Por: Jonathan A. García Nieves
El valor de la Verdad
es piedra angular en la edificación de toda comunidad política. El Estado y
el Derecho requieren sustentarse en un profundo respeto a este valor, cuyo
imperio es presupuesto indispensable tanto para la realización de la Justicia, como para el logro de la Paz: dos elementos claves para alcanzar
la gobernabilidad y la estabilidad política.
Sin estricto apego a la Verdad, mal puede imperar la Justicia,
ya que ésta última sólo puede brillar cuando es pronunciada sobre la base de
hechos ciertos y fehacientemente comprobados. Sin fundamento en la Verdad, toda sentencia judicial será
hija de la arbitrariedad y madre de la injusticia.
De igual manera, cuando el funcionamiento del aparato
estatal se aparta de este valor fundamental, la credibilidad de las instituciones
resulta corroída; generándose entre la ciudadanía un clima de desconfianza,
incertidumbre y desasosiego generalizado; con lo cual la Paz de la comunidad política se vacía de contenido, quedando
reducida a la tensa calma: estadio situacional en que, a pesar de la ausencia
de guerra, se experimenta la ausencia de paz.
En medio de la mayor crisis nacional de nuestra
historia, la sociedad venezolana tiene ante sí la titánica tarea de reinstaurar
los cimientos morales, políticos y jurídicos de la República; entre los que se
encuentra la Verdad. Restablecer el
imperio de este principio-valor en nuestros distintos ámbitos relacionales, y
muy particularmente en el de la comunidad política que todos conformamos, es
una impostergable misión y una grave obligación inter-generacional de los
venezolanos. Se trata de la reparación de un profundísimo daño moral,
psico-social e institucional; gestado durante dos décadas de este totalitarismo
adicto a la mentira, el engaño, la posverdad y la manipulación mediática, que es
el chavismo.
Para cumplir con éxito esta histórica misión, los
venezolanos hemos de tener presente que, en nuestro sistema
político-constitucional, la Verdad no
es un mero valor axiológico, y dista mucho de ser una idea carente de
concreción jurídico-institucional. Por el contrario, en Venezuela, este valor
ha sido acogido dentro del ordenamiento jurídico, confiriéndosele un lugar
relevante en el Derecho Público, con efectos prácticos en toda la
institucionalidad republicana.
Así, en nuestra república, la Verdad es más que una norma moral; alcanza a ser un principio
jurídico-político, desarrollado mediante normas constitucionales y legales
plenamente vinculantes y exigibles a todo ciudadano; y muy particularmente a
aquellos que se encuentren investidos de autoridad, que son los mayores
responsables de la vida pública y que, por tanto, deben abrazar y restablecer
el referido principio-valor, en procura de perfeccionar toda estructura social,
cultural, económica, jurídica y política del país.
El vigor de la Verdad como principio jurídico-político, sin
duda alguna ha de ser restablecido en toda la
institucionalidad republicana. No obstante, como prioritarios, nos
atrevemos a considerar tres ámbitos en particular, a saber: 1. el ejercicio del Poder Público; 2. el régimen de los
medios de comunicación social; y 3. la configuración
del sistema educativo.
Empezando por el Poder Público, resulta indispensable que la rama
Judicial se encuentre en manos de ciudadanos de una probidad ejemplar y ejemplarizante. Para ser juez o magistrado no basta con acreditar titulaciones
universitarias en Derecho; más allá de la necesaria formación académica,
se requiere de hombres y mujeres con un profundo
compromiso con la Verdad, sin cuya valoración jamás podrán administrar verdadera y
auténtica Justicia.
En ello, quienes hoy ocupan –en buena medida por
usurpación- los órganos jurisdiccionales de la República, tienen la gran
responsabilidad de intentar recordar –o, acaso, aprender por primera vez-
aquel principio fundamental que, en su paso por el Alma Mater, intentaron enseñarles sus profesores de Derecho
Procesal; y el cual fuera plasmado por el Legislador en el artículo 12 del Código de
Procedimiento Civil: “Los Jueces tendrán por norte de sus actos la verdad, que procurarán conocer
en los límites de su oficio…”
La República está urgida de un Poder Judicial
independiente y ajeno a toda parcialidad política. Sólo así la sociedad
venezolana podrá confiar en la Administración
de Justicia; y, por ende, no se ameritará constituir ninguna ‘comisión de
la verdad’ para llegar al fondo de
los hechos de que se trate; pues tal figura no tiene lugar dónde y cuándo el Poder
Judicial es fiel a su misión de conocer
la Verdad, tenerla por norte de sus
actos y declararla mediante sentencia.
Conforme a la Constitución y la Ley, el Poder Ejecutivo, el Poder Electoral y, en general, todo
organismo público; deben funcionar con sujeción
al Principio de Transparencia
Administrativa; el cual, para la ciudadanía, representa una garantía de fácil
acceso a la verdad en relación con sus respectivas gestiones
públicas. Sin apego a este principio de Transparencia
-y aunque ello no fuere de manera dolosa- habrá siempre una reprochable
ocultación de la verdad.
El Consejo Moral Republicano,
integrado por el Defensor del Pueblo, el Fiscal General y el Contralor
General de la República; tiene especial
responsabilidad en la restauración de la Verdad
como valor fundamental de nuestra vida republicana. Los artículos 274 y 278
de la Constitución, le imponen la obligación de prevenir, investigar y
sancionar los hechos que atenten contra la ética pública y la moral
administrativa; así como promover actividades pedagógicas dirigidas al
conocimiento y estudio de las virtudes cívicas y los valores trascendentales de
la República; uno de los cuales, conforme al artículo 45 del instrumento
que rige el funcionamiento de este órgano del Poder Público (la Ley
Orgánica del Poder Ciudadano), es precisamente
la Transparencia,
que exige de todo funcionario público “el respeto del derecho de toda persona a
conocer la verdad, sin omitirla ni falsearla”.
La ciudadanía exige credibilidad a la República
y, a su vez, ésta necesita la confianza de los
ciudadanos para preservar su legitimidad como expresión
jurídico-organizativa de nuestra nación. En este sentido, los órganos del Poder Público deben garantizar a todos los
venezolanos su derecho de acceso a la información veraz; así como respetar la comunicación libre, plural, oportuna,
imparcial y sin censura (artículo 58 de la Constitución); sin la cual los medios se ven impedidos de informar la
verdad. La libertad de prensa es una garantía
constitucional, y también una condición sine
qua non para el pleno vigor de la democracia. De igual
manera, informar la verdad es un derecho del mismo rango
y valor que el de tener acceso a ella.
El declarar la verdad es un deber
legal de todo ciudadano, incluidos los gobernantes. No fue el robo de
documentos en Watergate lo que en 1974 provocó la salida de Richard Nixon de la
presidencia de los Estados Unidos; mas sí lo
fue su pretensión de encubrir tal hecho, es decir, su afrenta a la Verdad en una sociedad política en que este valor es altamente
estimado. En nuestro país existen normas jurídicas que constriñen a los
gobernantes en igual sentido; pero, al no haber división de poderes ni estado
de Derecho, quien hoy usurpa la presidencia de la República -al igual que antes
lo hiciera su difunto predecesor- se permite mentir a sus anchas, ocultar la
verdad de manera impune; ello bajo el amparo de sus colegas usurpadores del
Tribunal Supremo de Justicia y del Consejo Moral Republicano.
Por otra parte, observamos que el valor fundamental in comento también ha de ser
restablecido en el sistema educativo venezolano. Tras largos años de su
utilización como maquinaria ideologizante en favor del Socialismo
castro-chavista, resulta perentorio que el Estado Docente retorne al marco
constitucional (artículo 102), que establece que la Educación “está fundamentada
en el respeto a todas las corrientes del pensamiento”. Una educación
ideologizada e ideologizante se encuentra totalmente desnaturalizada como
instrumento para la búsqueda y encuentro de la Verdad.
Particularmente en el ámbito de la educación superior, el
régimen, de manera sistemática, ha asfixiado presupuestaria
y financieramente a las universidades nacionales
autónomas; por ser espacios de intelectuales
entre los que son abierta minoría los adeptos a la “Revolución Bolivariana”. Pero, al
mismo tiempo, se ha instituido y provisto de recursos a la Universidad
Bolivariana de Venezuela (UBV): una institución que, desde su fundación
en 2003, ha sido utilizada como el más alto espacio
para la ideologización en favor del
autodenominado "Socialismo del Siglo XXI"; lo cual constituye una inefable negación de la esencia
académica y del espíritu universitario que,
tal como lo establecen los artículos 1 y 4 de
la Ley de Universidades, se encuentran en la “la tarea de buscar la verdad”, de manera “abierta
a todas las corrientes del pensamiento universal”.
En este escenario, la desideologización de la
enseñanza ha de ser, sin duda, de nuestros mayores esfuerzos por recuperar los
cimientos institucionales de nuestra República. Y en ello queremos cifrar hoy
nuestra esperanza ciudadana y académica.
Más pronto que tarde, habremos restablecido el orden
de las cosas en nuestro país. En ese tiempo resplandecerá nuevamente la luz de
la Verdad; y, con ello, el
venezolano, ya liberado de su esclavitud a la mentira sistémica instaurada por
el régimen, tendrá nueva oportunidad de experimentar una de las más grandes
promesas del Redentor: “Conoceréis la
verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:32).
Madrid, 05 de febrero de 2020.