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domingo, 17 de mayo de 2020

EL SÍNDROME DEL PLANETA DE LOS SIMIOS


Por: Jonathan A. García Nieves


Explicar el grado de surrealismo que abruma la cotidianidad venezolana en estos tiempos, estertores ya de la “revolución bolivariana”, constituye un verdadero reto para quienes sentimos el deber de comunicar lo ocurrido en nuestro país, y dejar constancia de ello para la posteridad. Se trata de una tragedia humanitaria para cuya explanación faltan las palabras y sobreabundan las dolorosas vivencias.

Sabemos que es, sin duda, una realidad de difícil comprensión para cualquier persona ajena a nuestro país. Y justo por ello debemos insistir en la misión de aportar análisis y elementos juicio que, en alguna medida, pudieran facilitar una valoración más próxima al drama sufrido por el pueblo venezolano. Quizás algún día la humanidad reflexione y aprenda de nuestra tragedia. Y por ello todos los hijos de esta golpeada “Tierra de Gracia”, que contemos con ‘tinta y papel’, estamos llamados a ser los Ana Frank de este feroz narco-comunismo, auto-denominado Socialismo el Siglo XXI.

A este fin, me permitiré en esta oportunidad recurrir a la cultura pop, para aportar un símil que creo podría ser de utilidad para poner en situación a quienes, por estar fuera de nuestro contexto, aún hoy no logran entender la barbarie que representa el comunismo narco-chavista.

Los cinéfilos de varias generaciones hemos disfrutado de un impactante film de ciencia ficción que, basado en la einsteniana Teoría de la Relatividad del Tiempo y el Espacio, nos relata la historia de un pequeño grupo de astronautas que, al retornar de un viaje espacial a la velocidad de la luz, llega al que era su mundo físico (la Tierra); pero en un tiempo post-apocalíptico en el que la civilización ha sido destruida y en que los simios alcanzan dominar el planeta, tiranizando a la raza humana y sometiéndola a las más degradantes condiciones de vida.

Se trata de El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), famoso largometraje cuyo protagonista, el coronel George Taylor (Charlton Heston), pese a reconocer ciertos aspectos físicos del entorno, como el paisaje y algunas ruinas que le hacen indubitable el estar pisando nuevamente la superficie terrestre; al mismo tiempo desconoce aquel mundo dantesco con el que se ha encontrado: una civilización ajena a la suya, con un sistema social primitivo, peligroso, severamente hostil al hombre; y el cual lo reta a la supervivencia en medio de la precariedad, el hostigamiento y la persecución.

Este personaje, sin duda, nos muestra la configuración de un duelo psico-social que raya en lo escatológico: una situación existencial marcada por la pérdida de su mundo conocido, pero al mismo tiempo conservando y representando en su persona todo el legado histórico, cultural y epistémico de aquella civilización perdida; en una experiencia humana que nos atrevemos a denominar como el “síndrome del planeta de los simios”.

Al disfrutar de este film, en varias oportunidades a lo largo de los años, siempre nos resultó inverosímil que este ‘síndrome’ -o algo muy parecido a él- fuera posible más allá de la fantasía hollywoodense. Pero, desafortunadamente, nos equivocamos: en la Venezuela de hoy, este fenómeno no sólo es perfectamente posible sino también probable. Lo podría estar experimentando cualquier ciudadano que hubiera partido del país en enero de 1999, y al que, sin haber tenido contacto alguno con nuestra realidad nacional durante estos últimos 20 estos años, le correspondiera regresar en los actuales momentos.

Este ciudadano pertenecería a una sociedad venezolana profundamente libre y democrática (la democracia más madura y estable de América Latina), en la que se ejercía el derecho al sufragio en el marco de un sistema electoral altamente confiable, tanto para la ciudadanía como para las organizaciones políticas y la Comunidad internacional; sería ciudadano de una auténtica república: un sistema político en el que un solo hombre -y menos aún un tirano- jamás podría ostentar el poder absoluto, sino que éste (el poder), por salud del sistema y seguridad de los ciudadanos, se repartiría equilibradamente entre institucionalidad ejecutiva, legislativa y judicial.

Esa república ya extinta, pero que forma parte del bagaje existencial de nuestro ‘viajero en el tiempo’, llegó a ser tan sólida y creíble, que el Poder Judicial era capaz de controlar al Gobierno y la Administración Pública, pronunciando y ejecutando, con normalidad, sentencias condenatorias en su contra. Y, por su parte, el Parlamento -cuya mayoría para ese momento no era ostentada por el partido de gobierno- podía ejercer todas sus competencias legislativas y de control político, sin que ello fuera excusa para su desconocimiento institucional por el Ejecutivo. Contaba Venezuela con partidos políticos que no pretendían la extinción del sistema democrático, sino que le defendían como hábitat propicio para su propia existencia y para la libertad de los ciudadanos. El ‘juego político’ estaba en manos de civiles: hombres y mujeres civilizados y civilizadores, respetuosos de las libertades ciudadanas y firmes devotos del Principio de Alternabilidad Democrática.

El Estado de Derecho del que proviene nuestro ‘viajero en el tiempo’, fue lo suficientemente robusto como para haber enjuiciado, condenado y destituido a un presidente de la República en pleno ejercicio del poder (Carlos Andrés Pérez); quien -por demás- se sometió a la autoridad judicial con un civismo ejemplarizante, tan firme como la valentía con que enfrentó el intento de golpe de estado, que contra la Democracia dirigiera Hugo Chávez en 1992.

Cabe destacar que, a su llegada, nuestro compatriota retornante esperaría aterrizar en el que fuera uno de los aeropuertos más modernos y eficientes de Latinoamérica (el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar); para, de inmediato, dirigirse a su hogar materno repleto de familiares que jamás habrían emigrado; atravesando una Caracas espectacularmente luminosa (la capital del país que exportaba electricidad a Brasil y Colombia); y transitando el seguro y estético sistema de autopistas y carreteras, eficientemente administrado por los gobiernos estadales, y el cual se exhibía como uno de los más visibles e inequívocos éxitos de nuestro sistema político-administrativo descentralizado.

Este retornante venezolano, creería que le esperan estaciones de servicio repletas de gasolina, supermercados bien abastecidos; una ciudad de Maracaibo paradójicamente gélida por tan grande cantidad de aires acondicionados en funcionamiento 24 horas al día; una Valencia formidablemente industrializada; una extensa llanura sembrada de cereales para consumo interno y exportación, con inmensos rebaños de ganado bovino que sirvieron de inspiración a grandes obras literarias; y una pujante industria petrolera de clase mundial: la mayor fuerza motriz de nuestra economía.

Pero, cual coronel George Taylor en El Planeta de los Simios, este ciudadano se encontrará con las ruinas de todo lo que un día fue su mundo-país. Toda la infraestructura y la capacidad productiva de Venezuela hechas añicos. Se topará con la república perdida, con la inexistencia del estado de Derecho; con el poder público sin separación alguna, y dominado por el Ejecutivo.

Evocando la icónica imagen de la estatua de la Libertad, que en la película aparece semi-enterrada a orillas del mar; de la Dama de la Justicia, nuestro compatriota retornante logrará divisar apenas un ápice, poco sobresaliente de entre las rojizas arenas del “Mar de la Felicidad” prometido por Hugo Chávez: el gran sociópata de nuestra historia patria.

Y lo que es más grave, nuestro imaginario compatriota viajero en el tiempo, se encontrará cara a cara con una raza de “hombres nuevos” esculpidos en dos décadas de narco-comunismo; un grupo humano desfigurado de valores, que parece haber apostatado de la civilización para abrazar la fe en la expoliación, el crimen, la corrupción y la dominación sobre sus congéneres como sistema de vida; grupo éste dominado por hombres de verde en grosera actividad político-partidista, y también por civiles que pasaron de ser meros militantes del partido de gobierno, para convertirse en milicianos fuertemente armados y a las órdenes de un general que sabe hacer muy bien su papel de Urko.

Imaginar lo que pudiera experimentar con su cuerpo, su psiquis y su espíritu este venezolano retornante en el tiempo, quizás pudiera ayudar a que el mundo entienda un poco más lo que se padece en Venezuela.

Los venezolanos estamos conscientes de nuestra propia responsabilidad, y por ello hemos hecho todo lo posible por lograr liberarnos de esta dramática situación; tenemos 20 años votando a pesar del fraude continuado, manifestando masivamente; y tiñendo, una y otra vez, el asfalto de las calles con el rojo de nuestra sangre, a manos de estos “hombres nuevos” que nos disparan como en juego de tiro al blanco.

Nosotros saldremos de este Planeta de los Simios; pero el resto de la humanidad tiene el deber moral de venir en nuestro refuerzo. El Deber de Proteger a los pueblos es doctrina tanto de la ONU como de la Iglesia Católica.

La Comunidad Internacional en su conjunto tiene la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos cuya misma supervivencia está amenazada, o cuyos derechos fundamentales son gravemente violados. Los Estados, en cuanto partes de una comunidad internacional, no pueden permanecer indiferentes; al contrario, si todos los demás medios a disposición se revelaran ineficaces, ‘es legitimo, e incluso obligado, emprender iniciativas concretas para desarmar al agresor’. El principio de la soberanía nacional no se puede aducir como pretexto para impedir la intervención en defensa de las víctimas”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, núm. 506).

Vaya a mi amada Patria una palabra de esperanza. Con el esfuerzo de todos, más pronto que tarde podremos superar este ‘síndrome del planeta de los simios’. El mal puede que nos haya ganado varias batallas, pero nunca nos ganará la guerra, porque éste nunca podrá prevalecer sobre Bien. Mantengamos nuestra lucha, cada uno en su ámbito de acción y conforme a sus posibilidades; y confiemos en Nuestro Dios que –con seguridad- nos mira con el mismo amor que al pueblo de Israel en sus tiempos de aflicción en Egipto:
«Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo (…), y he escuchado su clamor a causa de sus opresores, pues estoy consciente de sus sufrimientos.» (Ex. 3:9).


Madrid, 27 de noviembre de 2019.

EL VALOR TEOLÓGICO-POLÍTICO DE LA VERDAD


Por: Jonathan A. García Nieves

La comunidad política, como todo ámbito de la vida social, requiere de puntos de referencia que guíen su estructuración y conducción por la senda del Bien Común.
El cristianismo predica valores fundamentales de la vida social y política, desentrañados de la revelación bíblica; y los cuales, por ser inherentes a la dignidad de la persona humana, no están limitados a determinadas culturas ni épocas, sino que constituyen un acervo común e imperecedero de toda la humanidad.
Entre estos valores se encuentra la Verdad; la cual se yergue como gran faro lumínico que nos permite mantener el rumbo cierto, a pesar de las brumas de algunos sistemas, proyectos, intenciones, ideologías y postulados, que amenazan obscurecer el entendimiento.
En su carta encíclica Veritatis Splendor, Juan Pablo II afirmó que “Ciertamente, para tener una «conciencia recta», el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad”. De tal manera, la Verdad, como valor fundamental de la comunidad política, requiere del ejercicio personal de la virtud y, por ende, de una actitud moral de todos los miembros del cuerpo social, que han de abrazar este valor como garantía para alcanzar una recta conciencia ciudadana.
Así, tanto los ciudadanos comunes como los gobernantes –que son los mayores responsables de la vida pública- deben buscar y abrazar el valor de la Verdad, en procura de perfeccionar toda estructura social, cultural, jurídica, política y económica del país.
En la comunidad política, la mentira en todas sus vertientes, manifestaciones y recursos retóricos (falsedad, engaño, manipulación; calumnia, injuria, perjurio, eufemismo, posverdad, fake-new; populismo, demagogia, etc.), se contrapone al Bien Común; y, por ende, va en contra del plan de Dios para la humanidad.
En el ámbito del ser, el orden social deseado Dios, es inherente a su esencia en el hombre, que –creado a su imagen y semejanza- está predestinado a conformar el cuerpo social en reflejo de algunos atributos divinos como la Libertad, la Justicia, el Amor y la Verdad.
Dios, que es verdadero e infinitamente veraz, llama al hombre a su encuentro. Razón por la cual, el ser humano, por naturaleza, siempre mostrará inquietud ante lo desconocido, y se sentirá atraído hacia el conocimiento de la Verdad, de manera similar cómo el hierro es atraído por la fuerza magnética. Se trata de una hermosa realidad ontológica, insuperablemente descrita por San Agustín de Hipona: “Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.
No obstante, el hombre, esencialmente atraído por el conocimiento de la Verdad, no necesariamente abrazará ésta al encontrarla; pues, así como en su naturaleza está el sentirse atraído por la Verdad, también en su naturaleza está la libertad de aceptarla, creerla, asumirla y honrarla. Ello en virtud de que la persona humana, en su libre albedrío, es también imagen y semejanza de su Creador, que es infinitamente libre.
De modo que el ser humano está naturalmente inclinado al conocimiento de la Verdad; pero sin que ello desvirtúe su libertad de negarla y contradecirla en ejercicio de su libre albedrío.
El hombre puede encontrar o no la Verdad; y, en caso de encontrarla, será libre de reconocerla o negarla, de asumirla o rechazarla. Siempre podrá el hombre incluso mentir y, con ello, afectar el conocimiento y comprensión de la Verdad por terceras personas. Pero lo que nunca podrá el hombre es desvirtuar ni alterar la Verdad, porque ésta es inmutable.
Como bien lo expresara el poeta español, Antonio Machado: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.
Ya en el ámbito del deber-ser, es de destacar que el hombre, además de su natural inquietud por la Verdad, tiene el deber de buscarla y honrarla a fin de ser cada vez mejor persona. En este sentido, resuenan las palabras de Jesucristo: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto; y por ello, siendo la Verdad un atributo de Dios; su búsqueda, respeto y atestiguación constituyen deber fundamental de la moral cristiana.
Este deber moral de buscar, respetar y atestiguar la Verdad; interpela al venezolano de hoy, y le impulsa reaccionar -como en efecto ha reaccionado- ante un escenario político en que los gobernantes, de manera impúdica, echan mano de la posverdad: ese eufemismo de la mentira, que la Real Academia de la Lengua ha definido como la “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Esta situación es particularmente grave, ya que el Estado venezolano cuenta con una hegemonía comunicacional absoluta, lograda no solamente con múltiples expropiaciones y cierres de medios libres, sino también con una planificada proliferación de medios ideologizantes a su servicio; así como un férreo control legal y administrativo del sector, a través de la amordazante Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión (Ley RESORTE) y la censora Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL).

El Estado venezolano –por demás- hace gala de una eficaz ingeniería psico-política, hábilmente dirigida desde los servicios de inteligencia, y ejecutada por un formidable aparato de redes sociales, cuya misión es desinformar y generar confusión en la opinión pública.

En la Venezuela de hoy, el ciudadano común, en su azarosa búsqueda de la verdad, debe desmalezar cotidianamente el campo de la “información” circulante; un campo que el régimen se encarga de plagar de fake-news (noticias falsas): ese anglicismo de moda, con el que se llama a los contenidos pseudo periodísticos, difundidos a través de los medios y redes sociales, y cuyo objetivo es la desinformación con fines de engañar a la población; así como manipular la opinión pública, e inducirla al error para obtener ventaja política y/o económica.

En estas circunstancias históricas, urge apuntalar los cimientos morales de nuestra República, debilitados por largos años de anti-valores predicados y practicados desde el poder, y entre los cuales se destacan la mentira, el engaño y la manipulación. La Verdad debe ser restaurada como valor fundamental de nuestra comunidad política. Y en este sentido, cobran gran importancia las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, Madre y Maestra de Humanidad, que nos enseña que “Vivir en la verdad tiene un importante significado en las relaciones sociales: la convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad, en efecto, es ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas, cuando se funda en la verdad.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, No. 198).

Para restaurar los cimientos morales de la República, y muy particularmente el valor fundamental de la Verdad, se amerita de un gran esfuerzo como nación. En ese sentido, tanto los responsables de la vida pública como la ciudadanía en general, debemos emprender una histórica campaña de prolongado aliento, en procura de que la Verdad sea honrada en los más variados espacios y ámbitos de nuestra comunidad política. Y en ello tienen gran responsabilidad los liderazgos de todos los sectores políticos.

La ciudadanía tiene derecho a saber la verdad, sin importar la tendencia, sector, partido o liderazgo político que pueda resultar afectado. El pueblo venezolano anhela y tiene derecho a ser libre, y para ello necesita mucho más que un urgente y justificado cambio de régimen. Todos, como sociedad, precisamos guiarnos por el esplendor de la Verdad: ese valor teológico-moral y también socio-político, indispensable para la auténtica libertad de los pueblos.

Sirva la ocasión para recordar y confiar en la promesa del Redentor:

“…la verdad os hará libres”.


Madrid, 10 de diciembre de 2019.


LOS ESTADISTAS DEL MAL


Por: Jonathan A. García Nieves


En el imaginario colectivo, el término ‘estadista’ suele evocar la probidad y el talante cívico de prominentes figuras históricas, personajes de la talla de Abraham Lincoln, Winston Churchill, Nelson Mandela y Adolfo Suárez, entre otros. Y en el ámbito venezolano, inmediatamente se nos vienen a la mente destacados prohombres como Don Rómulo Betancourt y el Dr. Rafael Calera: nuestros Padres de la Democracia

El término nos lleva a pensar, ipso facto, en gobernantes que supieron sortear las dificultades de su tiempo; líderes que lucharon denodadamente por mantener y fortalecer la unidad, estabilidad y concordia de sus naciones en medio de turbulentos procesos históricos; hombres y mujeres de Estado, que cimentaron o apuntalaron las bases estructurales de sus sistemas políticos, y que fueron capaces de guiar a sus naciones por la senda del Bien Común, sin perder la mirada en las generaciones futuras.

La imagen idealizada de un estadista termina equivaliendo, entonces, a una especie de ‘Pater Familiae Nationalis’: un líder que, a pesar de las circunstancias que pudieran amenazar la estabilidad de la Polis a la que pertenece; sabrá y podrá gestionar eficientemente el Estado, promoviendo y generando condiciones necesarias para la gobernabilidad y el bienestar general; erigiéndose, por ello, en persona de la más alta confiabilidad en el manejo y representación del interés nacional, así como en paradigma de civismo, modelo a seguir por sus conciudadanos.

De tal manera, en el agreste campo de la Moral Política, y casi que de manera hagiográfica, a un estadista tendemos a concebirlo como una insigne Persona de Bien; alguien que no sólo es profundo conocedor de los asuntos de Estado, sino que, al mismo tiempo, es poseedor de una notable elevación intelectual y moral, así como de una sabiduría que le permite discernir lo que es oportuno y conveniente para su país; superando, con creces, la visión generalmente cortoplacista –y a veces necia- de los gobernantes comunes, y también las mezquindades habitualmente presentes en los sectarismos político-partidistas. Un estadista es visto, así, como una persona virtuosa, cuyo señorío de sí misma le hace capaz de dominar sus propias apetencias personales, posicionándose como eficiente y sabio ductor del Bien Común Inter-generacional.

Y es que el término ‘estadista’ viene de ‘Estado’; siendo que éste (el Estado) es precisamente un instrumento de la civilización, una institución organizada y dispuesta para la procura del Bien Común de la sociedad, de la nación; razón por la que, a priori, puede lucirnos contra-natura la existencia de un estadista que procure el mal, que llegue a planificarlo y a gestionarlo como eje transversal de su vida pública y de sus ‘servicios’ como hombre de Estado.

No obstante, el referido vocablo (“estadista”) es definido por la Real Academia de la Lengua (RAE), simplemente, como “persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado”; así –sin más- sin referencia a elemento axiológico alguno, sin que la valoración del Bien aparezca como dato característico, ni mucho menos como virtud de necesaria práctica para alcanzar la condición de tal. 

Semánticamente, queda claro, entonces, que un estadista no siempre es una persona de bien; razón por la que cabe admitir la existencia de hombres y mujeres conocedores y dedicados a los asuntos de Estado (estadistas), cuya conducta esté abiertamente reñida con el Bien; no sólo en la dimensión personal de éste –por carencia de valores y ajenidad a la práctica de virtudes humanas y ciudadanas como la justeza, la honestidad, la probidad, la empatía y el respeto por el otro- sino que también lo esté en su dimensión social, esto es, en el ámbito del Bien Común: en la procura del bien para la generalidad de sus conciudadanos.

En Venezuela, la casta política encabezada por Hugo Chávez, y cuyo liderazgo éste, en artículo mortis, legara a Nicolás Maduro; es claro ejemplo de lo planteado. El liderazgo del autodenominado Socialismo del Siglo XXI constituye un grupo de personas que, por haber ocupado ininterrumpidamente los más altos cargos de la República durante las dos últimas décadas, han llegado a alcanzar un privilegiado conocimiento de los asuntos del Estado venezolano, y una sin igual experiencia en el manejo de éste; lo que –apegándonos estrictamente a la definición de la RAE- les hace granjearse el apelativo de “estadistas”.

Prueba de ello es que a estos sujetos podemos observarlos cómodos, confiados, sobre-seguros en sus performances al frente de ministerios, embajadas y magistraturas; y hasta podemos percibirlos con particular desenvoltura en sus intervenciones ante los organismos internacionales. Estas personas se muestran hábiles en el manejo de los tecnicismos jurídico-formales requeridos para el funcionamiento de los distintos Poderes Públicos; tecnicismos éstos que, con notable agilidad, saben utilizar para sancionar leyes, emitir decretos, dictar sentencias, elaborar y ejecutar presupuestos públicos, etc. En fin: saben manejar –manipular- las formalidades del Estado, cual maleable arcilla en manos de veterano alfarero. Son auténticos estadistas, al margen de todo juicio de valor acerca de sus intenciones y de los resultados de su gestión pública.

Los estadistas del Socialismo del Siglo XXI saben lo que hacen con la República; conocen los intríngulis y vericuetos del Estado venezolano, cuyo ordenamiento jurídico ellos mismos confeccionaron como traje a la medida del difunto Dictador, a quién han heredado en sus intenciones de gobernar “hasta el 2000-siempre”.

En el manejo de la República, esta casta de estadistas no son niños –y mucho menos de pecho-. Y si en algún momento llegaran a parecerlo, es sólo de manera simulada, para generar esa subestimación con la que el liderazgo opositor les ha favorecido por tantos años; mientras que ellos aprovechan cada oportunidad para, con morbo, exhibirnos su absoluto control del aparato del Estado, con el mismo grado de destreza con la que un niño manipula su consola de video-juegos. 

Estos personajes no sólo conocen en detalle la estructura y funcionamiento del Estado venezolano, sino que también saben exhibir ese privilegiado conocimiento ante cámaras y micrófonos, cuyo inefable dominio han adquirido a lo largo de los años. No en balde son la casta que, hegemónicamente, ha ocupado el poder desde 1999.

No obstante –y sin entrar a considerar sobre sus ampliamente conocidos y documentados vicios personales (ámbito del Bien en su dimensión individual)- dicha generación de hombres y mujeres de Estado, constituyen claro ejemplo de lo que es el empleo del conocimiento y experiencia estatal para fines abyectos, diametralmente opuestos al Bien Común. Son una generación que ha logrado organizarse para alcanzar -como en efecto han alcanzando- el poder absoluto de la República, con meros fines de dominación, de placer por el poder en sí mismo y, por tanto, capaz de cometer impúdicos fraudes electorales y hasta llegar al genocidio para mantenerse en la usurpación. Son una generación de líderes políticos, caracterizada por una insaciable concupiscencia por el tener; lo que los ha llevado a incursionar en el crimen organizado nacional e internacional, dominando vastas redes de corrupción, narcotráfico y lavado de dinero; valiéndose para ello del aparato estatal venezolano.

Esta perniciosa generación de personeros del Estado que, muy acertadamente, fuera calificada como “La Peste del Siglo XXI”; es en tal grado contraria al Bien Común, que ha sido capaz de elaborar sistemáticas políticas públicas para hacer daño intencional a determinados sectores de la sociedad, sin importarles los daños colaterales hasta para sus propios adeptos. 

Su dolo y desviación de poder en el manejo de la Cosa Pública ha sido tal, que Aristóbulo Istúriz: uno de los más conocidos ministros de Chávez y Maduro –y una especie de apóstata de la Democracia- ha llegado a confesar, públicamente, que el férreo y altamente nocivo control cambiario establecido en Venezuela desde 2003, no ha tenido una finalidad económico-financiera, de estabilización monetaria por el bien del país; sino que lo que realmente ha perseguido es el golpear y perjudicar al empresariado opositor. Es decir, el quid de esta medida ha sido el deseo y la procura del mal a un sector determinado de la sociedad (mal en hipótesis de dolo); sin advertir que sus efectos deprimirían la economía del país (mal en hipótesis de impericia); y mucho menos permitiéndose detener dicha medida antes de que lograra la total devastación del aparato productivo venezolano (mal en hipótesis de omisión o negligencia). 

Héctor Rodríguez, de los más jóvenes personeros del chavismo-madurismo y, a la sazón, Ministro de Educación; en otra prueba de lo que es el diseño y ejecución de políticas públicas divorciadas del Bien, llegó a expresar que los programas educativos del 'Gobierno Bolivariano' no podían terminar haciendo que los pobres salieran de la pobreza, para que luego se hicieran de clase media y, con ello, pasaran a ser "escuálidos" (entiéndase: opositores al régimen).

Estos estadistas se han propuesto y han logrado legislar, sentenciar, así como planificar y ejecutar acciones de gobierno, con objetivos siniestros como acallar y negar la Verdad; criminalizar conductas auténticamente cívicas, apresar miles de inocentes, inducir la hambruna generalizada como instrumento para la sumisión del pueblo; arruinar la empresa privada para que sus dádivas como agentes del Sector Público, sean la única posibilidad de subsistencia de una población famélica; conformar grupos paramilitares para el control social al margen de toda Ley; así como constituir cuerpos policiales para el exterminio (el FAES), cuya indumentaria –por demás- ha incluido el uso de macabras máscaras de calavera para, con su sola presencia, generar miedo en la población. Maldad acompañada de fealdad, anti-ética ataviada de anti-estética.

El grado de maldad ha sido tal, que entre sus tropelías se encuentra el haberse atrevido a planificar, ejecutar y hasta a confesar que han apostado francotiradores en las azoteas de los edificios caraqueños, para hacer una especie de juego de ‘tiro al blanco’ con las cabezas de los manifestantes opositores al régimen. 

Para la historia universal, y esperando castigo de la Justicia Penal Internacional, quedan, entre tantas otras fechorías, las infelices palabras de Roy Chaderton: alto personero del régimen, quien fuera Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Hugo Chávez, y su representante permanente en la Organización de Estados Americanos (OEA); el cual, ante las cámaras de la televisora del Estado venezolano, se atreviera a afirmar, cínicamente, que las balas de los francotiradores del régimen atravesaban con facilidad la cabeza de los opositores, porque sus bóvedas craneanas –a diferencia de las de los chavistas- eran huecas, carentes de contenido; y que, por ello, el sonido de la balas que les impactaban era el de un mero chasquido.

Esta es la nefasta clase de estadistas que, por veinte años, han dirigido los destinos de Venezuela; una generación hombres y mujeres de Estado tan íntimamente vinculados al Mal, que –unas veces por acción y las otras por omisión- han logrado arrasar todo bienestar material, moral y espiritual en nuestro país; dejándolo en auténticas ruinas. 

Entre el odio y la ignorancia los han conducido a hacer el mal que han querido, y también a dejar de hacer el bien que han podido. Y por sus frutos hoy los conocemos: son auténticos ESTADISTAS DEL MAL.


Madrid, 16 de octubre de 2019.

SOCIALISMO DEL SIGLO XXI Y ANTROPOLOGÍA CRISTIANA


Por: Jonathan A. García Nieves


Bien es sabido que las ciencias sociales tienen por objeto de estudio la sociedad y el comportamiento del hombre dentro de ésta; y también es sabido que, dentro de este orden del conocimiento, la Ciencia Política se enfoca en el comportamiento y organización de la sociedad en su expresión más elevada, que es la Comunidad Política: sustrato personal del Estado.

Resulta indiscutible que, desde su aparición en el siglo XVIII, el conocimiento científico sobre estos objetos de estudio (sociedad y política), ha tenido un enorme desarrollo y evolución en beneficio de la humanidad. No obstante, la generación de conocimiento en el campo social y político no es monopolio exclusivo de la Ciencia. Con secular antelación, los otros dos órdenes del conocimiento, esto es, la Filosofía y la Teología, ya han estado haciendo lo propio en este sentido; cada uno conforme a su particular método y enfoque; generando nociones que hoy, junto al conocimiento científico-social, entendemos como complementarias entre sí; y permitiendo con ello una comprensión holística de las fenomenologías propias de estos campos.

La sociedad y la política -y también la economía- son fenómenos humanos de tal amplitud y complejidad, que su estudio mal puede ser dejado exclusivamente en manos de científicos sociales, sin incurrir en un abordaje reduccionista, limitado; ergo: insuficiente para su plena comprensión.

La Teología afirma que la causa eficiente de la existencia de la sociedad y, por ende, de la comunidad política, no es otra que la sociabilidad inherente al hombre: ese carácter gregario del ser humano, que genera la red de relaciones que conforman el tejido social, y que abren la mente y los corazones a la procura del Bien Común.

Para comprender a profundidad cualquier fenomenología social y/o política, se requerirá, entonces, tener siempre en cuenta el Principio Antrópico: recurrir al conocimiento del hombre como sujeto, fundamento y fin de la vida social. Sin una correcta comprensión de la persona humana en todas sus dimensiones, mal podremos llegar a determinar la causa raíz de los problemas sociales, políticos e, incluso, económicos; y mucho menos encontrar adecuadas soluciones a los mismos. Ejemplo de ello es el fenómeno chavista, el autodenominado Socialismo del Siglo XXI; por el cual muchos, dentro y fuera de Venezuela, aún hoy se preguntan cómo pudo haber llegado a calar tan hondamente en la sociedad venezolana, a pesar de sus devastadores y prontamente perceptibles efectos sobre el orden social y la economía del país.

¿Cómo es que una madre chavista pudo haber justificado, ante los medios de comunicación, el asesinato de su propio hijo por haberse atrevido a manifestar  contra el régimen? ¿Por qué la corrupción ha podido seducir a tantos miles –o cientos de miles- de venezolanos, que no han dudado en enriquecerse ilícitamente a costa de la destrucción de su propio país? ¿Qué hace que un militar venezolano subyugue a su propio pueblo, siguiendo instrucciones de la tiranía cubana? ¿Cómo es que un usurero revendedor de medicinas puede hacer riqueza con la desgracia de un enfermo crónico o terminal? ¿Qué hace que un adepto al chavismo llegue a contradecir su propio credo religioso, para mantener la defensa de una “revolución” plagada de contrariedades a los principios judeo-cristianos?

Sin duda, las respuestas están en el fuero interno de cada venezolano, en esas profundidades del ser humano, insondables para la Ciencia.

La Antropología Cristiana señala que el hombre -la persona humana- es un ser multidimensional: su existencia no se limita al mero ámbito físico, corporal, del espacio-tiempo (plano de lo visible y temporal), sino que, en simultáneo, despliega su existencia en el ámbito de lo psíquico y de lo espiritual (plano de lo invisible y trascendente).

En este sentido, afirma sabiamente el Magisterio de la Iglesia Católica, que cada ser humano tiene existencia en seis dimensiones, a saber: personal, social, corporal, espiritual, histórica y trascendente; siendo que en todas ellas el hombre ejerce su voluntad y libre albedrío: potencias del alma racional que nos distinguen de los seres con alma meramente sensitiva (los animales); y que, por lo tanto, hacen que nuestros actos estén siempre regidos por el orden moral.

La vida social y política pertenecen a las dimensiones social e histórica del hombre; pero, por Principio de Unidad de la Persona Humana, estas dimensiones están inseparablemente relacionadas con las restantes cuatro;  todas las cuales se impactan entre sí, pues una y única es la persona que se despliega en todas ellas.

Así, un venezolano con hambre inducida (debilitado en su dimensión corporal); con la autoestima seriamente resquebrajada por el drama familiar y la injusticia social (lastimado en su dimensión personal y psico-social); sometido a una sistemática prédica del odio; carente de temor de Dios y alejado del Bien (afectado en su dimensión espiritual); ha sido más proclive a dejarse seducir una ideología y una oferta política contrarias al Bien Común. Su instinto de supervivencia, su resentimiento social, su anomia moral y su debilidad espiritual; le han impulsado al egoísmo, a la expoliación, a procurar su exclusivo bien material, incluso a costa del mal general que ha estado causando su propia gente, a la sociedad a la que él mismo pertenece.

El abordaje de la fenomenología constituida por el Socialismo del Siglo XXI y sus devastadores efectos sociales, políticos y económicos; con soslayo de las implicaciones morales y espirituales presentes en todos los actos humanos, resulta incompleto y, en tal virtud, insuficiente para su comprensión plena.

El Socialismo del Siglo XXI es una ideología dañina para el hombre, que ha logrado la desfiguración de la venezolanidad; es un letal enemigo de la concordia, de la paz, de la sana convivencia; que hace resonar las palabras de Juan Pablo II en la carta encíclica Centesimus Annus: “la dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los problemas de la convivencia humana”.

Todos los ámbitos de la convivencia humana (familiar, social, político, económico, etc.) están sujetos al orden moral, y no son ajenos a la dimensión espiritual de la persona humana. 

La Teología aporta nociones necesarias para alcanzar el adecuado conocimiento del hombre, de la sociedad y de la política; y por tanto nos da luces acerca de las causas de esta insospechada involución social y política de la nación venezolana, y de esta inefable retrogradación humana y cívica de quienes aún sostienen la causa chavista.

Son muchos y valiosísimos los aportes del orden teológico en este sentido. Unos de los más importantes, en abono del desarrollo de la Teoría Social y Política, es el Sentido Moral del Hombre; tema de reflexión metafísica desde la antigua Grecia.

Al abordar este tema, la Antropología Cristiana ha aclarado que el sentido moral, gracias al cual podemos intuir el bien y el mal (lo que se debe hacer y lo que se debe evitar); si bien es innato, propio e inmanente a la naturaleza humana; tiene particular despliegue en el ámbito relacional del hombre (en las relaciones con sus congéneres).

Conforme a las enseñanzas del Magisterio Social de la Iglesia Católica, es preciso tener presente que ese sentido moral innato al hombre, no implica que la sociabilidad humana comporte, automáticamente, la Comunión de las personas entre sí; esto es, el don, la entrega amorosa de unos a otros en procura del Bien Común. Ello debido a que, como afirmaran los padres del Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes: “por la soberbia y el egoísmo, el hombre descubre en sí mismo gérmenes de insociabilidad, de cerrazón individualista y de vejación del otro.

Precisamente, el ‘hombre nuevo’ surgido del socialismo chavista y cuya incubación fuera tan cacareada por el difunto dictador; es prueba de que ese sentido moral innato no es garantía de bondad en el hombre; y mucho menos de comunión y solidaridad para con el prójimo. El hombre siempre será libre para optar entre el Bien y el mal. Y –guiado por el odio, el resentimiento y la tentación del dinero mal habido- en Venezuela un gran grupo humano llegó a optar por el mal: prefirieron la corrupción y la dádiva estatal antes que el trabajo generador de riqueza; la cerrazón ideología antes que el esplendor de la Verdad; incluso muchos optaron por el paganismo y hasta los ritos satánicos, abandonando su fe en Dios. Con sus votos en las primeras de cambio, luego apoyando sucesivos fraudes electorales, y siempre mostrando los dientes de la violencia potencial (“Esta es una revolución pacífica, pero armada”); los adeptos al chavismo han tenido la capacidad de sostener por dos décadas a un régimen realmente perverso, malvado, lacerante de la humanidad en tierra venezolana.

La extinción del la maquinaria de muerte autodenominada Socialismo del Siglo XXI, comienza en el fuero interno de cada venezolano; requiere de un cambio personal, de un indispensable proceso de conversión moral y espiritual.

Sin duda, la recuperación de la libertad, la concordia y el bienestar general en Venezuela, requiere de un sesudo plan de acciones sociales, políticas y económicas; pero primero pasa por la restauración psíquica, moral y espiritual del venezolano. Y en este sentido no hay tiempo que perder. Es tiempo de sacar lo mejor de nosotros mismos como personas, para impactar positivamente la sociedad. Es tiempo de deponer el odio, y también de dominar la concupiscencia por el poder y el tener, que nos han conducido a ser una de las sociedades más violentas y corruptas del mundo.

Por amor a nosotros mismos y al prójimo, debemos recuperar la visión del Bien Común, que no es más que nuestro propio bien en comunión con el de nuestros semejantes.

La comunión entre los venezolanos –deseable en todos los ámbitos de nuestra relacionalidad humana, incluida nuestra Comunidad Política- si bien es prescrita por nuestro sentido moral innato; para su efectiva concreción requiere de una indispensable decisión personal, signada por la apertura amorosa hacia nuestro prójimo y su bien, como si se tratara del nuestro propio (“Amarás al prójimo como a ti mismo”).

La batalla contra la perversidad intrínseca al Socialismo del Siglo XXI no es sólo en la arena política; también lo es en el campo moral, psíquico y profundamente espiritual. Queda de nosotros obviarlo o no.


Madrid, 31 de octubre de 2019.

EL DESPRECIO POR LA VIDA HUMANA EN EL PENSAMIENTO SOCIALISTA


Por: Jonathan García Nieves



Dada la influencia cristiana en la cultura occidental, tanto el respeto a la vida humana como la solidaridad, representan valores fundamentales de nuestras sociedades políticas. Estos valores, derivados de la razón humana y afianzados en la revelación bíblica, se encuentran tan profundamente arraigados en nuestra conciencia colectiva, que han alcanzado un vigor meta-religioso, esto es, un grado de coercibilidad moral que ha sobrepasado los límites de la cristiandad; incidiendo en la conducta de las grandes mayorías sociales de Occidente, sin distingo de credo alguno.

Estos dos valores se derivan del principio de Dignidad de la Persona Humana, cuyo argumento racional consiste en que el hombre, por el solo hecho de serlo, tiene un valor que le es inherente en cuanto ser dotado de racionalidad y libre albedrío. Desde el punto de vista de la fe, el Cristianismo nos ha revelado esta dignidad en su plenitud teológica, esto es: por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, por haber sido redimido por Cristo y por ser templo del Espíritu Santo; cada hombre, cada mujer, cada niño, cada anciano, sin distingo de ningún tipo; goza de una dignidad irreductible en todas las dimensiones y estadios de su vida. La persona humana es sujeto, no objeto; un alguien y no un algo; razón por la cual tiene un valor superior a todos los bienes, materiales e inmateriales. Y justo por ello es que el Cristianismo rechaza y condena que el capital sea puesto por encima del hombre.

Esta dignidad de la persona humana es  imperecedera, imprescriptible. Su duración es de extremo a extremo de nuestra existencia; en virtud de lo cual la vida humana debe ser respetada, preservada y protegida en todos sus estadios, desde la concepción hasta la muerte natural. Asimismo, la dignidad humana es causa de nuestro deber de solidaridad para con el prójimo. La solidaridad debe ser practicada para con el necesitado, ya que éste comparte con nosotros la misma dignidad humana.

Conforme a la moral cristiana, la dignidad de la persona humana nos insta a la valoración de la vida (propia y ajena) como un don divino, así como a la práctica de la solidaridad para con nuestros congéneres; siendo que estos dos valores (respeto a la vida humana y solidaridad) tienen su fundamento en el mandamiento de “Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo”. Por amor a Dios y a nosotros mismos, debemos valorar y conservar nuestra propia vida; y por amor a Dios y al prójimo, debemos valorar la vida de este último y ser solidarios con él en la procura de su preservación. Asimismo, conforme a la doctrina cristiana, la vida humana debe ser vivida y compartida en el amor (“Amaos los unos a los otros”); siendo el amor la gran fuerza motriz de la solidaridad (“Lo que hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”).

Por estas razones, en toda sociedad de base cultural cristiana, resultará difícil de rechazar a priori una oferta ideológica que superponga al hombre sobre el capital, y que también muestre cierta preocupación por los sectores más débiles, vulnerables e indefensos del cuerpo social. Sin duda que estas dos posiciones, prima facie, pueden dar la impresión de que estamos ante una ideología que valora la vida humana.

En su discurso -que no su praxis- la ideología socialista propugna estas ideas. De allí que constituya un virus capaz de sortear las primeras barreras de defensa axiológica de nuestras sociedades políticas, culturalmente abiertas a la vida y dispuestas a la solidaridad. Y justo por ello, esta corriente de pensamiento político tiene una presencia particularmente endémica en nuestra región latinoamericana, pues se trata del mayor pulmón de la Cristiandad, “el continente de la esperanza” en palabras de Juan Pablo II.

Como lluvia copiosa, el ideario socialista ha permeado el pensamiento de distintas generaciones en diversos países de cultura cristiana. Inducidos al error, víctimas de una oferta político-ideológica fraudulenta, muchos han llegado a asumir el Socialismo como una corriente beneficiosa para la vivencia de los valores in comento. Nada más lejos de la realidad. Se trata de un auténtico canto de sirenas, un timo ideológico no apto para desprevenidos.

Quién no se detenga a analizar las inconsistencias filosóficas del Socialismo, corre el riesgo de ceder ante sus seducciones, y terminar convirtiéndose, precisamente, en un instrumento ciego contra la defensa y protección de la vida humana, y contra la solidaridad en sus circunstancias de mayor vulnerabilidad.

Por el solo hecho de superponer el ser humano al capital, el socialismo no está reconociendo la plena dignidad de la persona humana; simplemente está poniendo al  capital por debajo del hombre, pero ello dentro de una escala en la que éste (el hombre) se encuentra por debajo del Estado, y este último por debajo de la Revolución; lo que, irremediablemente, conduce a un totalitarismo arbitrario y aplastante en que la persona es cosificada por el Estado, instrumentalizada por la Revolución, y tratada como mera pieza del sistema por el tiempo que sea pueda serle útil a éste.

El solo hecho de combatir la inmoral primacía del capital sobre el hombre, no hace de la ideología socialista una corriente favorable al ser humano. El socialismo es un pensamiento anti-humanista, esencialmente materialista, que niega la esencia espiritual y trascendente del hombre y que, por ende, valora únicamente el aspecto físico de la vida humana. Siendo, además, que esta valoración física es sólo por un tiempo limitado: mientras la persona sea lo suficientemente fuerte e independiente para no requerir del auxilio de sus congéneres. Por ello, la izquierda mundial aboga por el abortismo y la eutanasia.

Para los socialistas, el ser humano, en los frágiles extremos de su existencia biológica (fases intrauterina y de proximidad a la muerte natural), no es un ‘alguien’ sino un ‘algo’, una cosa de la que se puede disponer. Para ellos, la vida del ser humano en el vientre de la mujer, es concebida como un apéndice del cuerpo femenino, una especie de órgano, y casi que un tumor extirpable a voluntad de la madre filicida. Para ellos, asimismo, la vida del enfermo terminal no es más que un desecho familiar.

En el ADN del Socialismo se encuentra el gen de la contradicción más profunda a sus postulados de defensa y solidaridad para con los desvalidos y más vulnerables. Para encontrarse con la veracidad de esta afirmación, bastaría con dar sincera respuesta a las siguientes interrogantes:

¿El derecho a la vida es exclusivo de las personas sanas y que puedan valerse por sí mismas? ¿Tenemos el deber legal y moral de socorrer a una persona que desea suicidarse, pero no con respecto a una persona que, por estar impedida de suicidarse, le pide a otra que le cause la muerte por eutanasia? ¿La solidaridad y el deber de socorro que nos instan a salvar la vida de un criminal que corre el riesgo de morir en su claustro carcelario; no procede para salvar al ser humano mientras está en el claustro materno? ¿Mientras está en el vientre de su madre, el hombre no es ser humano? ¿Si una madre primeriza lo es, precisamente, por su relación con el niño que lleva en su vientre, y este niño no es una persona sino una cosa desechable, entonces la mujer embarazada tiene relación de maternidad con respecto a una cosa? ¿Puede protegerse y defenderse al desvalido -incluidos el enfermo terminal y el ser humano intrauterino- sin respetar el más sagrado de sus derechos, que es la vida?

Lo que resulta una perogrullada viene a ser el mayor signo de contradicción en la bitácora del buque socialista. Éste, una vez asumido el poder político, siempre encalla en las aguas poco profundas del irrespeto a la dignidad humana. Los más vulnerables: aquellos a quienes se ha ensalzado y seducido con promesas de protección, respeto y defensa; terminan siempre pisoteados, cosificados cual si fueran simples piezas en el juego revolucionario.

La vida, el más sagrado de los derechos humanos, es tratado por el Socialismo como si fuera un plus en la esfera jurídica del hombre: un atributo del que se puede carecer según las circunstancias previstas por el sistema.

Al concebirse la vida humana de manera reductivista (sólo en sus dimensiones material y temporal, y excluyendo sus extremos inicial y final), se incita a la cultura de la muerte y de la insolidaridad; se pretende vaciar de contenido moral el deber de no matar, así como el de hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para preservar la vida propia y ajena.

Es tal el desprecio por la vida humana en el pensamiento de izquierda, que mientras su abortismo militante les lleva a considerar al feto humano como un mero apéndice del cuerpo femenino, un ‘algo’ carente de todo derecho porque -según ellos- no es persona; por otra parte, incurren en la aberración jurídica de declarar a las semillas de las plantas como sujetos de Derecho. Sí, apreciado lector, tal cual: un sujeto de Derecho, es decir, un sujeto capaz de ser titular de derechos y vincularse mediante obligaciones personales; tal como lo sabe cualquier estudiante de primer año de Ciencias Jurídicas. En este sórdido despropósito incurrió la mayoría parlamentaria del socialismo chavista cuando, en 2005, dictó una Ley de Semillas venezolana, en cuyo artículo 4 estableció que “Se reconoce a la semilla como ser vivo y (...) y sujeto de derecho…”

Así son las cosas en el socialismo: un sistema de creencias con los valores a todas luces invertidos; donde una semilla (ad exemplum: un frijol) es reputada como sujeto, mientras que un ser humano es tratado como objeto. Para los socialistas, una semilla es un sujeto de Derecho; lo que implicaría la posibilidad de que la ésta sea titular de derechos -incluida la vida-, mientras que un ser humano en el vientre materno, carece de derecho a la vida porque no es un sujeto sino un objeto. En pocas palabras, para un socialista, el niño que una mujer lleve en su vientre no tiene madre sino ‘propietaria’.

Más que dantesco resulta el imaginarse a alguna de las ‘parlamentarias del horror’, (diputadas chavistas que aprobaron semejante aberración legislativa), arrullando tiernamente a un grano de frijol o de arroz, después de haber abortado -asesinado-  al hijo que llevaba en su vientre.

Olvidaron los socialistas chavistas que la semilla es capital, un insumo para el agro;  y que, por tanto -apegados al pensamiento del propio Karl Marx- mal puede ser privilegiada por encima del ser humano en su fase intrauterina. ¡Vaya contradicción!

Mientras redactamos estas palabras, los socialistas avanzan en sus procesos legislativos para despenalizar el aborto en México y para aprobar la eutanasia en España. Son persistentes en su misión de instaurar la cultura de la muerte y de la insolidaridad para con los seres humanos más desvalidos y vulnerables.

Oportunidad para que nuestras naciones hagan gala de ese gran acervo moral de nuestra cultura cristiana, que es el humanismo integral; y, solidariamente, plantemos cara en defensa de la vida humana, muy especialmente en ese sagrado estadio que es la gestación en el vientre materno.

Antes de haberte formado yo en el vientre de tu madre, te conocía; antes de que salieras de su seno te consagré.” (Jer. 1:5).



Madrid, 23 de febrero de 2020.