Por: Jonathan A. García Nieves
Explicar el grado de surrealismo que
abruma la cotidianidad venezolana en estos tiempos, estertores ya de la “revolución bolivariana”, constituye un
verdadero reto para quienes sentimos el deber de comunicar lo ocurrido en nuestro
país, y dejar constancia de ello para la posteridad. Se trata de una tragedia
humanitaria para cuya explanación faltan las palabras y sobreabundan las
dolorosas vivencias.
Sabemos que es, sin duda, una
realidad de difícil comprensión para cualquier persona ajena a nuestro país. Y
justo por ello debemos insistir en la misión de aportar análisis y elementos
juicio que, en alguna medida, pudieran facilitar una valoración más próxima al
drama sufrido por el pueblo venezolano. Quizás algún día la humanidad reflexione
y aprenda de nuestra tragedia. Y por ello todos los hijos de esta golpeada “Tierra de Gracia”, que contemos con ‘tinta y papel’, estamos llamados a ser
los Ana Frank de este feroz narco-comunismo, auto-denominado Socialismo el Siglo XXI.
A este fin, me permitiré en esta
oportunidad recurrir a la cultura pop, para aportar un símil que creo podría
ser de utilidad para poner en situación a quienes, por estar fuera de nuestro
contexto, aún hoy no logran entender la barbarie que representa el comunismo
narco-chavista.
Los cinéfilos de varias generaciones
hemos disfrutado de un impactante film de ciencia ficción que, basado en la
einsteniana Teoría de la Relatividad del Tiempo y el Espacio, nos relata la
historia de un pequeño grupo de astronautas que, al retornar de un viaje
espacial a la velocidad de la luz, llega al que era su mundo físico (la
Tierra); pero en un tiempo post-apocalíptico en el que la civilización ha sido
destruida y en que los simios alcanzan dominar el planeta, tiranizando a la
raza humana y sometiéndola a las más degradantes condiciones de vida.
Se trata de El Planeta de los Simios (Planet
of the Apes, 1968), famoso largometraje cuyo protagonista, el coronel
George Taylor (Charlton Heston), pese a reconocer ciertos aspectos físicos del
entorno, como el paisaje y algunas ruinas que le hacen indubitable el estar
pisando nuevamente la superficie terrestre; al mismo tiempo desconoce aquel
mundo dantesco con el que se ha encontrado: una civilización ajena a la suya,
con un sistema social primitivo, peligroso, severamente hostil al hombre; y el
cual lo reta a la supervivencia en medio de la precariedad, el hostigamiento y
la persecución.
Este personaje, sin duda, nos muestra
la configuración de un duelo psico-social que raya en lo escatológico: una
situación existencial marcada por la pérdida de su mundo conocido, pero al
mismo tiempo conservando y representando en su persona todo el legado
histórico, cultural y epistémico de aquella civilización perdida; en una
experiencia humana que nos atrevemos a denominar como el “síndrome del planeta de los simios”.
Al disfrutar de este film, en varias
oportunidades a lo largo de los años, siempre nos resultó inverosímil que este
‘síndrome’ -o algo muy parecido a él-
fuera posible más allá de la fantasía hollywoodense. Pero, desafortunadamente,
nos equivocamos: en la Venezuela de hoy, este fenómeno no sólo es perfectamente
posible sino también probable. Lo podría estar experimentando cualquier ciudadano
que hubiera partido del país en enero de 1999, y al que, sin haber tenido
contacto alguno con nuestra realidad nacional durante estos últimos 20 estos
años, le correspondiera regresar en los actuales momentos.
Este ciudadano pertenecería a una
sociedad venezolana profundamente libre y democrática (la democracia más madura
y estable de América Latina), en la que se ejercía el derecho al sufragio en el
marco de un sistema electoral altamente confiable, tanto para la ciudadanía
como para las organizaciones políticas y la Comunidad internacional; sería
ciudadano de una auténtica república: un sistema político en el que un solo
hombre -y menos aún un tirano- jamás podría ostentar el poder absoluto, sino
que éste (el poder), por salud del sistema y seguridad de los ciudadanos, se
repartiría equilibradamente entre institucionalidad ejecutiva, legislativa y
judicial.
Esa república ya extinta, pero que forma
parte del bagaje existencial de nuestro ‘viajero
en el tiempo’, llegó a ser tan sólida y creíble, que el Poder Judicial era
capaz de controlar al Gobierno y la Administración Pública, pronunciando y
ejecutando, con normalidad, sentencias condenatorias en su contra. Y, por su
parte, el Parlamento -cuya mayoría para ese momento no era ostentada por el
partido de gobierno- podía ejercer todas sus competencias legislativas y de
control político, sin que ello fuera excusa para su desconocimiento institucional
por el Ejecutivo. Contaba Venezuela con partidos políticos que no pretendían la
extinción del sistema democrático, sino que le defendían como hábitat propicio
para su propia existencia y para la libertad de los ciudadanos. El ‘juego político’ estaba en manos de
civiles: hombres y mujeres civilizados y civilizadores, respetuosos de las
libertades ciudadanas y firmes devotos del Principio de Alternabilidad
Democrática.
El Estado de Derecho del que proviene
nuestro ‘viajero en el tiempo’, fue
lo suficientemente robusto como para haber enjuiciado, condenado y destituido a
un presidente de la República en pleno ejercicio del poder (Carlos Andrés
Pérez); quien -por demás- se sometió a la autoridad judicial con un civismo ejemplarizante,
tan firme como la valentía con que enfrentó el intento de golpe de estado, que
contra la Democracia dirigiera Hugo Chávez en 1992.
Cabe destacar que, a su llegada,
nuestro compatriota retornante esperaría aterrizar en el que fuera uno de los
aeropuertos más modernos y eficientes de Latinoamérica (el Aeropuerto
Internacional Simón Bolívar); para, de inmediato, dirigirse a su hogar materno
repleto de familiares que jamás habrían emigrado; atravesando una Caracas
espectacularmente luminosa (la capital del país que exportaba electricidad a
Brasil y Colombia); y transitando el seguro y estético sistema de autopistas y
carreteras, eficientemente administrado por los gobiernos estadales, y el cual
se exhibía como uno de los más visibles e inequívocos éxitos de nuestro sistema
político-administrativo descentralizado.
Este retornante venezolano, creería
que le esperan estaciones de servicio repletas de gasolina, supermercados bien
abastecidos; una ciudad de Maracaibo paradójicamente gélida por tan grande
cantidad de aires acondicionados en funcionamiento 24 horas al día; una
Valencia formidablemente industrializada; una extensa llanura sembrada de
cereales para consumo interno y exportación, con inmensos rebaños de ganado
bovino que sirvieron de inspiración a grandes obras literarias; y una pujante industria
petrolera de clase mundial: la mayor fuerza motriz de nuestra economía.
Pero, cual coronel George Taylor en El Planeta de los Simios, este ciudadano
se encontrará con las ruinas de todo lo que un día fue su mundo-país. Toda la
infraestructura y la capacidad productiva de Venezuela hechas añicos. Se topará
con la república perdida, con la inexistencia del estado de Derecho; con el
poder público sin separación alguna, y dominado por el Ejecutivo.
Evocando la icónica imagen de la estatua
de la Libertad, que en la película aparece semi-enterrada a orillas del mar; de
la Dama de la Justicia, nuestro compatriota retornante logrará divisar apenas un
ápice, poco sobresaliente de entre las rojizas arenas del “Mar de la Felicidad” prometido por Hugo Chávez: el gran sociópata
de nuestra historia patria.
Y lo que es más grave, nuestro
imaginario compatriota viajero en el tiempo, se encontrará cara a cara con una raza
de “hombres nuevos” esculpidos en dos
décadas de narco-comunismo; un grupo humano desfigurado de valores, que parece
haber apostatado de la civilización para abrazar la fe en la expoliación, el
crimen, la corrupción y la dominación sobre sus congéneres como sistema de
vida; grupo éste dominado por hombres de verde en grosera actividad
político-partidista, y también por civiles que pasaron de ser meros militantes
del partido de gobierno, para convertirse en milicianos fuertemente armados y a
las órdenes de un general que sabe hacer muy bien su papel de Urko.
Imaginar lo que pudiera experimentar
con su cuerpo, su psiquis y su espíritu este venezolano retornante en el
tiempo, quizás pudiera ayudar a que el mundo entienda un poco más lo que se
padece en Venezuela.
Los venezolanos estamos conscientes
de nuestra propia responsabilidad, y por ello hemos hecho todo lo posible por
lograr liberarnos de esta dramática situación; tenemos 20 años votando a pesar
del fraude continuado, manifestando masivamente; y tiñendo, una y otra vez, el
asfalto de las calles con el rojo de nuestra sangre, a manos de estos “hombres nuevos” que nos disparan como en
juego de tiro al blanco.
Nosotros saldremos de este Planeta de los Simios; pero el resto de
la humanidad tiene el deber moral de venir en nuestro refuerzo. El Deber de
Proteger a los pueblos es doctrina tanto de la ONU como de la Iglesia Católica.
“La Comunidad Internacional en
su conjunto tiene la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos
cuya misma supervivencia está amenazada, o cuyos derechos fundamentales son
gravemente violados. Los Estados, en cuanto partes de una comunidad
internacional, no pueden permanecer indiferentes; al contrario, si todos los
demás medios a disposición se revelaran ineficaces, ‘es legitimo, e incluso obligado, emprender iniciativas concretas
para desarmar al agresor’. El principio de la soberanía nacional no se puede
aducir como pretexto para impedir la intervención en defensa de las víctimas”. (Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia, núm. 506).
Vaya a mi amada Patria una
palabra de esperanza. Con el esfuerzo de todos, más pronto que tarde podremos
superar este ‘síndrome del planeta de los
simios’. El mal puede que nos haya ganado varias batallas, pero nunca
nos ganará la guerra, porque éste nunca podrá prevalecer sobre Bien.
Mantengamos nuestra lucha, cada uno en su ámbito de acción y conforme a sus
posibilidades; y confiemos en Nuestro Dios que –con seguridad- nos mira con el
mismo amor que al pueblo de Israel en sus tiempos de aflicción en Egipto:
«Ciertamente he visto la
aflicción de mi pueblo (…), y he escuchado su clamor a causa de sus opresores, pues estoy
consciente de sus sufrimientos.» (Ex. 3:9).
Madrid, 27 de noviembre de 2019.