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domingo, 17 de mayo de 2020

SOCIALISMO DEL SIGLO XXI Y ANTROPOLOGÍA CRISTIANA


Por: Jonathan A. García Nieves


Bien es sabido que las ciencias sociales tienen por objeto de estudio la sociedad y el comportamiento del hombre dentro de ésta; y también es sabido que, dentro de este orden del conocimiento, la Ciencia Política se enfoca en el comportamiento y organización de la sociedad en su expresión más elevada, que es la Comunidad Política: sustrato personal del Estado.

Resulta indiscutible que, desde su aparición en el siglo XVIII, el conocimiento científico sobre estos objetos de estudio (sociedad y política), ha tenido un enorme desarrollo y evolución en beneficio de la humanidad. No obstante, la generación de conocimiento en el campo social y político no es monopolio exclusivo de la Ciencia. Con secular antelación, los otros dos órdenes del conocimiento, esto es, la Filosofía y la Teología, ya han estado haciendo lo propio en este sentido; cada uno conforme a su particular método y enfoque; generando nociones que hoy, junto al conocimiento científico-social, entendemos como complementarias entre sí; y permitiendo con ello una comprensión holística de las fenomenologías propias de estos campos.

La sociedad y la política -y también la economía- son fenómenos humanos de tal amplitud y complejidad, que su estudio mal puede ser dejado exclusivamente en manos de científicos sociales, sin incurrir en un abordaje reduccionista, limitado; ergo: insuficiente para su plena comprensión.

La Teología afirma que la causa eficiente de la existencia de la sociedad y, por ende, de la comunidad política, no es otra que la sociabilidad inherente al hombre: ese carácter gregario del ser humano, que genera la red de relaciones que conforman el tejido social, y que abren la mente y los corazones a la procura del Bien Común.

Para comprender a profundidad cualquier fenomenología social y/o política, se requerirá, entonces, tener siempre en cuenta el Principio Antrópico: recurrir al conocimiento del hombre como sujeto, fundamento y fin de la vida social. Sin una correcta comprensión de la persona humana en todas sus dimensiones, mal podremos llegar a determinar la causa raíz de los problemas sociales, políticos e, incluso, económicos; y mucho menos encontrar adecuadas soluciones a los mismos. Ejemplo de ello es el fenómeno chavista, el autodenominado Socialismo del Siglo XXI; por el cual muchos, dentro y fuera de Venezuela, aún hoy se preguntan cómo pudo haber llegado a calar tan hondamente en la sociedad venezolana, a pesar de sus devastadores y prontamente perceptibles efectos sobre el orden social y la economía del país.

¿Cómo es que una madre chavista pudo haber justificado, ante los medios de comunicación, el asesinato de su propio hijo por haberse atrevido a manifestar  contra el régimen? ¿Por qué la corrupción ha podido seducir a tantos miles –o cientos de miles- de venezolanos, que no han dudado en enriquecerse ilícitamente a costa de la destrucción de su propio país? ¿Qué hace que un militar venezolano subyugue a su propio pueblo, siguiendo instrucciones de la tiranía cubana? ¿Cómo es que un usurero revendedor de medicinas puede hacer riqueza con la desgracia de un enfermo crónico o terminal? ¿Qué hace que un adepto al chavismo llegue a contradecir su propio credo religioso, para mantener la defensa de una “revolución” plagada de contrariedades a los principios judeo-cristianos?

Sin duda, las respuestas están en el fuero interno de cada venezolano, en esas profundidades del ser humano, insondables para la Ciencia.

La Antropología Cristiana señala que el hombre -la persona humana- es un ser multidimensional: su existencia no se limita al mero ámbito físico, corporal, del espacio-tiempo (plano de lo visible y temporal), sino que, en simultáneo, despliega su existencia en el ámbito de lo psíquico y de lo espiritual (plano de lo invisible y trascendente).

En este sentido, afirma sabiamente el Magisterio de la Iglesia Católica, que cada ser humano tiene existencia en seis dimensiones, a saber: personal, social, corporal, espiritual, histórica y trascendente; siendo que en todas ellas el hombre ejerce su voluntad y libre albedrío: potencias del alma racional que nos distinguen de los seres con alma meramente sensitiva (los animales); y que, por lo tanto, hacen que nuestros actos estén siempre regidos por el orden moral.

La vida social y política pertenecen a las dimensiones social e histórica del hombre; pero, por Principio de Unidad de la Persona Humana, estas dimensiones están inseparablemente relacionadas con las restantes cuatro;  todas las cuales se impactan entre sí, pues una y única es la persona que se despliega en todas ellas.

Así, un venezolano con hambre inducida (debilitado en su dimensión corporal); con la autoestima seriamente resquebrajada por el drama familiar y la injusticia social (lastimado en su dimensión personal y psico-social); sometido a una sistemática prédica del odio; carente de temor de Dios y alejado del Bien (afectado en su dimensión espiritual); ha sido más proclive a dejarse seducir una ideología y una oferta política contrarias al Bien Común. Su instinto de supervivencia, su resentimiento social, su anomia moral y su debilidad espiritual; le han impulsado al egoísmo, a la expoliación, a procurar su exclusivo bien material, incluso a costa del mal general que ha estado causando su propia gente, a la sociedad a la que él mismo pertenece.

El abordaje de la fenomenología constituida por el Socialismo del Siglo XXI y sus devastadores efectos sociales, políticos y económicos; con soslayo de las implicaciones morales y espirituales presentes en todos los actos humanos, resulta incompleto y, en tal virtud, insuficiente para su comprensión plena.

El Socialismo del Siglo XXI es una ideología dañina para el hombre, que ha logrado la desfiguración de la venezolanidad; es un letal enemigo de la concordia, de la paz, de la sana convivencia; que hace resonar las palabras de Juan Pablo II en la carta encíclica Centesimus Annus: “la dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los problemas de la convivencia humana”.

Todos los ámbitos de la convivencia humana (familiar, social, político, económico, etc.) están sujetos al orden moral, y no son ajenos a la dimensión espiritual de la persona humana. 

La Teología aporta nociones necesarias para alcanzar el adecuado conocimiento del hombre, de la sociedad y de la política; y por tanto nos da luces acerca de las causas de esta insospechada involución social y política de la nación venezolana, y de esta inefable retrogradación humana y cívica de quienes aún sostienen la causa chavista.

Son muchos y valiosísimos los aportes del orden teológico en este sentido. Unos de los más importantes, en abono del desarrollo de la Teoría Social y Política, es el Sentido Moral del Hombre; tema de reflexión metafísica desde la antigua Grecia.

Al abordar este tema, la Antropología Cristiana ha aclarado que el sentido moral, gracias al cual podemos intuir el bien y el mal (lo que se debe hacer y lo que se debe evitar); si bien es innato, propio e inmanente a la naturaleza humana; tiene particular despliegue en el ámbito relacional del hombre (en las relaciones con sus congéneres).

Conforme a las enseñanzas del Magisterio Social de la Iglesia Católica, es preciso tener presente que ese sentido moral innato al hombre, no implica que la sociabilidad humana comporte, automáticamente, la Comunión de las personas entre sí; esto es, el don, la entrega amorosa de unos a otros en procura del Bien Común. Ello debido a que, como afirmaran los padres del Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes: “por la soberbia y el egoísmo, el hombre descubre en sí mismo gérmenes de insociabilidad, de cerrazón individualista y de vejación del otro.

Precisamente, el ‘hombre nuevo’ surgido del socialismo chavista y cuya incubación fuera tan cacareada por el difunto dictador; es prueba de que ese sentido moral innato no es garantía de bondad en el hombre; y mucho menos de comunión y solidaridad para con el prójimo. El hombre siempre será libre para optar entre el Bien y el mal. Y –guiado por el odio, el resentimiento y la tentación del dinero mal habido- en Venezuela un gran grupo humano llegó a optar por el mal: prefirieron la corrupción y la dádiva estatal antes que el trabajo generador de riqueza; la cerrazón ideología antes que el esplendor de la Verdad; incluso muchos optaron por el paganismo y hasta los ritos satánicos, abandonando su fe en Dios. Con sus votos en las primeras de cambio, luego apoyando sucesivos fraudes electorales, y siempre mostrando los dientes de la violencia potencial (“Esta es una revolución pacífica, pero armada”); los adeptos al chavismo han tenido la capacidad de sostener por dos décadas a un régimen realmente perverso, malvado, lacerante de la humanidad en tierra venezolana.

La extinción del la maquinaria de muerte autodenominada Socialismo del Siglo XXI, comienza en el fuero interno de cada venezolano; requiere de un cambio personal, de un indispensable proceso de conversión moral y espiritual.

Sin duda, la recuperación de la libertad, la concordia y el bienestar general en Venezuela, requiere de un sesudo plan de acciones sociales, políticas y económicas; pero primero pasa por la restauración psíquica, moral y espiritual del venezolano. Y en este sentido no hay tiempo que perder. Es tiempo de sacar lo mejor de nosotros mismos como personas, para impactar positivamente la sociedad. Es tiempo de deponer el odio, y también de dominar la concupiscencia por el poder y el tener, que nos han conducido a ser una de las sociedades más violentas y corruptas del mundo.

Por amor a nosotros mismos y al prójimo, debemos recuperar la visión del Bien Común, que no es más que nuestro propio bien en comunión con el de nuestros semejantes.

La comunión entre los venezolanos –deseable en todos los ámbitos de nuestra relacionalidad humana, incluida nuestra Comunidad Política- si bien es prescrita por nuestro sentido moral innato; para su efectiva concreción requiere de una indispensable decisión personal, signada por la apertura amorosa hacia nuestro prójimo y su bien, como si se tratara del nuestro propio (“Amarás al prójimo como a ti mismo”).

La batalla contra la perversidad intrínseca al Socialismo del Siglo XXI no es sólo en la arena política; también lo es en el campo moral, psíquico y profundamente espiritual. Queda de nosotros obviarlo o no.


Madrid, 31 de octubre de 2019.

EL DESPRECIO POR LA VIDA HUMANA EN EL PENSAMIENTO SOCIALISTA


Por: Jonathan García Nieves



Dada la influencia cristiana en la cultura occidental, tanto el respeto a la vida humana como la solidaridad, representan valores fundamentales de nuestras sociedades políticas. Estos valores, derivados de la razón humana y afianzados en la revelación bíblica, se encuentran tan profundamente arraigados en nuestra conciencia colectiva, que han alcanzado un vigor meta-religioso, esto es, un grado de coercibilidad moral que ha sobrepasado los límites de la cristiandad; incidiendo en la conducta de las grandes mayorías sociales de Occidente, sin distingo de credo alguno.

Estos dos valores se derivan del principio de Dignidad de la Persona Humana, cuyo argumento racional consiste en que el hombre, por el solo hecho de serlo, tiene un valor que le es inherente en cuanto ser dotado de racionalidad y libre albedrío. Desde el punto de vista de la fe, el Cristianismo nos ha revelado esta dignidad en su plenitud teológica, esto es: por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, por haber sido redimido por Cristo y por ser templo del Espíritu Santo; cada hombre, cada mujer, cada niño, cada anciano, sin distingo de ningún tipo; goza de una dignidad irreductible en todas las dimensiones y estadios de su vida. La persona humana es sujeto, no objeto; un alguien y no un algo; razón por la cual tiene un valor superior a todos los bienes, materiales e inmateriales. Y justo por ello es que el Cristianismo rechaza y condena que el capital sea puesto por encima del hombre.

Esta dignidad de la persona humana es  imperecedera, imprescriptible. Su duración es de extremo a extremo de nuestra existencia; en virtud de lo cual la vida humana debe ser respetada, preservada y protegida en todos sus estadios, desde la concepción hasta la muerte natural. Asimismo, la dignidad humana es causa de nuestro deber de solidaridad para con el prójimo. La solidaridad debe ser practicada para con el necesitado, ya que éste comparte con nosotros la misma dignidad humana.

Conforme a la moral cristiana, la dignidad de la persona humana nos insta a la valoración de la vida (propia y ajena) como un don divino, así como a la práctica de la solidaridad para con nuestros congéneres; siendo que estos dos valores (respeto a la vida humana y solidaridad) tienen su fundamento en el mandamiento de “Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo”. Por amor a Dios y a nosotros mismos, debemos valorar y conservar nuestra propia vida; y por amor a Dios y al prójimo, debemos valorar la vida de este último y ser solidarios con él en la procura de su preservación. Asimismo, conforme a la doctrina cristiana, la vida humana debe ser vivida y compartida en el amor (“Amaos los unos a los otros”); siendo el amor la gran fuerza motriz de la solidaridad (“Lo que hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”).

Por estas razones, en toda sociedad de base cultural cristiana, resultará difícil de rechazar a priori una oferta ideológica que superponga al hombre sobre el capital, y que también muestre cierta preocupación por los sectores más débiles, vulnerables e indefensos del cuerpo social. Sin duda que estas dos posiciones, prima facie, pueden dar la impresión de que estamos ante una ideología que valora la vida humana.

En su discurso -que no su praxis- la ideología socialista propugna estas ideas. De allí que constituya un virus capaz de sortear las primeras barreras de defensa axiológica de nuestras sociedades políticas, culturalmente abiertas a la vida y dispuestas a la solidaridad. Y justo por ello, esta corriente de pensamiento político tiene una presencia particularmente endémica en nuestra región latinoamericana, pues se trata del mayor pulmón de la Cristiandad, “el continente de la esperanza” en palabras de Juan Pablo II.

Como lluvia copiosa, el ideario socialista ha permeado el pensamiento de distintas generaciones en diversos países de cultura cristiana. Inducidos al error, víctimas de una oferta político-ideológica fraudulenta, muchos han llegado a asumir el Socialismo como una corriente beneficiosa para la vivencia de los valores in comento. Nada más lejos de la realidad. Se trata de un auténtico canto de sirenas, un timo ideológico no apto para desprevenidos.

Quién no se detenga a analizar las inconsistencias filosóficas del Socialismo, corre el riesgo de ceder ante sus seducciones, y terminar convirtiéndose, precisamente, en un instrumento ciego contra la defensa y protección de la vida humana, y contra la solidaridad en sus circunstancias de mayor vulnerabilidad.

Por el solo hecho de superponer el ser humano al capital, el socialismo no está reconociendo la plena dignidad de la persona humana; simplemente está poniendo al  capital por debajo del hombre, pero ello dentro de una escala en la que éste (el hombre) se encuentra por debajo del Estado, y este último por debajo de la Revolución; lo que, irremediablemente, conduce a un totalitarismo arbitrario y aplastante en que la persona es cosificada por el Estado, instrumentalizada por la Revolución, y tratada como mera pieza del sistema por el tiempo que sea pueda serle útil a éste.

El solo hecho de combatir la inmoral primacía del capital sobre el hombre, no hace de la ideología socialista una corriente favorable al ser humano. El socialismo es un pensamiento anti-humanista, esencialmente materialista, que niega la esencia espiritual y trascendente del hombre y que, por ende, valora únicamente el aspecto físico de la vida humana. Siendo, además, que esta valoración física es sólo por un tiempo limitado: mientras la persona sea lo suficientemente fuerte e independiente para no requerir del auxilio de sus congéneres. Por ello, la izquierda mundial aboga por el abortismo y la eutanasia.

Para los socialistas, el ser humano, en los frágiles extremos de su existencia biológica (fases intrauterina y de proximidad a la muerte natural), no es un ‘alguien’ sino un ‘algo’, una cosa de la que se puede disponer. Para ellos, la vida del ser humano en el vientre de la mujer, es concebida como un apéndice del cuerpo femenino, una especie de órgano, y casi que un tumor extirpable a voluntad de la madre filicida. Para ellos, asimismo, la vida del enfermo terminal no es más que un desecho familiar.

En el ADN del Socialismo se encuentra el gen de la contradicción más profunda a sus postulados de defensa y solidaridad para con los desvalidos y más vulnerables. Para encontrarse con la veracidad de esta afirmación, bastaría con dar sincera respuesta a las siguientes interrogantes:

¿El derecho a la vida es exclusivo de las personas sanas y que puedan valerse por sí mismas? ¿Tenemos el deber legal y moral de socorrer a una persona que desea suicidarse, pero no con respecto a una persona que, por estar impedida de suicidarse, le pide a otra que le cause la muerte por eutanasia? ¿La solidaridad y el deber de socorro que nos instan a salvar la vida de un criminal que corre el riesgo de morir en su claustro carcelario; no procede para salvar al ser humano mientras está en el claustro materno? ¿Mientras está en el vientre de su madre, el hombre no es ser humano? ¿Si una madre primeriza lo es, precisamente, por su relación con el niño que lleva en su vientre, y este niño no es una persona sino una cosa desechable, entonces la mujer embarazada tiene relación de maternidad con respecto a una cosa? ¿Puede protegerse y defenderse al desvalido -incluidos el enfermo terminal y el ser humano intrauterino- sin respetar el más sagrado de sus derechos, que es la vida?

Lo que resulta una perogrullada viene a ser el mayor signo de contradicción en la bitácora del buque socialista. Éste, una vez asumido el poder político, siempre encalla en las aguas poco profundas del irrespeto a la dignidad humana. Los más vulnerables: aquellos a quienes se ha ensalzado y seducido con promesas de protección, respeto y defensa; terminan siempre pisoteados, cosificados cual si fueran simples piezas en el juego revolucionario.

La vida, el más sagrado de los derechos humanos, es tratado por el Socialismo como si fuera un plus en la esfera jurídica del hombre: un atributo del que se puede carecer según las circunstancias previstas por el sistema.

Al concebirse la vida humana de manera reductivista (sólo en sus dimensiones material y temporal, y excluyendo sus extremos inicial y final), se incita a la cultura de la muerte y de la insolidaridad; se pretende vaciar de contenido moral el deber de no matar, así como el de hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para preservar la vida propia y ajena.

Es tal el desprecio por la vida humana en el pensamiento de izquierda, que mientras su abortismo militante les lleva a considerar al feto humano como un mero apéndice del cuerpo femenino, un ‘algo’ carente de todo derecho porque -según ellos- no es persona; por otra parte, incurren en la aberración jurídica de declarar a las semillas de las plantas como sujetos de Derecho. Sí, apreciado lector, tal cual: un sujeto de Derecho, es decir, un sujeto capaz de ser titular de derechos y vincularse mediante obligaciones personales; tal como lo sabe cualquier estudiante de primer año de Ciencias Jurídicas. En este sórdido despropósito incurrió la mayoría parlamentaria del socialismo chavista cuando, en 2005, dictó una Ley de Semillas venezolana, en cuyo artículo 4 estableció que “Se reconoce a la semilla como ser vivo y (...) y sujeto de derecho…”

Así son las cosas en el socialismo: un sistema de creencias con los valores a todas luces invertidos; donde una semilla (ad exemplum: un frijol) es reputada como sujeto, mientras que un ser humano es tratado como objeto. Para los socialistas, una semilla es un sujeto de Derecho; lo que implicaría la posibilidad de que la ésta sea titular de derechos -incluida la vida-, mientras que un ser humano en el vientre materno, carece de derecho a la vida porque no es un sujeto sino un objeto. En pocas palabras, para un socialista, el niño que una mujer lleve en su vientre no tiene madre sino ‘propietaria’.

Más que dantesco resulta el imaginarse a alguna de las ‘parlamentarias del horror’, (diputadas chavistas que aprobaron semejante aberración legislativa), arrullando tiernamente a un grano de frijol o de arroz, después de haber abortado -asesinado-  al hijo que llevaba en su vientre.

Olvidaron los socialistas chavistas que la semilla es capital, un insumo para el agro;  y que, por tanto -apegados al pensamiento del propio Karl Marx- mal puede ser privilegiada por encima del ser humano en su fase intrauterina. ¡Vaya contradicción!

Mientras redactamos estas palabras, los socialistas avanzan en sus procesos legislativos para despenalizar el aborto en México y para aprobar la eutanasia en España. Son persistentes en su misión de instaurar la cultura de la muerte y de la insolidaridad para con los seres humanos más desvalidos y vulnerables.

Oportunidad para que nuestras naciones hagan gala de ese gran acervo moral de nuestra cultura cristiana, que es el humanismo integral; y, solidariamente, plantemos cara en defensa de la vida humana, muy especialmente en ese sagrado estadio que es la gestación en el vientre materno.

Antes de haberte formado yo en el vientre de tu madre, te conocía; antes de que salieras de su seno te consagré.” (Jer. 1:5).



Madrid, 23 de febrero de 2020.



NATURALEZA HUMANA, CARIDAD Y BIEN COMÚN


Por: Jonathan A. García Nieves


La persona humana es un ser sociable por naturaleza y, por ello, entra en contacto con sus semejantes, estableciendo redes relacionales de distinta índole (afectivas, económicas, culturales, etc.). De esta manera, desarrolla un fenómeno estrechamente vinculado a su instinto de supervivencia, y al cual llamamos ‘socialización’. El hombre busca en la comunidad, esto es, en la cercanía y en la cooperación del ‘nosotros’; las fortalezas de que carece individualmente (en el ‘yo’); lo que termina representando su propio bien.

Esta inclinación natural a la socialización, no presupone en el hombre una intrínseca búsqueda de la ‘Alteridad u Otredad del Bien, esto es, la búsqueda y/o respeto del Bien relacionado con terceras personas. Ello por cuanto en el fondo de la socialización, subyace una base antropológica consistente en la procura de la subsistencia personal: una inclinación natural en la que el hombre hace patente la valoración de su propia existencia y, consecuentemente, su tendencia a procurar el bien para sí mismo. 

Una cosa es que el instinto de supervivencia impulse al hombre a la socialización, a fin de procurarse el beneficio que aportan las múltiples y variadas relaciones inter-subjetivas dentro de la comunidad a la que se pertenece; y otra muy distinta es que, al procurar esa supervivencia, el hombre -en conexión con su sentido moral- abandone su cerrazón individualista o sectarista, para abrirse a la ‘Alteridad del Bien’; cuyas especies son: a) la ‘Ajenidad del Bien’, que implica beneficiar directamente a terceras personas; y b) la ‘Comunidad del Bien’, que implica el esfuerzo por armonizar el beneficio personal con el de la comunidad a la que se pertenece.

La búsqueda del bien personal (beneficio del ‘yo’) es una realidad antropológica perteneciente al ‘ámbito del ser’; ámbito éste en el que se encuentran las características inmanentes a la naturaleza humana, como es el caso del instinto de supervivencia y la sociabilidad; mientras que el hacer el bien al prójimo, representado en el “” y el “ustedes” (Caridad), y el procurar el bien propio, pero sin afectar injustamente a las terceras personas que integran nuestra comunidad: el beneficio del “nosotros” (Bien Común); no pertenecen al ámbito del ‘ser’, sino al ‘deber-ser’.

De tal manera, para concebir, asumir y desarrollar la ‘Alteridad del Bien’, representada en la Caridad y el Bien Común, resulta indispensable conectarnos con nuestra conciencia y nuestro espíritu, para con ello elevar nuestra natural sociabilidad, desde el nivel de la mera supervivencia instintiva -en la que en poco o en nada nos diferenciamos del resto de los animales- para ubicarnos en el nivel de convivencia acorde a la dignidad humana, que es la Comunión Fraterna.

La Caridad y el Bien Común, por ser, respectivamente, un valor y un principio ordenador de la vida social (ámbito del ‘deber ser’); no se procuran ni alcanzan por instinto natural, sino por voluntad; razón por la cual, en todo acto tendente a la Caridad y/o al Bien Común, el instinto de supervivencia determinado por el cerebro reptil, se inclina reverencialmente ante las potencias del alma racional; entrando, así, en juego la voluntad; esto es, la facultad de la persona humana para decidir y ordenar su propia conducta.

En este orden de ideas, el ser humano, que por naturaleza procura el Bien para sí mismo, no por naturaleza se orientará a la Ajenidad del Bien (la Caridad) ni a la Comunidad del Bien (el Bien Común). Para estas actitudes, se requerirá, indispensablemente, de una apertura del hombre con respecto a sus dimensiones invisibles (espiritualidad y trascendencia), en las que éste es llamado a abandonar su cerrazón individualista, para encontrar su propio beneficio espiritual y trascendente en toda acción que pudiera realizar en favor de su prójimo, así como en el respeto al Bien Común.

El beneficio personal, para que sea armonioso con el Bien Común –salvo causa de justificación- debe ser inocuo al bien ajeno. Se trata de un sublime equilibrio entre el instinto de supervivencia, que nos inclina y nos legitima a procurar nuestro propio beneficio personal; y el deber moral de la comunión fraterna; el cual tiene como base racional el principio jurídico de “Alterum non laedere” (“No hacer daño a otro”), y que se transfigura -alcanzando su esplendor- en el mandamiento de “Amar al prójimo como a sí mismo”. 

Esta cosmovisión –si bien es no se circunscribe al ámbito religioso, ni mucho menos a un credo específico- para el pueblo cristiano alcanza su más hermosa exposición en la plenitud de la revelación bíblica, que nos llama a sublimar nuestro natural instinto de supervivencia, para alcanzar la sobrenatural comunión con Dios y con los hombres; de la siguiente manera: 1. En toda forma de socialización, hemos de superar nuestro natural egoísmo (“Amarás al prójimo como a ti mismo”); 2. La superación del egoísmo implica disposición a la acción benéfica para con el prójimo (“...tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y me vinisteis a verme.”); 3. La acción benéfica para con el prójimo es una manera de amar a Dios (“...cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”); y 4. Quienes hacen el Bien a sus semejantes, cuentan con la promesa divina de obtener para sí el mayor Bien posible, que no es otro que el encuentro personal, pleno y definitivo con Dios, que es el Sumo Bien (“Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.”).


Madrid, 19 de marzo de 2020.