Por: Jonathan García Nieves
Dada la influencia cristiana en la
cultura occidental, tanto el respeto a la vida humana como la solidaridad,
representan valores fundamentales de nuestras sociedades políticas. Estos
valores, derivados de la razón humana y afianzados en la revelación bíblica, se
encuentran tan profundamente arraigados en nuestra conciencia colectiva, que
han alcanzado un vigor meta-religioso, esto es, un grado de coercibilidad moral
que ha sobrepasado los límites de la cristiandad; incidiendo en la conducta de
las grandes mayorías sociales de Occidente, sin distingo de credo alguno.
Estos dos valores se derivan del
principio de Dignidad de la Persona Humana, cuyo argumento racional consiste en
que el hombre, por el solo hecho de serlo, tiene un valor que le es inherente en
cuanto ser dotado de racionalidad y libre albedrío. Desde el punto de vista de
la fe, el Cristianismo nos ha revelado esta dignidad en su plenitud teológica,
esto es: por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, por haber sido
redimido por Cristo y por ser templo del Espíritu Santo; cada hombre, cada
mujer, cada niño, cada anciano, sin distingo de ningún tipo; goza de una
dignidad irreductible en todas las dimensiones y estadios de su vida. La
persona humana es sujeto, no objeto; un alguien y no un algo; razón por la cual
tiene un valor superior a todos los bienes, materiales e inmateriales. Y justo
por ello es que el Cristianismo rechaza y condena que el capital sea puesto por
encima del hombre.
Esta dignidad de la persona humana
es imperecedera, imprescriptible. Su
duración es de extremo a extremo de nuestra existencia; en virtud de lo cual la
vida humana debe ser respetada, preservada y protegida en todos sus estadios,
desde la concepción hasta la muerte natural. Asimismo, la dignidad humana es
causa de nuestro deber de solidaridad para con el prójimo. La solidaridad debe
ser practicada para con el necesitado, ya que éste comparte con nosotros la
misma dignidad humana.
Conforme a la moral cristiana, la
dignidad de la persona humana nos insta a la valoración de la vida (propia y
ajena) como un don divino, así como a la práctica de la solidaridad para con
nuestros congéneres; siendo que estos dos valores (respeto a la vida humana y
solidaridad) tienen su fundamento en el mandamiento de “Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo”.
Por amor a Dios y a nosotros mismos, debemos valorar y conservar nuestra propia
vida; y por amor a Dios y al prójimo, debemos valorar la vida de este último y
ser solidarios con él en la procura de su preservación. Asimismo, conforme a la
doctrina cristiana, la vida humana debe ser vivida y compartida en el amor (“Amaos los unos a los otros”); siendo el
amor la gran fuerza motriz de la solidaridad (“Lo que hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis”).
Por estas razones, en toda sociedad
de base cultural cristiana, resultará difícil de rechazar a priori una oferta ideológica que superponga al hombre sobre el
capital, y que también muestre cierta preocupación por los sectores más
débiles, vulnerables e indefensos del cuerpo social. Sin duda que estas dos
posiciones, prima facie, pueden dar
la impresión de que estamos ante una ideología que valora la vida humana.
En su discurso -que no su praxis- la
ideología socialista propugna estas ideas. De allí que constituya un virus
capaz de sortear las primeras barreras de defensa axiológica de nuestras
sociedades políticas, culturalmente abiertas a la vida y dispuestas a la
solidaridad. Y justo por ello, esta corriente de pensamiento político tiene una
presencia particularmente endémica en nuestra región latinoamericana, pues se
trata del mayor pulmón de la Cristiandad, “el
continente de la esperanza” en palabras de Juan Pablo II.
Como lluvia copiosa, el ideario
socialista ha permeado el pensamiento de distintas generaciones en diversos
países de cultura cristiana. Inducidos al error, víctimas de una oferta
político-ideológica fraudulenta, muchos han llegado a asumir el Socialismo como
una corriente beneficiosa para la vivencia de los valores in comento. Nada más lejos de la realidad. Se trata de un auténtico
canto de sirenas, un timo ideológico no apto para desprevenidos.
Quién no se detenga a analizar las
inconsistencias filosóficas del Socialismo, corre el riesgo de ceder ante sus
seducciones, y terminar convirtiéndose, precisamente, en un instrumento ciego
contra la defensa y protección de la vida humana, y contra la solidaridad en
sus circunstancias de mayor vulnerabilidad.
Por el solo hecho de superponer el
ser humano al capital, el socialismo no está reconociendo la plena dignidad de
la persona humana; simplemente está poniendo al
capital por debajo del hombre, pero ello dentro de una escala en la que
éste (el hombre) se encuentra por debajo del Estado, y este último por debajo
de la Revolución; lo que, irremediablemente, conduce a un totalitarismo
arbitrario y aplastante en que la persona es cosificada por el Estado,
instrumentalizada por la Revolución, y tratada como mera pieza del sistema por
el tiempo que sea pueda serle útil a éste.
El solo hecho de combatir la inmoral
primacía del capital sobre el hombre, no hace de la ideología socialista una
corriente favorable al ser humano. El socialismo es un pensamiento anti-humanista,
esencialmente materialista, que niega la esencia espiritual y trascendente del
hombre y que, por ende, valora únicamente el aspecto físico de la vida humana.
Siendo, además, que esta valoración física es sólo por un tiempo limitado:
mientras la persona sea lo suficientemente fuerte e independiente para no
requerir del auxilio de sus congéneres. Por ello, la izquierda mundial aboga
por el abortismo y la eutanasia.
Para los socialistas, el ser humano,
en los frágiles extremos de su existencia biológica (fases intrauterina y de
proximidad a la muerte natural), no es un ‘alguien’ sino un ‘algo’, una cosa de
la que se puede disponer. Para ellos, la vida del ser humano en el vientre de
la mujer, es concebida como un apéndice del cuerpo femenino, una especie de
órgano, y casi que un tumor extirpable a voluntad de la madre filicida. Para
ellos, asimismo, la vida del enfermo terminal no es más que un desecho
familiar.
En el ADN del Socialismo se encuentra
el gen de la contradicción más profunda a sus postulados de defensa y
solidaridad para con los desvalidos y más vulnerables. Para encontrarse con la
veracidad de esta afirmación, bastaría con dar sincera respuesta a las
siguientes interrogantes:
¿El derecho a la vida es exclusivo de
las personas sanas y que puedan valerse por sí mismas? ¿Tenemos el deber legal
y moral de socorrer a una persona que desea suicidarse, pero no con respecto a
una persona que, por estar impedida de suicidarse, le pide a otra que le cause
la muerte por eutanasia? ¿La solidaridad y el deber de socorro que nos instan a
salvar la vida de un criminal que corre el riesgo de morir en su claustro
carcelario; no procede para salvar al ser humano mientras está en el claustro
materno? ¿Mientras está en el vientre de su madre, el hombre no es ser humano?
¿Si una madre primeriza lo es, precisamente, por su relación con el niño que
lleva en su vientre, y este niño no es una persona sino una cosa desechable,
entonces la mujer embarazada tiene relación de maternidad con respecto a una
cosa? ¿Puede protegerse y defenderse al desvalido -incluidos el enfermo
terminal y el ser humano intrauterino- sin respetar el más sagrado de sus
derechos, que es la vida?
Lo que resulta una perogrullada viene
a ser el mayor signo de contradicción en la bitácora del buque socialista.
Éste, una vez asumido el poder político, siempre encalla en las aguas poco
profundas del irrespeto a la dignidad humana. Los más vulnerables: aquellos a
quienes se ha ensalzado y seducido con promesas de protección, respeto y
defensa; terminan siempre pisoteados, cosificados cual si fueran simples piezas
en el juego revolucionario.
La vida, el más sagrado de los
derechos humanos, es tratado por el Socialismo como si fuera un plus en la esfera jurídica del hombre:
un atributo del que se puede carecer según las circunstancias previstas por el
sistema.
Al concebirse la vida humana de
manera reductivista (sólo en sus dimensiones material y temporal, y excluyendo
sus extremos inicial y final), se incita a la cultura de la muerte y de la
insolidaridad; se pretende vaciar de contenido moral el deber de no matar, así
como el de hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para preservar la vida
propia y ajena.
Es tal el desprecio por la vida
humana en el pensamiento de izquierda, que mientras su abortismo militante les
lleva a considerar al feto humano como un mero apéndice del cuerpo femenino, un
‘algo’ carente de todo derecho porque -según ellos- no es persona; por otra
parte, incurren en la aberración jurídica de declarar a las semillas de las
plantas como sujetos de Derecho. Sí, apreciado lector, tal cual: un sujeto de
Derecho, es decir, un sujeto capaz de ser titular de derechos y vincularse
mediante obligaciones personales; tal como lo sabe cualquier estudiante de
primer año de Ciencias Jurídicas. En este sórdido despropósito incurrió la
mayoría parlamentaria del socialismo chavista cuando, en 2005, dictó una Ley de
Semillas venezolana, en cuyo artículo 4 estableció que “Se reconoce a la semilla como ser vivo y (...) y sujeto de derecho…”
Así son las cosas en el socialismo:
un sistema de creencias con los valores a todas luces invertidos; donde una
semilla (ad exemplum: un frijol) es
reputada como sujeto, mientras que un ser humano es tratado como objeto. Para
los socialistas, una semilla es un sujeto de Derecho; lo que implicaría la
posibilidad de que la ésta sea titular de derechos -incluida la vida-, mientras
que un ser humano en el vientre materno, carece de derecho a la vida porque no
es un sujeto sino un objeto. En pocas palabras, para un socialista, el niño que
una mujer lleve en su vientre no tiene madre sino ‘propietaria’.
Más que dantesco resulta el
imaginarse a alguna de las ‘parlamentarias del horror’, (diputadas chavistas
que aprobaron semejante aberración legislativa), arrullando tiernamente a un
grano de frijol o de arroz, después de haber abortado -asesinado- al hijo que llevaba en su vientre.
Olvidaron los socialistas chavistas
que la semilla es capital, un insumo para el agro; y que, por tanto -apegados al pensamiento del
propio Karl Marx- mal puede ser privilegiada por encima del ser humano en su
fase intrauterina. ¡Vaya contradicción!
Mientras redactamos estas palabras,
los socialistas avanzan en sus procesos legislativos para despenalizar el
aborto en México y para aprobar la eutanasia en España. Son persistentes en su
misión de instaurar la cultura de la muerte y de la insolidaridad para con los
seres humanos más desvalidos y vulnerables.
Oportunidad para que nuestras
naciones hagan gala de ese gran acervo moral de nuestra cultura cristiana, que
es el humanismo integral; y, solidariamente, plantemos cara en defensa de la
vida humana, muy especialmente en ese sagrado estadio que es la gestación en el
vientre materno.
“Antes
de haberte formado yo en el vientre de tu madre, te conocía; antes de que
salieras de su seno te consagré.” (Jer. 1:5).
Madrid, 23 de febrero de 2020.
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