domingo, 4 de marzo de 2018

SOCIALISMO DEL SIGLO XXI: Crónica de un genocidio en Venezuela

Por: Jonathan A. García Nieves


El autodenominado "Socialismo del Siglo XXI": régimen autoritario instaurado por Hugo Chávez en 1999 y mantenido hasta ahora por la inefable diarquía de Maduro y Cabello, ha estado cometiendo -ante los ojos del mundo- un flagrante genocidio contra el pueblo venezolano. 

La población opositora a dicho régimen, ha estado siendo víctima de asesinatos de Estado, perpetrados sistemáticamente desde aquel fatídico 11 de abril de 2002; día en que Hugo Chávez, el mismo Teniente-Coronel golpista de 1992 –esta vez como Presidente de la República- volvió a teñir el suelo de Venezuela con la sangre de sus hijos demócratas. 

Aquel día Chávez sepultó para siempre su legitimidad de desempeño, al ordenar a los francotiradores de sus servicios de inteligencia y a sus infames grupos paramilitares (“círculos bolivarianos”), abrir fuego contra la población civil que, pacíficamente, marchaba por las calles de Caracas, clamando libertad; esa libertad que -ya para ese entonces- sabíamos perdida para todo el pueblo venezolano, incluso para amplios sectores chavistas que tarde terminaron entendiéndolo. 

Eran los albores del Socialismo del Siglo XXI: caótico sistema implantado mediante múltiples acciones y omisiones reñidas con los derechos políticos y las libertades económicas de los venezolanos; unas gravemente dolosas y otras inexcusablemente culposas; la inmensa mayoría contrarias al Bien Común; todas rendidoras de frutos que se resumen en la devastación total y absoluta de Venezuela: otrora país de gente feliz sin saberlo, con pujante economía, la democracia más estable de Latinoamérica; destino soñado y receptor generoso de inmigrantes de distintas latitudes y por distintas generaciones. 

Ese abril de 2002 este régimen genocida instaurado por Hugo Chávez, se estrenó con precisión en su mortífera faena, asestando certeros disparos a la cabeza de 17 personas de entre las que iban en la marcha. Pero con el transcurso de los años, y a medida en que el cáncer de la tiranía fue haciendo metástasis en todo el aparato del Estado venezolano, sus crímenes de lesa humanidad fueron ampliándose, tanto en cantidad y sectorización de las víctimas, como en gravedad y variedad de los métodos empleados para su perpetración. 

Los ataques armados contra la población opositora en cada uno de sus actos políticos y manifestaciones públicas, pasaron a hacerse comunes año tras año desde 2002; esparciendo dolor y muerte por todo el territorio nacional. Incluso en las colas para ejercer el derecho al sufragio en distintos procesos electorales, los colectivos narco-comunistas han atacado con armas a la población opositora, sin que los militares apostados para brindar seguridad en dichos procesos se inmutaren mínimamente. 

La sistemática apología del delito y el discurso permanentemente agresivo del presidente de la República y sus ministros, transmitidos de manera obligatoria y cotidiana por todas las emisoras de radio y televisión de Venezuela a lo largo de estos 18 años de obscuridad; no podían menos que hacer mella en la psiquis del venezolano. 

Así, según cifras del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), el Socialismo del Siglo XXI ha incrementado en casi un 500 por ciento las muertes violentas en Venezuela. Las cifras que para 1998 (último año de Democracia) fueron de 4.550, pasaron a 5.968 en el primer año de gobierno de Hugo Chávez (1999); incrementándose cada año hasta llegar a 21.692 en su último año de gobierno (2012). Y con Maduro siguió esta nefasta tendencia, hasta alcanzar las 26.616 muertes violentas en 2017. En medio de este escenario de violencia generado por el régimen, éste ha aprovechado para consumar el exterminio silencioso de centenares de personas cuyas muertes por arma de fuego, a manos de agentes del Estado y con móviles ajenos a la seguridad ciudadana, comenzaron a ser camufladas dentro de la cifra negra de esa fosa común que el régimen denomina “ajuste de cuentas”.

En febrero de 2014, las manifestaciones ciudadanas contra el régimen, una vez más fueron reprimidas con armas de fuego, empuñadas tanto por los cuerpos de seguridad del Estado como por el siniestro brazo armado del partido de gobierno (PSUV): los mismos grupos paramilitares antes conocidos como “círculos bolivarianos” y ahora como “colectivos socialistas”. En esta oportunidad, la arremetida -que dejó un saldo de 43 víctimas fatales- fue abiertamente ordenada vía redes sociales, por un ex militar, alto personero del régimen, quien la denominó el “Ataque Fulminante”. 

En los siguientes dos años (2015 y 2016), el Gobierno de Maduro diseñó y ejecutó un pseudo-plan de seguridad ciudadana, denominado “Operaciones para la Liberación del Pueblo” (conocido por sus siglas OLP), que consistió en una sórdida cacería humana, ejecutada conjuntamente por cuerpos militares y policiales del régimen.

Los efectivos participantes en estas operaciones -usando mascaras de calavera que infundían profundo temor en la población- se adentraron en el seno de las barriadas más desfavorecidas de las grandes ciudades de Venezuela; realizando una especie de ‘limpieza social’ en la que a centenares de personas de ‘presunta conducta antisocial’ se les aplicó pena de muerte, y sin fórmula de juicio alguno; al margen de toda legalidad y de los Derechos Humanos. Resultado de la cacería: más de 900 personas asesinadas por el régimen en año y medio. 

Durante cuatro largos meses de 2017, el pueblo demócrata de Venezuela, clamando por el fin de tanta penuria, volvió a las calles día tras día, realizando su más prolongada manifestación contra la dictadura. Y en esta oportunidad el mundo sería testigo de cómo estudiantes que sólo contaban con la protección de improvisados escudos de hojalata, madera o cartón; fueron acribillados con armas de fuego de alta potencia, a manos de efectivos militares, policías nacionales y colectivos narco-comunistas; en una macabra especie de juego de tiro al blanco, que segó la vida de otros 124 venezolanos opositores a la dictadura genocida. 

En estos mismos sucesos, la abominable actuación de las fuerzas del régimen llegó al extremo de recurrir al arrollamiento intencional de grupos de manifestantes, a quienes se les pasó por encima con vehículos blindados de la Guardia Nacional; e incluso se llegó a la indebida utilización de bombas lacrimógenas como proyectiles: apuntándolas y disparándolas, de manera directa y a quemarropa, contra el cuerpo de los manifestantes; abultando con ello el número de víctimas fatales.

Hace apenas unos días, el 15 de enero de 2018, en quizás la más feroz de las matanzas imputables a la dupla necrófila de Maduro-Cabello; el Socialismo del Siglo XXI mostró nuevamente sus fauces genocidas, con un acto abominable que perdurará por siempre en la memoria histórica del pueblo venezolano: la infausta “Masacre de El Junquito”: vil ejecución extrajudicial del ex agente policial Óscar Pérez y seis de sus hombres; quienes, declarados en desobediencia contra la dictadura, habían llegado a realizar algunas operaciones tácticas que –pese a ser incruentas- resultaron totalmente exitosas (la toma de recintos militares y policiales para recuperar las armas de la República, maniatando a los esbirros uniformados, y haciéndoles oír las palabras más profundas del sentir popular: “¿Hasta cuándo le dan la espalda al pueblo, para apoyar a este régimen de narcotraficantes?”). Lo que cual fue grabado en videos ampliamente difundidos a través del único medio de comunicación disponible por los venezolanos (las redes sociales); logrando ridiculizar a los servicios de seguridad e inteligencia del régimen, y constituyendo para éste una afrenta imperdonable, a ser cobrada con sangre. 

Esta masacre del 15 de enero, en la que 7 personas pública y manifiestamente rendidas, con expresa voluntad de entrega ante el Ministerio Público, y apenas refugiadas en una modesta casa de familia; fueron sitiadas por un contingente de más de 300 hombres armados –entre policías nacionales y miembros del grupo paramilitar “Tres Raíces”- para luego ser acribilladas por brutal y desproporcionada metralla de armas de guerra, y un más que innecesario uso de cohetes anti-tanques; sin duda marca un hito en el prontuario criminal de lesa humanidad del Socialismo del Siglo XXI: su Animus Necandi (intención o ánimo de matar) quedó impúdicamente desnudo ante los ojos de Venezuela y el mundo. 

Pero, muy lamentablemente, el genocidio no termina allí, y hace años que ya no se está limitando al redil de la población opositora. El genocidio sigue ocurriendo ahora y de manera generalizada contra toda la población, ya que en los últimos años miles de venezolanos han estado muriendo a causa del hambre y de la carencia de medicinas, generadas por las ineptas políticas económicas Chávez y Maduro; siendo que este último –como agravante- se niega a abrir las puertas al canal de ayuda humanitaria, exigido por los líderes de la oposición y ofrecido por instituciones internacionales. A lo cual se suma la ejecución de una tácita política de Estado, tendente a generar y tolerar la inseguridad ciudadana como medio de control sociopolítico; política ésta cuyas cifras de ‘efectividad’ anual van aproximándose, cada vez más rápidamente, a los 30.000 homicidios por causas violentas. 

En las penumbras del miedo y sobre las ruinas de Venezuela impera este Gobierno bizarro, para el que el Bien Común es contrario a sus propósitos; este GOBIERNO DEL MAL que encuentra deleite en el odio y en la injusticia, en la mentira y en la manipulación; y que ve en la pobreza material y la mella espiritual de su pueblo, el hábitat propicio para la perpetuidad de su nefasto proyecto político. 

Hoy desde mi fe, ruego a Jesucristo, Señor de la Historia, por la pronta restauración de mi amada patria, por el respeto a los derechos humanos de mi noble pueblo; y también porque las palabras de Juan Pablo II sean luz para las mentes y los corazones, tanto de nuestros victimarios como de aquellos que están llamados a hacernos justicia en el plano temporal: 

Los conatos de genocidio son “delitos contra Dios y contra la misma humanidad, y los autores de estos crímenes deben responder ante la justicia” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1999). 

Hoy resultan luminosas las enseñanzas del Magisterio Social de la Iglesia Católica, acerca de cómo ha de ser la respuesta de la Comunidad Internacional ante éste y cualquier otro caso de genocidio: 

La Comunidad Internacional en su conjunto tiene la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos cuya misma supervivencia está amenazada, o cuyos derechos fundamentales son gravemente violados. Los Estados, en cuanto partes de una comunidad internacional, no pueden permanecer indiferentes; al contrario, si todos los demás medios a disposición se revelaran ineficaces, ’es legitimo, e incluso obligado, emprender iniciativas concretas para desarmar al agresor’. El principio de la soberanía nacional no se puede aducir como pretexto para impedir la intervención en defensa de las víctimas”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, núm. 506). 

Vaya a mi amado pueblo venezolano una palabra de esperanza. Nuestra libertad llegará con el esfuerzo de todos; el mal puede que nos haya ganado varias batallas, pero nunca nos ganará la guerra, porque éste nunca prevalecerá sobre Bien. 

Mantengamos nuestra lucha, cada uno en su ámbito de acción y conforme a sus posibilidades; y confiemos en Nuestro Dios que –sin lugar a dudas- hoy nos mira con el mismo amor que al pueblo de Israel en sus tiempos de aflicción en Egipto:

Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo (…), y he escuchado su clamor a causa de sus opresores, pues estoy consciente de sus sufrimientos.” (Ex. 3:9). 



Madrid, 28 de enero de 2018.

sábado, 3 de marzo de 2018

APORTES DE LA TEOLOGÍA MORAL SOCIAL A LAS CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS, Y SU INFLUENCIA EN LA VIDA PÚBLICA DE DON ARÍSTIDES CALVANI

(Discurso pronunciado por Jonathan A. García Nieves en el Acto Conmemorativo del Centenario del Natalicio de don Arístides Calvani, “Apóstol de la Democracia y Canciller de la Paz”, en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas) 

 Madrid, 28 de febrero de 2018. 


Excelentísimo Sr. Don Juan Velarde Fuertes, Presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; y demás miembros de esta ilustrísima corporación académica: 

Distinguido Dr. Román J. Duque Corredor, Presidente de la Comisión para la Celebración del Centenario del Natalicio de Don Arístides Calvani; y demás miembros de dicha comisión:

Distinguidos embajadores Francisco Gerbasi y Erick Becker:

Distinguido Dr. Eduardo Fernández, Presidente del Instituto Internacional de Formación y Políticas Públicas “Dr. Arístides Calvani” (IFEDEC):

Distinguido Dr. Wilhelm Hofmeister, Director de la Fundación Konrad Adenauer para España y Portugal:

Distinguido Dr. Carlos Sarmiento Sosa, ex Presidente de la Federación Interamericana de Abogados:

Distinguido Dr. Enrique Iglesias, ex Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo:

Distinguidos familiares y amigos de don Arístides Calvani, y demás público presente:

Muy buenos días a todos.

Mediante Real Decreto firmado por Isabel II de España en fecha 30 de septiembre de 1857, a esta Real Academia le ha sido encomendada la muy encomiable tarea de "cultivar las ciencias morales y políticas"1: aquellas ciencias dedicadas al estudio del comportamiento del hombre en sociedad, cuya expresión más organizada se encuentra en la Comunidad Política.

La antropología filosófica de Aristóteles, concibió al hombre como un “zoon politikon” (como un “animal político”); ello en referencia a que la persona humana tiende a relacionarse con sus congéneres en comunidades ordenadas bajo ciertos dispositivos de mando y obediencia, esto es, en comunidades políticas.

Para Aristóteles, el hombre, gregario por naturaleza, es también político por naturaleza; pero no por ello estaría dotado de un sentido moral de manera innata.

Según la visión aristotélica, el sentido moral del hombre sólo iría adquiriéndose progresivamente mediante la vida en sociedad; ya que, como consecuencia de su condición, el hombre iría haciéndose más sociable con el transcurso de su vida.

Por el contrario, para la Antropología Teológica Cristiana el sentido moral, si bien tiene particular despliegue y repercusión en la dimensión relacional del hombre, esto es, en las relaciones con sus congéneres; no se adquiere con el transcurso de la vida social, sino que es innato, propio e inmanente a la naturaleza humana; porque se basa en la Ley Moral Natural: ley de carácter universal, precedente y unificante de todo derecho y deber; que no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en el hombre por su Creador, y gracias a la cual podemos intuir el bien y el mal (lo que se debe hacer y lo que se debe evitar), aun antes de explorar y desarrollar nuestra dimensión social. 

No obstante, conforme a las enseñanzas del Magisterio Social de la Iglesia Católica, es preciso tener presente que ese sentido moral innato al hombre, no implica que la sociabilidad humana comporte automáticamente la comunión de las personas entre sí; esto es, el don, la entrega amorosa de unos a otros en procura del Bien Común. Ello debido a que, por la soberbia y el egoísmo, el hombre descubre en sí mismo “gérmenes de insociabilidad, de cerrazón individualista y de vejación del otro”. 2 

Es así, entonces, que sólo “…por amor al bien propio y al de los demás, (…) el hombre se une en grupos estables que tienen como fin la consecución de un bien común3

De tal manera, la comunión entre las personas –deseable en todos los ámbitos de la dimensión relacional del hombre, incluida la Comunidad Política- si bien es prescrita por nuestro sentido moral innato; para su efectiva concreción requiere de una indispensable apertura amorosa hacia el prójimo y su bien:

Amarás al prójimo como a ti mismo.4

Es por ello que, para lograr una comprensión más adecuada del fenómeno constituido por la politicidad inmanente al hombre, se requiere abordar aspectos de la naturaleza humana, que mal pueden ni deben ser reducidos al objeto de estudio de la Ciencia Política, de la Sociología, de la Psicología Social o de la Antropología; sólo por mencionar algunas ciencias de necesario aporte en el tema.

En este orden de ideas, cabe resaltar que para la Antropología Teológica Cristiana, el hombre es un ser pluridimensional: existe y se relaciona como un ser indivisiblemente bio-psico-social-espiritual en todas sus dimensiones (personal y social, corporal y espiritual, histórica y trascendente); y precisamente por ello, la política se ve esencial e ineludiblemente impactada por múltiples factores; no todos los cuales pertenecen a las dimensiones corporal e histórica del hombre (al mundo de lo visible), sino también a sus dimensiones espiritual y trascendente (al mundo de lo invisible).

En este sentido, muy bien afirmó S.S. Juan Pablo II que “La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los (…) problemas de la convivencia humana”, tanto en el ámbito social, como el económico y el político. 5

En la clasificación de las ciencias, la Teología pertenece a las ciencias de la cultura. Y específicamente la Teología Moral Social –que es la naturaleza de la Doctrina Social de la Iglesia- es ciencia moral que, desde su particular perspectiva, aborda la conducta del hombre en los ámbitos político, social y económico. Razón por la cual sus postulados se enmarcan dentro del objeto de cultivación encomendado a esta ilustrísima Academia, por el ya mencionado Real Decreto isabelino:

"…cultivar las ciencias morales y políticas".

Justo la pasión por esta rama del conocimiento (la Teología Moral Social), así como su ferviente compromiso de vida para con sus postulados, marcaron la vida y obra del ilustre venezolano cuyo centenario del natalicio nos encontramos hoy conmemorando: nuestro Arístides Calvani, hombre cuya espiritualidad y entrega por el prójimo en el ejercicio de la acción política, le ganaron superar con creces la categoría aristotélica del “zoon politikon” (del animal político), para encarnar una mucho más sublime y conforme con la dignidad humana, que me atrevo a denominar como el homo caritatis politicae (hombre de Caridad Política); ello con inspiración en el magisterio de S.S. Pio XI, quien en 1927, al referirse a la actividad de quienes se dedican al campo político, acuñó el concepto de Caridad Política como “el campo de la más vasta caridad, (…) la caridad de la sociedad”. 6

Para Arístides Calvani, la política distaba mucho de ser “el arte de lo posible”: aquella tristemente famosa definición, insinuante de que la política nada tiene que ver con la moral. Para él –para Arístides Calvani- la política sólo podía ser concebida como el arte de lo justo y lo correcto en procura siempre del Bien Común

Para Arístides Calvani, los principios y valores debían inspirar siempre la acción política, ya que para él –como buen humanista cristiano- la política debía pensarse y ejecutarse siempre desde la perspectiva del Bien Común: principio revelador del carácter anti-ético de las conductas acomodaticias al poder y al interés personal, antes que al interés social: al Bien Común. 

Don Arístides Calvani –bien llamado “Apóstol de la Democracia y Canciller de la Paz”- fue siempre un luchador incansable por el anuncio y la propuesta de un Humanismo Integral y Solidario para un nuevo orden social, económico, político e internacional; respetando siempre el pluralismo ideológico, y procurando siempre la Justicia Social y la unidad de los pueblos. 

En sus intervenciones como Canciller de la República Venezuela ante la Asamblea General de las Naciones Unidas –reconocidas como auténticas cátedras de ética política en el concierto internacional- Calvani anunció las ideas de Justicia Social y de Bien Común internacionales; y también denunció los terribles desequilibrios y desigualdades entre países desarrollados y subdesarrollados; desequilibrios éstos que, aunados a las ambiciones geopolíticas y a los poderíos bélicos, han sustentado hegemonías de corte económico e ideológico aún hasta nuestros días. 

Y precisamente en medio de ese inicuo escenario internacional por él denunciado, Calvani trabajó incansablemente por la paz; y ese trabajo dio gran fruto, cristalizado y palpable en la pacificación de aquella convulsionada Centroamérica de las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado; lo cual le hizo un auténtico “bienaventurado” conforme a las palabras de Jesucristo: 

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. 7

Al preparar estas palabras –abrumador compromiso para mi persona- sentí la necesidad de tomar plena consciencia de la ilustrísima institución que hoy nos honra en recibir; y ello me condujo al encuentro de su misión y valores. Verum, Justum, Pulchrum: son éstos los tres vocablos latinos inscritos en el escudo de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Ellos, en su conjunto, representan la inspiración y el ideal de esta magnífica corporación académica; y ellos, también en su conjunto, parecieran retratar el alma y la vida pública de nuestro muy insigne compatriota venezolano, prohombre de la Democracia y de la Solidaridad Internacional en el siglo XX: don Arístides Calvani. 

Verum (verdadero), según la Real Academia de la Lengua Española: “Que dice siempre verdad”. 

Justum (justo): “Que obra según justicia y razón”. 

Pulchrum (pulcro): “Esmerado en la conducta y el habla”. 

Precisamente, estas tres son virtudes humanas y cristianas que –en grado heroico- practicó don Arístides Calvani a lo largo de su vida, tanto pública como privada; y justamente estas tres virtudes –entre tantas otras- fueron valoradas para motivar la apertura de su causa de beatificación. 

Y es que el Dr. Calvani hizo de la prédica de la Verdad, su apostolado; de la práctica de la Justicia, su norma de vida; y de la Pulcritud, su impronta moral en el mundo de la función pública, de la política, de la diplomacia, de la academia; pero también en el ámbito de su familia.

No en balde su señora esposa (doña Adela Abbo de Calvani) es también su consorte en el proceso de beatificación abierto para ambos. 

Mi persona no tuvo la dicha de coincidir con el Dr. Calvani en la dimensión espacial –no llegué a conocerle en vida-; pero sin duda que he tenido la oportunidad de conocerle a través de la pasión magisterial de algunos de sus discípulos del Humanismo Cristiano en Venezuela, que –a su vez- fueron mis formadores. Y también le he conocido a través de sus obras (teóricas y fácticas): como jurista y catedrático del Derecho Laboral, que supo exponer y defender la común dignidad personal de patronos y trabajadores; como diplomático artífice de la ansiada paz del sub-continente centroamericano; como filósofo del Bien Común y la Justicia Social internacionales; como político de profundo raigambre humanista cristiano; como maestro e inspirador de generaciones de protagonistas de la vida pública venezolana, formados desde 1962 en el instituto que muy merecidamente lleva su nombre (el Instituto Internacional de Formación y Políticas Públicas “Arístides Calvani” –IFEDEC-). 

Exactamente así es como he conocido a un auténtico Apóstol de Jesucristo en el mundo contemporáneo: a través de la Caridad Política impregnada en su pensamiento y obras; lo cual –al menos para mí- resulta prueba fehaciente de la trascendencia de la persona humana, y de que parte de esa trascendencia se cristaliza en los frutos que, por el Bien, la Paz, la Justicia y la Libertad; dejamos para las generaciones futuras. 

Por sus frutos los conoceréis”. 8

Al echar una mirada a los actuales sufrimientos de nuestra amada patria venezolana, no podemos menos que entender que “la mies es mucha” 9: que tenemos una libertad por reconquistar, una democracia por restablecer, una paz por recuperar; y –¿por qué no reconocerlo?- también tenemos un específico sector político que, por perseguir toda disidencia y por comportarse como nuestro más acérrimo ‘enemigo’, representa para nosotros el más grande reto de pureza en la fe cristiana

"Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan." 10

Para todo ello, no hay otra opción que ser dóciles al mismo Espíritu que impulsó a Arístides Calvani a hacer su obra por la Caridad Política; dóciles a ese mismo Espíritu que nos impulsa al encuentro con el prójimo –sin distingo de amistad- en procura del Bien Común. Ello sin perder de vista que, parafraseando a San Josemaría Escrivá 11

No es en la línea del horizonte donde se unen el cielo y la tierra, sino en el corazón del hombre cuando, viviendo su vida ordinaria, practica santamente la Caridad Política. 


MUCHAS GRACIAS. 


JONATHAN A. GARCÍA NIEVES
Presidente del Instituto de Formación Socio-teológica “Rerum Novarum”.
Miembro de la Comisión para la Celebración del Centenario del Natalicio de don Arístides Calvani


REFERENCIAS:

[1] http://www.racmyp.es/academia/historia.cfm
[2] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 150.
[3] Ibídem.
[4] Mt. 22: 39.
[5] Carta Encíclica Centesimus Annus, 55.
[6] http://www.infocatolica.com/blog/elolivo.php/la_caridad_politica
[7] Mt. 5: 9.
[8] Mt. 7:16.
[9] Lc. 10:2.
[10] Mt. 5: 44.
[11] http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/amar-al-mundo-apasionadamente