Por: Jonathan A. García Nieves
Bien es
sabido que las ciencias sociales tienen por objeto de estudio la sociedad y el
comportamiento del hombre dentro de ésta; y también es sabido que, dentro de
este orden del conocimiento, la Ciencia Política se enfoca en el comportamiento
y organización de la sociedad en su expresión más elevada, que es la Comunidad
Política: sustrato personal del Estado.
Resulta indiscutible
que, desde su aparición en el siglo XVIII, el conocimiento científico sobre
estos objetos de estudio (sociedad y política), ha tenido un enorme desarrollo
y evolución en beneficio de la humanidad. No
obstante, la generación de conocimiento en el campo social y político no es
monopolio exclusivo de la Ciencia. Con secular antelación, los otros dos
órdenes del conocimiento, esto es, la Filosofía y la Teología, ya han estado
haciendo lo propio en este sentido; cada uno conforme a su particular método y
enfoque; generando nociones que hoy, junto al conocimiento científico-social,
entendemos como complementarias entre sí; y permitiendo con ello una
comprensión holística de las fenomenologías propias de estos campos.
La sociedad
y la política -y también la economía- son fenómenos humanos de tal amplitud y
complejidad, que su estudio mal puede ser dejado exclusivamente en manos de
científicos sociales, sin incurrir en un abordaje reduccionista, limitado;
ergo: insuficiente para su plena comprensión.
La Teología
afirma que la causa eficiente de la existencia de la sociedad y, por ende, de la
comunidad política, no es otra que la sociabilidad inherente al hombre: ese
carácter gregario del ser humano, que genera la red de relaciones que conforman
el tejido social, y que abren la mente y los corazones a la procura del Bien Común.
Para comprender
a profundidad cualquier fenomenología social y/o política, se requerirá,
entonces, tener siempre en cuenta el Principio
Antrópico: recurrir al conocimiento del hombre como sujeto, fundamento y
fin de la vida social. Sin una
correcta comprensión de la persona humana en todas sus dimensiones, mal
podremos llegar a determinar la causa raíz de los problemas sociales, políticos
e, incluso, económicos; y mucho menos encontrar adecuadas soluciones a los
mismos. Ejemplo de
ello es el fenómeno chavista, el autodenominado Socialismo del Siglo XXI; por el
cual muchos, dentro y fuera de Venezuela, aún hoy se preguntan cómo pudo haber llegado
a calar tan hondamente en la sociedad venezolana, a pesar de sus devastadores y
prontamente perceptibles efectos sobre el orden social y la economía del país.
¿Cómo es
que una madre chavista pudo haber justificado, ante los medios de comunicación,
el asesinato de su propio hijo por haberse atrevido a manifestar contra el régimen? ¿Por qué la corrupción ha
podido seducir a tantos miles –o cientos de miles- de venezolanos, que no han
dudado en enriquecerse ilícitamente a costa de la destrucción de su propio
país? ¿Qué hace que un militar venezolano subyugue a su propio pueblo,
siguiendo instrucciones de la tiranía cubana? ¿Cómo es que un usurero
revendedor de medicinas puede hacer riqueza con la desgracia de un enfermo
crónico o terminal? ¿Qué hace que un adepto al chavismo llegue a contradecir su
propio credo religioso, para mantener la defensa de una “revolución” plagada de
contrariedades a los principios judeo-cristianos?
Sin duda, las
respuestas están en el fuero interno de cada venezolano, en esas profundidades
del ser humano, insondables para la Ciencia.
La
Antropología Cristiana señala que el hombre -la persona humana- es un ser
multidimensional: su existencia no se limita al mero ámbito físico, corporal,
del espacio-tiempo (plano de lo visible y temporal), sino que, en simultáneo,
despliega su existencia en el ámbito de lo psíquico y de lo espiritual (plano
de lo invisible y trascendente).
En este
sentido, afirma sabiamente el Magisterio de la Iglesia Católica, que cada ser
humano tiene existencia en seis dimensiones, a saber: personal, social,
corporal, espiritual, histórica y trascendente; siendo que en todas ellas el
hombre ejerce su voluntad y libre albedrío: potencias del alma racional que nos
distinguen de los seres con alma meramente sensitiva (los animales); y que, por
lo tanto, hacen que nuestros actos estén siempre regidos por el orden moral.
La vida
social y política pertenecen a las dimensiones social e histórica del hombre;
pero, por Principio de Unidad de la
Persona Humana, estas dimensiones están inseparablemente relacionadas con
las restantes cuatro; todas las cuales se
impactan entre sí, pues una y única es la persona que se despliega en todas
ellas.
Así, un venezolano
con hambre inducida (debilitado en su dimensión corporal); con la autoestima seriamente
resquebrajada por el drama familiar y la injusticia social (lastimado en su dimensión
personal y psico-social); sometido a una sistemática prédica del odio; carente
de temor de Dios y alejado del Bien (afectado en su dimensión espiritual); ha
sido más proclive a dejarse seducir una ideología y una oferta política
contrarias al Bien Común. Su instinto
de supervivencia, su resentimiento social, su anomia moral y su debilidad
espiritual; le han impulsado al egoísmo, a la expoliación, a procurar su
exclusivo bien material, incluso a costa del mal general que ha estado causando
su propia gente, a la sociedad a la que él mismo pertenece.
El abordaje
de la fenomenología constituida por el Socialismo del Siglo XXI y sus devastadores
efectos sociales, políticos y económicos; con soslayo de las implicaciones
morales y espirituales presentes en todos los actos humanos, resulta incompleto
y, en tal virtud, insuficiente para su comprensión plena.
El
Socialismo del Siglo XXI es una ideología dañina para el hombre, que ha logrado
la desfiguración de la venezolanidad; es un letal enemigo de la concordia, de
la paz, de la sana convivencia; que hace resonar las palabras de Juan Pablo II
en la carta encíclica Centesimus Annus: “la
dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los problemas
de la convivencia humana”.
Todos los ámbitos de la convivencia humana (familiar,
social, político, económico, etc.) están sujetos al orden moral, y no son
ajenos a la dimensión espiritual de la persona humana.
La Teología
aporta nociones necesarias para alcanzar el adecuado conocimiento del hombre,
de la sociedad y de la política; y por tanto nos da luces acerca de las causas
de esta insospechada involución social y política de la nación venezolana, y de
esta inefable retrogradación humana y cívica de quienes aún sostienen la causa
chavista.
Son muchos
y valiosísimos los aportes del orden teológico en este sentido. Unos de los más
importantes, en abono del desarrollo de la Teoría Social y Política, es el Sentido Moral del Hombre; tema de reflexión metafísica desde la antigua Grecia.
Al abordar este tema, la Antropología Cristiana
ha aclarado que el sentido moral, gracias
al cual podemos intuir el bien y el mal (lo que se debe hacer y lo que se debe
evitar); si bien es innato, propio e inmanente a la naturaleza humana; tiene
particular despliegue en el ámbito relacional del hombre (en las relaciones con
sus congéneres).
Conforme a las enseñanzas del Magisterio Social
de la Iglesia Católica, es preciso tener presente que ese sentido moral innato al hombre, no implica que la sociabilidad
humana comporte, automáticamente, la Comunión
de las personas entre sí; esto es, el don, la entrega amorosa de unos a
otros en procura del Bien Común. Ello
debido a que, como afirmaran los padres del Concilio Vaticano II en la
Constitución Gaudium et Spes: “por la soberbia y el egoísmo, el hombre
descubre en sí mismo gérmenes de insociabilidad, de cerrazón individualista y
de vejación del otro”.
Precisamente, el ‘hombre nuevo’ surgido del socialismo chavista y cuya incubación
fuera tan cacareada por el difunto dictador; es prueba de que ese sentido moral innato no es garantía de
bondad en el hombre; y mucho menos de comunión y solidaridad para con el
prójimo. El hombre siempre será libre para optar entre el Bien y el mal. Y –guiado por el odio, el resentimiento y la
tentación del dinero mal habido- en Venezuela un gran grupo humano llegó a
optar por el mal: prefirieron la corrupción y la dádiva estatal antes que el
trabajo generador de riqueza; la cerrazón ideología antes que el esplendor de la
Verdad; incluso muchos optaron por el paganismo y hasta los ritos satánicos, abandonando
su fe en Dios. Con sus votos en las primeras de cambio, luego apoyando sucesivos
fraudes electorales, y siempre mostrando los dientes de la violencia potencial
(“Esta es una revolución pacífica, pero
armada”); los adeptos al chavismo han tenido la capacidad de sostener por
dos décadas a un régimen realmente perverso, malvado, lacerante de la humanidad
en tierra venezolana.
La extinción del la maquinaria de muerte
autodenominada Socialismo del Siglo XXI, comienza en el fuero interno de cada
venezolano; requiere de un cambio personal, de un indispensable proceso de
conversión moral y espiritual.
Sin duda, la recuperación de la libertad, la
concordia y el bienestar general en Venezuela, requiere de un sesudo plan de
acciones sociales, políticas y económicas; pero primero pasa por la
restauración psíquica, moral y espiritual del venezolano. Y en este sentido no
hay tiempo que perder. Es tiempo de sacar lo mejor de nosotros mismos como
personas, para impactar positivamente la sociedad. Es tiempo de deponer el
odio, y también de dominar la concupiscencia por el poder y el tener, que nos
han conducido a ser una de las sociedades más violentas y corruptas del mundo.
Por amor a nosotros mismos y al prójimo, debemos
recuperar la visión del Bien Común, que
no es más que nuestro propio bien en comunión con el de nuestros semejantes.
La comunión entre los venezolanos –deseable en
todos los ámbitos de nuestra relacionalidad humana, incluida nuestra Comunidad
Política- si bien es prescrita por nuestro sentido
moral innato; para su efectiva concreción requiere de una indispensable decisión
personal, signada por la apertura amorosa hacia nuestro prójimo y su bien, como
si se tratara del nuestro propio (“Amarás
al prójimo como a ti mismo”).
La batalla contra la perversidad intrínseca al
Socialismo del Siglo XXI no es sólo en la arena política; también lo es en el
campo moral, psíquico y profundamente espiritual. Queda de nosotros obviarlo o
no.
Madrid, 31 de octubre de 2019.