Por: Jonathan A. García Nieves
La economía es un
fenómeno social; surge de la sociabilidad inherente a la persona humana que, en
procura del Bien Común, conforma todo
tejido social, generando redes de relaciones de distinta naturaleza, incluidas
las de tipo económico, configuradas en el intercambio de bienes y servicios.
No hay economía sin
sociedad, y no hay sociedad sin el hombre. Por ello, para conocer el fondo de toda
fenomenología económica, siempre será necesario conocer la persona humana, que
es sujeto, fin y fundamento de la vida social en todos sus ámbitos.
La sociedad está regida
por un conjunto de leyes que se deducen de la razón humana; tiene un orden
natural inherente al hombre, y el cual surge de su carácter relacional y
también de su instinto-derecho de supervivencia. Ese orden natural, confirmado
por la revelación bíblica, se muestra en leyes perennes, inmutables, que han
marcado, marcan y marcarán siempre toda vida social (familiar, política,
económica, etc.); sin excepción geográfica, cultural, racial ni de ningún otro
tipo. No son leyes de obligatorio cumplimiento; no tienen un carácter
vinculante; pero son reglas sin cuyo cumplimiento se verá ineluctablemente
afectado el orden social. Son como ‘instrucciones del fabricante’ para el
sano y correcto funcionamiento de la sociedad.
El hombre
-y el Gobierno como expresión de su autoridad
sobre la Comunidad Política- en ejercicio de su libre albedrío y voluntad,
podrá optar por la observancia o no de estas leyes naturales; sin que haya un
aparato de autoridad que le constriña a su cumplimiento, ya que no se trata de
normas jurídicas. Empero, el soslayo de tales
leyes siempre generará consecuencias inexorables y perfectamente previsibles
que, como ha quedado evidenciado a lo largo de la historia, más pronto que
tarde terminarán materializándose, en perjuicio del hombre y de la
sociedad.
Las leyes naturales que
rigen el orden social pueden ser soslayadas por el hombre, pero nunca derogadas
por éste, ya que la humanidad no es legisladora sino destinataria de las
mismas; una destinataria a quien el Divino
Legislador no le ha impuesto obligación de cumplir, sino que –desde su
omnisciencia y amorosa providencia- le advierte de cuál es el camino correcto
para alcanzar su propia plenitud, bienestar y
desarrollo.
El ámbito de la Economía no escapa
al imperio de estas leyes naturales. Su inobservancia en dicho ámbito, ineluctablemente,
terminará generando siempre el caos, del que serán víctimas todos los agentes
económicos, y muy especialmente los más débiles: las familias más pobres. Por mucho que, con sus seductoras
utopías, la cerrazón ideológica lleve a la adopción de sistemas contrarios a
este orden; con ello la sociedad sólo logrará su autodestrucción.
Políticas económicas que desconozcan
la naturaleza humana y el orden natural de la sociedad en su dimensión
económica, que es el mercado; ocasionarán flagelos
como la carestía, el desempleo, el desabastecimiento, la inflación y la pobreza
extrema y generalizada.
Conforme a ese orden
natural, el hombre -ontológicamente libre- necesitará, procurará y exigirá
siempre el respeto a su justo y adecuado ámbito de libertad; el cual también
abarca sus actuaciones en el orden económico, marcadas por el instinto de
supervivencia personal, pero a la vez sublimadas por la empatía y el espíritu
de solidaridad, que también son expresión de ese instinto de supervivencia
humana, pero en su dimensión comunitaria.
El hombre, por su condición gregaria, podrá estar abierto a un cierto margen de reducción de su
libertad individual en
beneficio del Bien Común, el cual
implica el beneficio de la comunidad a la que se pertenece, pero sin injusto
daño para sí mismo. El Bien Común es
el bien del hombre en su dimensión social (el ‘nosotros’), pero sin un irrazonable perjuicio en su dimensión
personal (el ‘yo’). Lo que quebrante
ese orden natural de la sociedad, será concebido por el hombre como irrazonable;
ergo como injusto; y ello generará reacciones previsibles, capaces de
comprometer la paz social (“La justicia
irá delante de él, y la paz sobre la huella de sus pasos”. Salmo 85).
Una economía sana y
robusta requiere que el Estado respete y fomente las libertades inherentes a
los agentes económicos, los cuales no son más que personas humanas, actuando
individual o grupalmente, en procura de la satisfacción de sus necesidades
materiales. Y, por ello, todo autoritarismo sobre los agentes económicos
(asfixia regulatoria), y todo estatismo (violación del Principio de Subsidiariedad), termina destruyendo la economía y
afectando al mercado como expresión natural del orden social en el intercambio
de bienes y servicios.
El derribo -no caída sino auténtico
derribo- de la economía venezolana a manos del castro-comunismo chavista, es
claro ejemplo de cómo la inobservancia del orden natural en el intercambio de
bienes y servicios, termina ocasionando un grave daño a la humanidad.
Para 1999 –año de la
ascensión de Hugo Chávez al poder- Venezuela aún era país receptor de
inmigrantes, que encontraban oportunidades para su desarrollo personal y
familiar. Nuestra economía, pese a no encontrarse en su mejor momento
histórico, presentaba datos considerablemente más favorables que los actuales,
entre ellos, los siguientes: crecimiento económico (1999: 3,2 % - 2019: -25 %); PIB per cápita (1999: $ 3.973 -2019: $ 3.374); reservas internacionales
(1999: $ 15.000 millones – 2019: $ 8.000 millones); inflación (1999: 23 % -
2019: 3.300%: la más alta del mundo); desempleo (1999: 18 % - 2019: 47,2 %);
pobreza (1999: 49 % - 2019: 87 %); precio del dólar (1999: Bs. 573,00 – 2019:
el equivalente a 2.754.200.000,00 bolívares en su valor de 1999); deuda pública
(1999: $ 29.000.000 – 2019: $ 140.000.000). Las cifras son más que elocuentes.
Los altos personeros del
régimen castro-chavista, recurriendo a un ardid típico del comunismo, tienen
largos años justificando los pésimos resultados de su gestión gubernamental, en
una supuesta agresión de la que estarían siendo víctimas por parte de sus ‘enemigos internos y externos’, tal como, respectivamente, califican al empresariado
venezolano y al gobierno de los EEUU; los cuales -a su decir- les habrían
declarado una “Guerra Económica”.
Ante la mirada de
cualquier opositor desprevenido, aquello de la Guerra Económica podría parecer no más que un ardid comunicacional;
una burda excusa de un gobierno inepto, absolutamente incapaz de tener éxito
alguno en sus políticas económicas.
En el debate político, el
liderazgo opositor ha negado reiteradamente la existencia de tal Guerra Económica; quizás por partir de
la premisa -cierta en todo caso- de que el estrepitoso fracaso económico ‘hecho en socialismo’, no obedece sino a
la propia gestión del ‘Gobierno
Revolucionario’.
Coincidimos en que el
hundimiento de la economía venezolana no obedece a la mano de los EEUU, ni
mucho menos a las del oprimido empresariado nacional. Pero diferimos en que no exista tal Guerra Económica.
A nuestro modo de ver y
entender, es indudable que dicha guerra sí ha existido y, de hecho, aún se encuentra
en pleno desarrollo. La economía venezolana ha estado siendo impactada
sistemáticamente en su línea de flotación durante dos largas décadas. Pero el
régimen chavista-madurista no ha sido el atacado sino el atacante; no es la
víctima sino el victimario de este feroz ataque, que ha desconocido
prácticamente todos los principios y leyes del orden natural de la sociedad y
del mercado. Y justo por ello no dudamos en referimos a un derribo en vez de una caída de la economía.
Desde sus albores, la
tiranía castro-comunista instaurada por Hugo Chávez, con su excesiva
intervención estatal, su control cambiario con fines políticos, su asfixia
regulatoria sobre el empresariado, y su grosero irrespeto a la propiedad
privada, entre otros desmanes; ha desplegado un formidable arsenal de armas de
destrucción masiva contra
la economía venezolana.
Esta Guerra Económica ha sido declarada
contra Venezuela por su propio gobierno: un
régimen necio, ciego, sordo; capaz de llevar a cabo la gestión económica más
suicida que haya podido tener país alguno. El poder es la tentación intrínseca
del autodenominado Socialismo del Siglo
XXI, que nos es más que comunismo al estilo chavista; y ello ha quedado evidenciado en que estos estadistas del
mal han sido capaces hasta de destruirlo todo, sólo para lograr la
dominación del pueblo y seguir reinando, aunque sea
sobre cenizas.
El control cambiario
impuesto por más de 16 años para la sumisión del empresariado, ha generado una
ingente red de corrupción, y ha logrado la perversión de la economía que hoy
sufre el pueblo venezolano. Las expropiaciones caprichosas, surgidas del odio y
de la envidia, han ocasionado huida de capitales y el desestímulo de la
inversión privada. La asfixia regulatoria ha estrangulado al Sector Privado,
relegando nuestro índice de libertad económica al puesto 179 de una lista de
180 países; posicionándonos por debajo de Cuba, que ocupa el puesto 178, y sólo por
encima Corea del Norte, que ocupa puesto 180.
La expropiación de
empresas ha traído
consigo la improductividad y la ineficiencia en la generación de bienes y
servicios. El ingente gasto público del populismo chavista, ha quintuplicado la
deuda pública entre 1999 y 2019. El retroceso en la apertura petrolera hizo que
Venezuela pasara de producir 3.200.000 barriles diarios en 1999, a sólo 742.000
en 2019; siendo hoy PDVSA una especie de
alambique, triste caricatura de la que otrora fuera una de las empresas
petroleras más grandes y eficientes del mundo.
Los ‘vencedores’ de esta
guerra se encuentran hoy henchidos de poder; exhiben impúdicas fortunas mal
habidas; y sus hijos pueden ser vistos en países del primer mundo, viviendo
como magnates a costa del hambre de todo un pueblo.
En esta guerra, las
empresas pulverizadas se cuentan por más de 370.000; los caídos por desempleo
alcanzan la mitad de la población; los refugiados hoy se aproximan a los 5
millones, y para el año próximo alcanzarán los 6,5 millones según ACNUR.
Pasearse por la mayor zona industrial del país (Valencia), es como atravesar la
soledad de Hiroshima justo después de haber sido arrasada por la bomba nuclear. A lo largo y ancho del país,
no hay que hacer esfuerzo alguno para ver al hombre nuevo “hecho en
socialismo”, deambulando por las calles, mimetizado con la basura
putrefacta entre la que busca su pan de cada día.
Esta guerra ha aportado
un inmenso botín para los aliados del perverso comunismo chavista. China y Rusia, respectivamente, amasan créditos contra el
tesoro venezolano, por el orden de los 62.000 y los 3.000 millones de dólares;
y adicionalmente, Rusia está por hacerse de la mitad de las acciones de CITGO
(estratégica filial de PDVSA en los EEUU); ello como ejecución de una inefable
garantía que le fuera otorgada por el régimen chavista. Por su parte, el
vividor régimen cubano ha estado recibiendo, por más de 14 años, unos 100.000 barriles diarios de petróleo venezolano a
precio de gallina flaca; lo cual no sólo le ha permitido satisfacer casi
gratuitamente su demanda interna, sino que también le ha hecho enriquecerse
mediante la reventa de buena parte de ese petróleo a precios de mercado
internacional.
Sin duda que ha habido
una Guerra Económica; es una guerra
donde un sólo bando ha disparado, y ese es el régimen comunista de Chávez y
Maduro, actuando ambos en contra de los intereses de la nación venezolana.
Hoy, los soldados rasos
del comunismo chavista (sus propios adeptos) carecen de todo bienestar
económico; sufren la hambruna al igual que los opositores a quienes tanto
agredieron moral y físicamente. El hambre no distingue entre culpables e
inocentes en esta guerra.
Hoy, muchas de las
víctimas de tan brutal agresión, integramos la inmensa diáspora venezolana
esparcida por el mundo; y, en medio de las dificultades propias de la migración
forzada, nos mantenemos solidarios con el dolor de nuestra gente en suelo
patrio; incluso con aquéllos que han sido –y quizás aún son- ‘soldados’ del ejército agresor: nuestros propios familiares adeptos al
chavismo; por quienes siempre oramos, y a
quienes, por amor, no dudamos en ayudar para que, en alguna medida, puedan
paliar el sufrimiento que se han auto-infligido. No en balde somos un pueblo
mayoritariamente cristiano. En medio del estruendo de esta apocalíptica Guerra Económica, no dejamos de oír la voz
de Nuestro Señor: “Amad a vuestros
enemigos y orad por quienes os persiguen”.
Madrid, 13 de noviembre de 2020.
Madrid, 13 de noviembre de 2020.