Por: Jonathan A. García Nieves
La comunidad
política, como todo ámbito de la vida social, requiere de puntos de referencia
que guíen su estructuración y conducción por la senda del Bien Común.
El cristianismo
predica valores fundamentales de la vida social y política, desentrañados de la revelación bíblica; y los
cuales, por ser inherentes a la dignidad de la
persona humana, no están limitados a
determinadas culturas ni épocas, sino que constituyen un acervo común e
imperecedero de toda la humanidad.
Entre estos
valores se encuentra la Verdad; la
cual se yergue como gran faro lumínico que nos permite mantener el rumbo
cierto, a pesar de las brumas de algunos
sistemas, proyectos, intenciones, ideologías y postulados, que amenazan
obscurecer el entendimiento.
En su carta encíclica Veritatis Splendor, Juan Pablo II afirmó
que “Ciertamente, para tener una «conciencia recta», el hombre
debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad”. De tal manera, la Verdad, como
valor fundamental de la comunidad política,
requiere del ejercicio personal de la virtud y, por ende, de una actitud moral de todos los miembros del cuerpo
social, que han de abrazar este valor como garantía para alcanzar una
recta conciencia ciudadana.
Así, tanto los ciudadanos comunes como los gobernantes –que son los
mayores responsables de la vida pública- deben buscar y abrazar el valor
de la Verdad, en procura de perfeccionar toda estructura social, cultural, jurídica, política y económica del
país.
En la comunidad política,
la mentira en todas sus vertientes, manifestaciones
y recursos retóricos (falsedad, engaño,
manipulación; calumnia, injuria, perjurio,
eufemismo, posverdad, fake-new;
populismo, demagogia, etc.), se contrapone al Bien Común; y, por ende, va en
contra del plan de Dios para la humanidad.
En el ámbito
del ser, el orden social deseado Dios, es inherente a su esencia en el hombre,
que –creado a su imagen y semejanza- está predestinado a conformar el cuerpo
social en reflejo de algunos
atributos divinos como la Libertad, la Justicia, el
Amor y la Verdad.
Dios, que es
verdadero e infinitamente veraz, llama al hombre a su encuentro. Razón por la cual, el ser humano, por naturaleza, siempre mostrará inquietud
ante lo desconocido, y se sentirá atraído hacia el conocimiento de la Verdad, de manera similar cómo el hierro es atraído por la fuerza magnética.
Se trata de una hermosa realidad ontológica,
insuperablemente descrita por San Agustín de Hipona: “Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta
que descanse en ti”.
No obstante, el hombre, esencialmente atraído por el conocimiento de
la Verdad, no necesariamente abrazará
ésta al encontrarla; pues, así como en su naturaleza está el sentirse
atraído por la Verdad, también en su naturaleza está la libertad de aceptarla,
creerla, asumirla y honrarla. Ello en virtud de que la persona humana, en su
libre albedrío, es también imagen y semejanza de su Creador, que es
infinitamente libre.
De modo que el
ser humano está naturalmente inclinado al conocimiento de la Verdad; pero sin que ello desvirtúe su
libertad de negarla y contradecirla en ejercicio de su libre albedrío.
El hombre
puede encontrar o no la Verdad; y, en
caso de encontrarla, será libre de reconocerla o negarla, de asumirla o
rechazarla. Siempre
podrá el hombre incluso mentir y, con ello, afectar el
conocimiento y comprensión de la Verdad por terceras personas. Pero lo que nunca podrá el hombre es
desvirtuar ni alterar la Verdad,
porque ésta es inmutable.
Como bien lo expresara el poeta
español, Antonio Machado: “La verdad es
lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”.
Ya en el ámbito del deber-ser, es de destacar que el hombre, además de su
natural inquietud por la Verdad,
tiene el deber de buscarla y honrarla a fin de ser cada
vez mejor persona. En este sentido, resuenan
las palabras de Jesucristo: “Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”; y por ello, siendo la Verdad
un atributo de Dios; su búsqueda, respeto y atestiguación constituyen deber
fundamental de la moral cristiana.
Este deber moral de
buscar, respetar y atestiguar la Verdad;
interpela al venezolano de hoy, y le impulsa reaccionar -como en efecto ha
reaccionado- ante un escenario político en que
los gobernantes, de manera impúdica, echan mano de la
posverdad: ese eufemismo de la
mentira, que la Real Academia de la Lengua ha definido como la “Distorsión deliberada de una realidad, que
manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en
actitudes sociales”.
Esta
situación es particularmente grave, ya que el Estado venezolano cuenta con una
hegemonía comunicacional absoluta, lograda no
solamente con múltiples expropiaciones y cierres de medios libres, sino también
con una planificada proliferación de medios
ideologizantes a su servicio; así como un férreo control legal y administrativo
del sector, a través de la amordazante Ley de Responsabilidad Social en Radio y
Televisión (Ley RESORTE) y la censora Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL).
El Estado venezolano –por
demás- hace gala de una eficaz ingeniería psico-política, hábilmente dirigida
desde los servicios de inteligencia, y ejecutada por un formidable aparato de
redes sociales, cuya
misión es desinformar y generar confusión en la opinión pública.
En la Venezuela de hoy,
el ciudadano común, en su azarosa búsqueda de la verdad, debe desmalezar
cotidianamente el campo de la “información” circulante; un campo que el régimen
se encarga de plagar de fake-news
(noticias falsas): ese anglicismo de moda, con el que se llama a los contenidos
pseudo periodísticos, difundidos a través de los medios y redes sociales, y
cuyo objetivo es la desinformación con fines de engañar a la población; así
como manipular la opinión pública, e inducirla al error para obtener ventaja
política y/o económica.
En estas circunstancias históricas,
urge apuntalar los cimientos morales de nuestra República, debilitados por
largos años de anti-valores predicados y practicados desde el poder, y entre
los cuales se destacan la mentira, el engaño y la manipulación. La Verdad debe ser restaurada como valor
fundamental de nuestra comunidad política. Y en este sentido, cobran gran
importancia las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, Madre y Maestra de
Humanidad, que nos enseña que “Vivir en
la verdad tiene un importante significado en las relaciones sociales: la
convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad, en efecto, es
ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas, cuando se funda en la
verdad.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, No. 198).
Para restaurar los
cimientos morales de la República, y muy particularmente el valor fundamental
de la Verdad, se amerita de un gran
esfuerzo como nación. En ese sentido, tanto los responsables de la vida pública
como la ciudadanía en general, debemos emprender una histórica campaña de prolongado
aliento, en procura de que la Verdad sea
honrada en los más variados espacios y ámbitos de nuestra comunidad política. Y
en ello tienen gran responsabilidad los liderazgos de todos los sectores políticos.
La ciudadanía tiene
derecho a saber la verdad, sin importar la tendencia, sector, partido o
liderazgo político que pueda resultar afectado. El pueblo venezolano anhela y
tiene derecho a ser libre, y para ello necesita mucho más que un urgente y
justificado cambio de régimen. Todos, como sociedad, precisamos guiarnos por el
esplendor de la Verdad: ese valor
teológico-moral y también socio-político, indispensable para la auténtica libertad
de los pueblos.
Sirva la ocasión para
recordar y confiar en la promesa del Redentor:
“…la verdad os hará libres”.
Madrid, 10 de diciembre de 2019.
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