, llega al que era su mundo físico (la Tierra); pero en un tiempo post-apocalíptico en el que la civilización ha sido destruida y en que los simios alcanzan dominar el planeta, tiranizando a la raza humana y sometiéndola a las más degradantes condiciones de vida.

Se trata de El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), famoso largometraje cuyo protagonista, el coronel George Taylor (Charlton Heston), pese a reconocer ciertos aspectos físicos del entorno, como el paisaje y algunas ruinas que le hacen indubitable el estar pisando nuevamente la superficie terrestre; al mismo tiempo desconoce aquel mundo dantesco con el que se ha encontrado: una civilización ajena a la suya, con un sistema social primitivo, peligroso, severamente hostil al hombre; y el cual lo reta a la supervivencia en medio de la precariedad, el hostigamiento y la persecución.

Este personaje, sin duda, nos muestra la configuración de un duelo psico-social que raya en lo escatológico: una situación existencial marcada por la pérdida de su mundo conocido, pero al mismo tiempo conservando y representando en su persona todo el legado histórico, cultural y epistémico de aquella civilización perdida; en una experiencia humana que nos atrevemos a denominar como el “síndrome del planeta de los simios”.

Al disfrutar de este film, en varias oportunidades a lo largo de los años, siempre nos resultó inverosímil que este ‘síndrome’ -o algo muy parecido a él- fuera posible más allá de la fantasía hollywoodense. Pero, desafortunadamente, nos equivocamos: en la Venezuela de hoy, este fenómeno no sólo es perfectamente posible sino también probable. Lo podría estar experimentando cualquier ciudadano que hubiera partido del país en enero de 1999, y al que, sin haber tenido contacto alguno con nuestra realidad nacional durante estos últimos 20 estos años, le correspondiera regresar en los actuales momentos.

Este ciudadano pertenecería a una sociedad venezolana profundamente libre y democrática (la democracia más madura y estable de América Latina), en la que se ejercía el derecho al sufragio en el marco de un sistema electoral altamente confiable, tanto para la ciudadanía como para las organizaciones políticas y la Comunidad internacional; sería ciudadano de una auténtica república: un sistema político en el que un solo hombre -y menos aún un tirano- jamás podría ostentar el poder absoluto, sino que éste (el poder), por salud del sistema y seguridad de los ciudadanos, se repartiría equilibradamente entre institucionalidad ejecutiva, legislativa y judicial.

Esa república ya extinta, pero que forma parte del bagaje existencial de nuestro ‘viajero en el tiempo’, llegó a ser tan sólida y creíble, que el Poder Judicial era capaz de controlar al Gobierno y la Administración Pública, pronunciando y ejecutando, con normalidad, sentencias condenatorias en su contra. Y, por su parte, el Parlamento -cuya mayoría para ese momento no era ostentada por el partido de gobierno- podía ejercer todas sus competencias legislativas y de control político, sin que ello fuera excusa para su desconocimiento institucional por el Ejecutivo. Contaba Venezuela con partidos políticos que no pretendían la extinción del sistema democrático, sino que le defendían como hábitat propicio para su propia existencia y para la libertad de los ciudadanos. El ‘juego político’ estaba en manos de civiles: hombres y mujeres civilizados y civilizadores, respetuosos de las libertades ciudadanas y firmes devotos del Principio de Alternabilidad Democrática.

El Estado de Derecho del que proviene nuestro ‘viajero en el tiempo’, fue lo suficientemente robusto como para haber enjuiciado, condenado y destituido a un presidente de la República en pleno ejercicio del poder (Carlos Andrés Pérez); quien -por demás- se sometió a la autoridad judicial con un civismo ejemplarizante, tan firme como la valentía con que enfrentó el intento de golpe de estado, que contra la Democracia dirigiera Hugo Chávez en 1992.

Cabe destacar que, a su llegada, nuestro compatriota retornante esperaría aterrizar en el que fuera uno de los aeropuertos más modernos y eficientes de Latinoamérica (el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar); para, de inmediato, dirigirse a su hogar materno repleto de familiares que jamás habrían emigrado; atravesando una Caracas espectacularmente luminosa (la capital del país que exportaba electricidad a Brasil y Colombia); y transitando el seguro y estético sistema de autopistas y carreteras, eficientemente administrado por los gobiernos estadales, y el cual se exhibía como uno de los más visibles e inequívocos éxitos de nuestro sistema político-administrativo descentralizado.

Este retornante venezolano, creería que le esperan estaciones de servicio repletas de gasolina, supermercados bien abastecidos; una ciudad de Maracaibo paradójicamente gélida por tan grande cantidad de aires acondicionados en funcionamiento 24 horas al día; una Valencia formidablemente industrializada; una extensa llanura sembrada de cereales para consumo interno y exportación, con inmensos rebaños de ganado bovino que sirvieron de inspiración a grandes obras literarias; y una pujante industria petrolera de clase mundial: la mayor fuerza motriz de nuestra economía.

Pero, cual coronel George Taylor en El Planeta de los Simios, este ciudadano se encontrará con las ruinas de todo lo que un día fue su mundo-país. Toda la infraestructura y la capacidad productiva de Venezuela hechas añicos. Se topará con la república perdida, con la inexistencia del estado de Derecho; con el poder público sin separación alguna, y dominado por el Ejecutivo.

Evocando la icónica imagen de la estatua de la Libertad, que en la película aparece semi-enterrada a orillas del mar; de la Dama de la Justicia, nuestro compatriota retornante logrará divisar apenas un ápice, poco sobresaliente de entre las rojizas arenas del “Mar de la Felicidad” prometido por Hugo Chávez: el gran sociópata de nuestra historia patria.

Y lo que es más grave, nuestro imaginario compatriota viajero en el tiempo, se encontrará cara a cara con una raza de “hombres nuevos” esculpidos en dos décadas de narco-comunismo; un grupo humano desfigurado de valores, que parece haber apostatado de la civilización para abrazar la fe en la expoliación, el crimen, la corrupción y la dominación sobre sus congéneres como sistema de vida; grupo éste dominado por hombres de verde en grosera actividad político-partidista, y también por civiles que pasaron de ser meros militantes del partido de gobierno, para convertirse en milicianos fuertemente armados y a las órdenes de un general que sabe hacer muy bien su papel de Urko.

Imaginar lo que pudiera experimentar con su cuerpo, su psiquis y su espíritu este venezolano retornante en el tiempo, quizás pudiera ayudar a que el mundo entienda un poco más lo que se padece en Venezuela.

Los venezolanos estamos conscientes de nuestra propia responsabilidad, y por ello hemos hecho todo lo posible por lograr liberarnos de esta dramática situación; tenemos 20 años votando a pesar del fraude continuado, manifestando masivamente; y tiñendo, una y otra vez, el asfalto de las calles con el rojo de nuestra sangre, a manos de estos “hombres nuevos” que nos disparan como en juego de tiro al blanco.

Nosotros saldremos de este Planeta de los Simios; pero el resto de la humanidad tiene el deber moral de venir en nuestro refuerzo. El Deber de Proteger a los pueblos es doctrina tanto de la ONU como de la Iglesia Católica.

La Comunidad Internacional en su conjunto tiene la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos cuya misma supervivencia está amenazada, o cuyos derechos fundamentales son gravemente violados. Los Estados, en cuanto partes de una comunidad internacional, no pueden permanecer indiferentes; al contrario, si todos los demás medios a disposición se revelaran ineficaces, ‘es legitimo, e incluso obligado, emprender iniciativas concretas para desarmar al agresor’. El principio de la soberanía nacional no se puede aducir como pretexto para impedir la intervención en defensa de las víctimas”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, núm. 506).

Vaya a mi amada Patria una palabra de esperanza. Con el esfuerzo de todos, más pronto que tarde podremos superar este ‘síndrome del planeta de los simios’. El mal puede que nos haya ganado varias batallas, pero nunca nos ganará la guerra, porque éste nunca podrá prevalecer sobre Bien. Mantengamos nuestra lucha, cada uno en su ámbito de acción y conforme a sus posibilidades; y confiemos en Nuestro Dios que –con seguridad- nos mira con el mismo amor que al pueblo de Israel en sus tiempos de aflicción en Egipto:
«Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo (…), y he escuchado su clamor a causa de sus opresores, pues estoy consciente de sus sufrimientos.» (Ex. 3:9).


Madrid, 27 de noviembre de 2019.

NATURALEZA HUMANA, CARIDAD Y BIEN COMÚN


Por: Jonathan A. García Nieves


La persona humana es un ser sociable por naturaleza y, por ello, entra en contacto con sus semejantes, estableciendo redes relacionales de distinta índole (afectivas, económicas, culturales, etc.). De esta manera, desarrolla un fenómeno estrechamente vinculado a su instinto de supervivencia, y al cual llamamos ‘socialización’. El hombre busca en la comunidad, esto es, en la cercanía y en la cooperación del ‘nosotros’; las fortalezas de que carece individualmente (en el ‘yo’); lo que termina representando su propio bien.

Esta inclinación natural a la socialización, no presupone en el hombre una intrínseca búsqueda de la ‘Alteridad u Otredad del Bien, esto es, la búsqueda y/o respeto del Bien relacionado con terceras personas. Ello por cuanto en el fondo de la socialización, subyace una base antropológica consistente en la procura de la subsistencia personal: una inclinación natural en la que el hombre hace patente la valoración de su propia existencia y, consecuentemente, su tendencia a procurar el bien para sí mismo. 

Una cosa es que el instinto de supervivencia impulse al hombre a la socialización, a fin de procurarse el beneficio que aportan las múltiples y variadas relaciones inter-subjetivas dentro de la comunidad a la que se pertenece; y otra muy distinta es que, al procurar esa supervivencia, el hombre -en conexión con su sentido moral- abandone su cerrazón individualista o sectarista, para abrirse a la ‘Alteridad del Bien’; cuyas especies son: a) la ‘Ajenidad del Bien’, que implica beneficiar directamente a terceras personas; y b) la ‘Comunidad del Bien’, que implica el esfuerzo por armonizar el beneficio personal con el de la comunidad a la que se pertenece.

La búsqueda del bien personal (beneficio del ‘yo’) es una realidad antropológica perteneciente al ‘ámbito del ser’; ámbito éste en el que se encuentran las características inmanentes a la naturaleza humana, como es el caso del instinto de supervivencia y la sociabilidad; mientras que el hacer el bien al prójimo, representado en el “” y el “ustedes” (Caridad), y el procurar el bien propio, pero sin afectar injustamente a las terceras personas que integran nuestra comunidad: el beneficio del “nosotros” (Bien Común); no pertenecen al ámbito del ‘ser’, sino al ‘deber-ser’.

De tal manera, para concebir, asumir y desarrollar la ‘Alteridad del Bien’, representada en la Caridad y el Bien Común, resulta indispensable conectarnos con nuestra conciencia y nuestro espíritu, para con ello elevar nuestra natural sociabilidad, desde el nivel de la mera supervivencia instintiva -en la que en poco o en nada nos diferenciamos del resto de los animales- para ubicarnos en el nivel de convivencia acorde a la dignidad humana, que es la Comunión Fraterna.

La Caridad y el Bien Común, por ser, respectivamente, un valor y un principio ordenador de la vida social (ámbito del ‘deber ser’); no se procuran ni alcanzan por instinto natural, sino por voluntad; razón por la cual, en todo acto tendente a la Caridad y/o al Bien Común, el instinto de supervivencia determinado por el cerebro reptil, se inclina reverencialmente ante las potencias del alma racional; entrando, así, en juego la voluntad; esto es, la facultad de la persona humana para decidir y ordenar su propia conducta.

En este orden de ideas, el ser humano, que por naturaleza procura el Bien para sí mismo, no por naturaleza se orientará a la Ajenidad del Bien (la Caridad) ni a la Comunidad del Bien (el Bien Común). Para estas actitudes, se requerirá, indispensablemente, de una apertura del hombre con respecto a sus dimensiones invisibles (espiritualidad y trascendencia), en las que éste es llamado a abandonar su cerrazón individualista, para encontrar su propio beneficio espiritual y trascendente en toda acción que pudiera realizar en favor de su prójimo, así como en el respeto al Bien Común.

El beneficio personal, para que sea armonioso con el Bien Común –salvo causa de justificación- debe ser inocuo al bien ajeno. Se trata de un sublime equilibrio entre el instinto de supervivencia, que nos inclina y nos legitima a procurar nuestro propio beneficio personal; y el deber moral de la comunión fraterna; el cual tiene como base racional el principio jurídico de “Alterum non laedere” (“No hacer daño a otro”), y que se transfigura -alcanzando su esplendor- en el mandamiento de “Amar al prójimo como a sí mismo”. 

Esta cosmovisión –si bien es no se circunscribe al ámbito religioso, ni mucho menos a un credo específico- para el pueblo cristiano alcanza su más hermosa exposición en la plenitud de la revelación bíblica, que nos llama a sublimar nuestro natural instinto de supervivencia, para alcanzar la sobrenatural comunión con Dios y con los hombres; de la siguiente manera: 1. En toda forma de socialización, hemos de superar nuestro natural egoísmo (“Amarás al prójimo como a ti mismo”); 2. La superación del egoísmo implica disposición a la acción benéfica para con el prójimo (“...tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y me vinisteis a verme.”); 3. La acción benéfica para con el prójimo es una manera de amar a Dios (“...cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”); y 4. Quienes hacen el Bien a sus semejantes, cuentan con la promesa divina de obtener para sí el mayor Bien posible, que no es otro que el encuentro personal, pleno y definitivo con Dios, que es el Sumo Bien (“Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.”).


Madrid, 19 de marzo de 2020.