Por: Jonathan A. García Nieves
Entrados ya en el segundo
trimestre de 2020, la pandemia de COVID-19 que tuvo su origen en China a
finales del pasado año, prosigue su vertiginoso avance por el mundo. Nos acecha
un formidable agente de exterminio; una peste que se expande por el orbe y que,
como un tsunami, va inundando cada continente y cada país con una ola de muerte,
aislamiento y miedo; un virus que ha puesto en jaque la economía global, y que
amenaza, incluso, con alterar nuestra civilización tal como la hemos conocido
hasta hoy.
No se trata de una amenaza
extraterrestre. Quizás para ello habríamos estado un poco más preparados; o al
menos eso quisiéramos creer, al pensar en nuestro ingente arsenal de bombas atómicas,
misiles balísticos de largo alcance, aviones caza capaces de combatir en la
estratósfera; además de los tan avanzados escudos de defensa antimisiles: una
tecnología que ya desde la década de los 80 del siglo pasado, fuera concebida
como el sistema de “Guerra de la Galaxias”.
Tampoco se trata de una
invasión armada por parte de una gran potencia militar. Sin duda que para ello también
habríamos estado un poco más prevenidos, al contar con nuestros inmensos ejércitos
abundantemente apertrechados, dotados con letales armas con miras laser y visión
infrarroja para que –en cualquier circunstancia- pudieran detectar y dar
cacería a ese ‘feroz enemigo’ con el que nos estaríamos enfrentando, y que no
es otro que nosotros mismos.
Pero no; ninguno de estos escenarios
es el que hoy amenaza nuestro género. Se trata de un enemigo microscópico,
invisible al ojo humano; una amenaza que no nos golpea tanto por su fortaleza,
sino por nuestras profundas debilidades, entre las que se encuentran la necedad
(invertir más en pertrechos para hacer la guerra, que en investigación útil a
la vida y la salud), el egoísmo (reservase insumos que debieron ser enviados a
tiempo, para contener la pandemia en los primeros países afectados), la
insolidaridad (haber actuado inicialmente como si se tratara de un problema de
países puntuales, que han debido resolverlo por sí mismos); la mentira (no
revelar la verdad acerca del origen y cifras de mortalidad del virus, sólo para
preservar la imagen de un determinado sistema político-ideológico), y la
infravaloración de la vida humana ante lo material (insistir en que los
trabajadores sigan trasladándose a los centros de trabajo, a pesar del alto
riesgo para su vida, a fin de mantener pujante la economía); por sólo mencionar
algunas.
Este virus –al menos hasta
ahora- pareciera no afectar al resto de los seres vivos, sino exclusivamente al
género dotado de inteligencia: la
humanidad. Y, quizás por ello, algunos, de manera reactiva, pretenden
transferir la responsabilidad a Dios, como si se tratara de un ‘castigo divino’;
mientras otros se la atribuyen a la naturaleza, como si fuera una especie de ‘rebelión
natural’ por nuestros desmanes ecológicos. ¡Vaya manera de evadir nuestra
propia responsabilidad!
Dios –que es amor- sólo
quiere el bien para la humanidad; ello hasta el punto de haber entregado a su
propio hijo unigénito para alcanzarnos la salvación. De modo que mal puede
reputarse esta y cualquier otra pandemia como un castigo de la Divinidad. Y,
por otra parte, a la naturaleza –que no es sujeto, ni mucho menos persona- mal
podemos atribuirle cualidades personales, como lo sería la voluntad de hacer tal
o cual cosa, incluido, por supuesto, el rebelarse contra nosotros. La
naturaleza no nos castiga ni se rebela contra la humanidad, porque no es un ‘alguien’
dotado de voluntad, sino un maravilloso ‘algo’, un universo creado por Dios con
el fin de dar asiento y sustento a su gran amor, que es el género humano, representado
en cada hombre y cada mujer en particular.
A nuestro modo de ver y entender,
la idea de castigo es inconcebible en este asunto; mas –en buena medida- sí lo
es la de la autodestrucción, tanto por imprudencia como por torpeza humana. En
hipótesis de imprudencia –si es que así terminare de comprobarse- en virtud del
presunto origen del virus en algún laboratorio, a causa de no haber atendido los
riesgos que fueran advertidos en su momento; y en hipótesis de torpeza, en
razón del infeliz desempeño de algunos gobiernos, tanto en la prevención como
en la gestión de la crisis. Más ha pesado la ideología feminista para mantener
el permiso y promoción gubernamental de una gigantesca marcha el 08 de marzo en
Madrid, que el riesgo patente de que en ese evento se iniciará un
mega-contagio. Asimismo, algunos gobiernos han tomado con notable retraso las
estrictas medidas de confinamiento, sólo porque su mirada se fija más en la
economía que en la salud pública. Bien lo dijo Jesucristo: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”.
(Mt. 6: 21).
Nuestra insensatez ha sido
tal, que nos ha llevado a gastar ingentes recursos en pro de la extinción
humana, como es el caso de la fabricación de armas de destrucción masiva; en
vez de destinarlos a la investigación científica para procurar la protección de
nuestro género ante este tipo de amenazas naturales a su existencia.
¿De qué sirven hoy tantos
militares entrenados para la guerra, si lo que necesitamos es mayor cantidad de
médicos y enfermeros? ¿De qué nos valen tantos millones de municiones para
intentar matarnos unos a otros, si lo que requerimos son vacunas y medicamentos
para salvarnos la vida los unos a los otros, para proteger el conjunto de la
familia humana? ¿Para qué sirven hoy tantas bombas lacrimógenas con las que dictaduras
–como la venezolana- asfixian a sus pueblos, si lo necesario son mascaras y
equipos respiradores?
Aún estamos a tiempo. El
Creador nos dotó de inteligencia y voluntad, y con ellas nos capacitó para reconocer
y corregir nuestros errores. Esta pandemia no debe percibirse como signo del
final de la existencia humana, sino como una oportunidad para nuestra
regeneración integral. Esta pandemia debe representar una ocasión para la
revisión y cambio de paradigmas en nuestros sistemas políticos, económicos y
sociales; que han de ser humanizados, puestos verdaderamente al servicio del
hombre. Esta pandemia puede representar una oportunidad para la esperanza, un
hito con el que demos inicio a nueva era de mayor elevación mental y
espiritual; una llave que abra las puertas a un mundo más solidario y menos
egoísta, más respetuoso del ambiente y menos consumista y devorador de recursos;
un mundo en que los ejércitos de personal médico y docente sean mucho mayores
que el de militares prestos a la guerra.
“El Señor es mi luz y mi salud; ¿a quién temeré? Amparo de mi vida es el
Señor; ¿ante qué puedo yo temblar?”. (Sal. 27: 1).
Madrid, 04 de abril de 2020.
No hay comentarios:
Publicar un comentario